Sentido contrario

Con las patas por delante

Pobre Blatter. Ahora sabe el significado preciso de la vieja expresión “del árbol caído todos hacen leña”. Habituado a los lujos, los excesos, los empleados lambiscones y, sobre todo, a su descomunal red de complicidades extendida por todo el mundo, la debe estar pasando bastante mal. Para individuos como él esta es la hora de la caída libre desde las alturas del poder absoluto, la hora más dolorosa de su vida. Estará viendo cómo sus empleados cuchichean a sus espaldas, cómo lo evitan sus más cercanos, cómo se queda con los teléfonos sin respuesta en una oficina que comienza a verse enorme y solitaria. La hora del adiós.

Todo el mundo sabía que la cancha en la que jugaba el viejo dirigente de la FIFA estaba llena de lodo. No daba paso sin huarache. Tenía metidos ahí a los patrocinadores, a los federativos, a los políticos, a los jugadores, a los aficionados, pero también al crimen organizado, a los profesionales de las apuestas, al bajo mundo disfrazado de deportista con pantaloncillos cortos. El equipo que armó parecía prácticamente invencible, casi siempre sin rival enfrente. Así lo vieron todos durante los casi 20 años en que su cacicazgo decidió todo lo que había que decidir hasta en el más mínimo terreno en materia de futbol, siempre tras los billetes como una obsesión. Prudentes, discretos, todos respetaron una suerte de omertà, como la que impone silencio a los mafiosos sicilianos.

Engallado, habituado a hacer y deshacer a su voluntad en cada rincón del mapa con la anuencia general, el soberbio Blatter se creyó sobre todas las cosas. Ciertamente su poder era infinito y avasallador. Su único límite estaba en la geopolítica, pero no lo sabía. Ni idea tenía. Cuando les fue otorgada la sede del Campeonato Mundial de Futbol a Rusia y a Catar para 2018 y 2022, no se enteró hasta dónde había metido la pata. No se sabe aún a ciencia cierta si el procedimiento puesto en práctica para beneficiar a estas naciones fue del todo legal, dejando de lado los cabildeos sin límite que en estos casos mucho ayudan.

Está claro que, honesto o no, el mismo procedimiento se ha puesto en práctica cada que se elige una sede. Si se desmonta la ilegalidad en un caso, las consecuencias debieran ser compartidas por cada nación involucrada, de manera que el asunto es más que complicado.

Pero el caso es que Blatter puso la cabeza bajo la guillotina cuando avaló, si no es que decidió por cuenta propia, la designación de Rusia y Catar como capitales mundiales del futbol. Ignoraba del todo que el gobierno de Estados Unidos no estaba de acuerdo. No conviene a sus intereses beneficiar a estas naciones. Tan metidas sus narices de tiempo completo en el negocio del futbol, no se enteró de que Estados Unidos y Rusia no se llevan bien desde hace décadas. Tampoco supo que en la Unión Americana no ven con buenos ojos que las naciones del mundo árabe ganen terreno.

Apenas comienza ahora a darse cuenta de sus metidas de pata. Acosado por la jauría judicial estadunidense escucha ya el rechinar de los grilletes que acabarán con sus movimientos. Solo es cuestión de tiempo y de forma. Le estarán reuniendo documentos, testimonios, pruebas irrefutables. Nada difícil. Le irá tan bien o tan mal en la proporción en que tenga elementos para negociar el tamaño de su castigo. Tal vez entregar a uno o varios de sus cercanos. Muy pronto estará flojito y cooperando, cantando y bailando al son que le toquen.

Muchos celebran en estos días la desgracia de quien fue dueño de vidas y haciendas. Hacen leña de lo que queda de su exitosa vida. Se mofan de sus gustos de aristócrata. Balconean sus flaquezas. Un diario suizo acaba de tocar el cielo con una noticia casi jocosa. Cuenta que el cacique futbolero visita el cementerio cada que acude a su pequeño pueblo natal, en busca de la tumba de su madre. La última vez que estuvo ahí, su progenitora le pidió que se reuniera con ella. Blatter se habría hecho el remolón: “No mamá, todavía no es el momento”. Sin duda poco avezada en las cuestiones del deporte y los negocios, la señora Blatter no pudo poner al tanto a su hijo desde ultratumba del destino que se le venía encima. También su padre se equivocó cuando enfrió sus ímpetus deportivos augurándole que con el futbol jamás haría fortuna.

Al mismo tiempo, un diario británico dio al defenestrado dirigente un baño de mala leche. Relató cómo llegó a presidir la Sociedad Mundial de Amigos del Liguero y describió su preocupación por la ropa que portan las jugadoras en los torneos de futbol femenil, que desde su punto de vista debiera ser más pequeña y ajustada. Todo por el deporte, claro está.