Sentido contrario

Las pasiones de François

Parece difícil imaginar a un presidente francés viviendo la vida como si fuera una comedia de Mauricio Garcés, saltando de cama en cama, escurriéndose por las calles oscuras en la madrugada, regresando a casa al amanecer con los zapatos en la mano y el cuello de la camisa manchado de lápiz labial. En realidad, la imagen tiene vigencia en el país galo. Y no solo por los escándalos eróticos de François Hollande, ruidosamente puestos al descubierto hace poco por una publicación sensacionalista. Si uno se fija bien, se verá que el mandatario atrapado in fraganti no ha hecho sino repetir una historia que ha echado ya raíces en la vida política de los franceses. De hecho, durante su breve gestión, Hollande ha estado en el centro de más de un escándalo pasional para asombro de sus conciudadanos, que no acaban de hacerse a la idea de que los gobierna un desenfrenado adolescente cachondo de 60 años.

Leí alguna vez que muchos supersticiosos consideraban que la llegada de las esposas de los presidentes al Elíseo las ponía de inmediato al alcance de una devastadora maldición que sometía a su matrimonio a un inevitable proceso de demolición. La maldición del Elíseo, la llaman algunos con voz tenebrosa, en tono burlón.

Muy alto de estatura, narizón y barrigón, el presidente Charles de Gaulle arrastraba en sus mejores tiempos cierta fama de seductor. A su peculiar glamour se sumaba su celebridad como heroico combatiente de la Resistencia en los días de la invasión nazi. Pero, contra lo que pudiera parecer y hasta donde se sabe, su vida matrimonial transcurrió siempre en armonía.

En cambio, Claude Pompidou, la esposa de Georges Pompidou, vivió amarguras sin fin mientras sufría el bombardeo frecuente de los muchos rivales políticos de su marido, que se las ingeniaban para involucrarla en vergonzosos escándalos sexuales.

Anne-Aymone Giscard d’Estaing, la esposa del aristocrático Valéry Giscard d’Estaing, lidió largamente con los chismes que involucraban a su marido en tórridos romances. Sus desventuras comenzaron prácticamente con el triunfo de Giscard en las urnas, cuando corrió la especie de que se había ido a celebrar hasta el amanecer con una amiguita. Bernadette Chirac, cónyuge de Jacques Chirac, hizo también circo, maroma y teatro para sobrevivir con su matrimonio a las frecuentes infidelidades de su esposo, lo mismo que ocurrió con Danielle Mitterrand. La esposa del coqueto François Mitterrand sufrió durante años en silencio por los excesos amorosos de su marido, que llegó al extremo de instalar su casa chica en un apartamento frente al Elíseo.

De Nicolás Sarkozy ni hablar. Muchos franceses se están preguntando todavía cómo pudo sobrevivir a sus patéticos dislates amorosos durante su gestión. Cecilia, su mujer, se fugó a Nueva York con su amante. Luego regresó al Elíseo y lo abandonó enseguida para siempre. Carla Bruni lo salvó en la orilla del precipicio, con todo el país pendiente de sus dramas. Sin embargo, cuando la popularidad de Sarkozy bajó hasta 30 por ciento muchos suspiraron con alivio: la popularidad de Carla Bruni crecía tanto, que hacía menos insoportable a su amargosa y sufridora pareja presidencial.

Pero Hollande hizo añicos cualquier récord. La maldición del Elíseo parece haberse ensañado con su sonriente figura. Su expediente amoroso lo pone en evidencia a los ojos del mundo entero. Dejó a su mujer y a sus cuatro hijos para ir tras una madura periodista, Valérie Trierweiler. La llevó a vivir al Elíseo en calidad de libre amorío, pero por las noches trepaba en una moto y corría como un animal en celo a los brazos de la actriz Julie Gayet. Cuando unos periodistas hicieron públicas las correrías presidenciales, la Trierweiler fue a dar al hospital, agobiada por una aguda crisis existencial. Luego Hollande la echó del Elíseo. Por su parte, la Gayet huyó de los reflectores.

Toda Francia se sentó entonces a esperar a que la Trierweiler escribiera un libro con el relato de los capítulos más tenebrosos de su no muy agitada vida al lado de Hollande durante siete años. Hoy el día ha llegado. Gracias por este momento, el volumen cargado de odio de la despechada Trierweiler, está llegando a las librerías con feas intimidades al aire. Francia está de cabeza. Los 200 mil ejemplares de la primera edición se están vendiendo como baguettes con camembert, tanto como los libros de Harry Potter en su momento. Hollande está en boca de todo el mundo. Su ex se ha vengado con creces. El presidente en funciones es el menos popular en la historia. Solo 17 por ciento de los franceses aprueba su gobierno. La maldición del Elíseo lo hizo picadillo.