Sentido contrario

El opaco brillo del oro

Quienes no han vivido envueltos en sedas y algodones, alimentados con cucharas de oro, aseguran que la vida es bien cabrona. Millones de hombres y mujeres en el mundo entero estarían dispuestos a ilustrar este aserto con su propia experiencia. Pero no hay vida peor que la de un rico venido a menos, caído en desgracia, hundido hasta el cuello en el lodo. Alguien que ha vivido en mansiones, rodeado de criados, con autos de lujo en el garaje, yates y aviones a la mano, y se topa de buenas a primeras con la miseria económica y moral sabe, sin duda, que la vida puede ser peor que el infierno. Sus sufrimientos le muestran al mundo no solo que los ricos también lloran como si fueran pobres, sino que también pueden dejar de serlo de un día para otro. También hacen saber a todos en cualquier parte que los malos pasos no conducen sino a la desgracia si alguien los descubre; si no, no.

Ruth Alpern sabe mucho sobre el tema. Ha aprendido en cursos intensivos impartidos por la realidad más áspera a lo largo de los últimos cinco años. Desde que la vida se le vino encima a mordidas y patadas uno de sus hijos prefirió la muerte que vivir su desgracia. Se suicidó en 2010 a los 46 colgándose con la correa de su perro. Luego un cáncer se le vino encima a su otro hijo, que debe enfrentar ahora horrorosas sesiones de quimioterapia internado en un hospital.

Un fotógrafo entrometido la captó hace poco flacucha y descuidada en su casa arrastrando con gesto de fastidio un bote de basura. Ruth tiene sus razones para andar por la vida con cara de pocos amigos. Cinco años atrás, cuando la ley comenzó a enderezar la mira de sus cañones contra su distinguido y fraudulento marido, que para entonces había hundido ya en la miseria a un montón de gente entre amigos, familiares y conocidos, se le hizo fácil poner a salvo la morralla de su fortuna. Antes de que el largo brazo de la ley atrapara del cogote a su marido y lo despojara de lo mal habido, reclamó como su fortuna personal unos 820 millones de dólares en propiedades, documentos bancarios y joyas. Ahí nomás para irla pasando. Y por si las moscas, se sentó pacientemente con su marido y ambos se pusieron a meter en paquetes todo lo que pudieron de joyas y dinero y los enviaron por correo a sus más confiables familiares. Como sea, algo pudieron salvar.

Ruth miró entonces al cielo con cierta esperanza pero alcanzó a ver que se le venía el mundo encima. Supo entonces que había otra vida, la que padecen millones y millones en el mundo. Lo primero que vio volar fue su mansión en Miami, tres de sus yates, su castillo en la Costa Azul francesa y uno que otro automóvil de lujo. En aquellos lejanos días de gloria y prosperidad aún podía asomarse por la ventana y ver a sus pies la ciudad de Nueva York desde su penthouse de siete millones de dólares.

Ahora vive todavía por el rumbo, a unos 60 kilómetros de Manhattan, en Old Greenwich, una localidad de clase media de la que muchos quieren salir para prosperar en Nueva York. Antes vivió en Florida en una casa prestada o cobijada por algún pariente compasivo en un departamento más o menos modesto. Un reportaje reciente en Vanity Fair asegura que hasta ahora tiene dinero para comprar el periódico
y para cazar ofertas en el supermercado. Hace trabajo comunitario, cuida en el hospital a su hijo enfermo de cáncer y, sobre todo, evita el contacto con su marido siguiendo los consejos de sus cercanos, incluidos sus abogados.

Su esposo a lo largo de más de 50 años vive ahora en una cárcel en Carolina del Norte. Condenado a 150 años de prisión hace cinco a sus 70, dijo alguna vez que ahí se sentía más seguro que en las calles de Nueva York. Y sostuvo su afirmación hasta que poco después de su ingreso fue a dar al hospital de la prisión con la nariz aplastada, varias costillas rotas y la cabeza y la cara tasajeadas. Había discutido por dinero con un reo experto en artes marciales.

A cargo de las computadoras del penal recibe un salario de 40 dólares al mes. Añora, sin duda, sus chequeras y los 170 mil millones de dólares que pasaron por sus cuentas bancarias. También las calles de Nueva York. Pero vive ahora en el infierno, acusado de fraude, lavado de dinero, perjurio y robo, porque despojó de sus ahorros y sus inversiones a miles de personas que confiaron en él, incluidos muchos hombres y mujeres de edad avanzada que le entregaron sus fondos de pensión. Se echó a la bolsa unos 65 mil millones de dólares en total en operaciones fraudulentas con dinero ajeno.

 Hoy día, a sus 75, Bernard Madoff sabe lo que es un ataque cardiaco. Sabe también lo cabrona que es la vida.