Sentido contrario

Las obsesiones de "Hitch"

La enorme casona de Norman Bates se levantaba misteriosa y sombría en lo alto de una pequeña colina, al borde de una solitaria carretera, angosta y polvorienta. Ya se sabe: en el sótano vivía el cadáver momificado de su madre, sentada en una mecedora.

Imagino a Alfred Hitchcock con su gran barriga y su gesto despectivo mirando con mucho detenimiento la construcción desde abajo, al lado del desangelado motel que administra su personaje de Psicosis. Es posible que le hubiera hallado un montón de defectos a esa casona que habría de convertirse en un icono de las películas de terror. De hecho, hizo de lado los valores dramáticos de la vieja mansión cuando en una entrevista le dijo a François Truffaut que su ambiente misterioso había sido fortuito: “En el norte de California pueden encontrarse muchas casas aisladas que se parecen a la de Psicosis; es lo que se llama el ‘gótico californiano’”. Reconoció, sin embargo, que había elegido esa casa y ese motel “porque me di cuenta de que la historia no provocaría el mismo efecto con un bungalow corriente; este estilo de arquitectura iba muy bien con la atmósfera que debía tener”.

Ningún detalle le pasaba desapercibido a Hitchcock cuando se disponía a filmar una de sus historias. El realizador británico contó alguna vez cómo visualizaba mentalmente sus historias en esos momentos como una serie de manchas borrosas que se mueven sobre diferentes fondos. A menudo, decía, “elijo primero los fondos y luego pienso en la acción”. Concebía primero los lugares, los espacios, los paisajes, y luego ubicaba ahí la historia con sus personajes. El resultado era siempre magnífico.

Era muy obsesivo en este sentido. Prácticamente un maniático. Donald Spoto, uno de sus biógrafos, documentó cómo los baños eran sus espacios favoritos en sus relatos fílmicos. Curioso, hizo cuentas y dejó al descubierto que en 15 de sus películas los personajes buscaban refugio en ese sitio de intimidad, se escondían, descubrían secretos o cometían algún aséptico crimen, como en Psicosis. De hecho, en su momento, en los años sesenta, la crítica se dejó ver más escandalizada por la escena en la que Marion desagua el excusado de su habitación, que por su muerte truculenta unos segundos más tarde.

Es evidente que Hitchcock tenía un miedo enorme a la equivocación, al fracaso, al desastre, que en materia de cine cuestan muy caro y cubren de desprestigio al realizador, sea quien sea. Antes de filmar cada película, hacía que un equipo de artistas plásticos la dibujara plano por plano, incluidos los espacios, los gestos y las actitudes de los personajes y la iluminación. No había pierde. Con la casa de Norman Bates fue a la segura también. La arrancó de un cuadro de Edward Hopper, Casa junto a la vía del tren. Casi tal cual.

Cuando filmó en 1943 La sombra de una duda en el poblado californiano de Santa Rosa, envió a un equipo de la producción a explorar el terreno y a localizar una casa para sus personajes. Encontraron una que resultó ideal, algo destartalada; incluso, su propietario vivía una situación económica semejante a la de su personaje, un empleado bancario algo mediocre y conformista. La compraron y se dispusieron a filmar allá. Al llegar, se toparon con una casona en perfecto estado y recién pintada. Hitchcock montó en cólera y ordenó que los técnicos la volvieran a poner como estaba, feúcha y desangelada.

Hitchcock se convirtió poco a poco en un Rey Midas del cine. Su toque dejaba mucho dinero a la industria, de manera que era muy consentido. Los productores le cumplían sin chistar cada capricho a la hora de filmar. En el colmo del exceso, pidió prácticamente la construcción de un edificio de departamentos en un estudio herméticamente sellado a los ruidos para filmar en 1954 La ventana indiscreta. Nadie se atrevió a decirle que era una verdadera locura.

Bajo su mirada severa, un equipo de técnicos se dedicó a construir minuciosamente en el estudio 31 departamentos con todos sus detalles, incluidos los servicios de agua y electricidad, de los cuales 12 fueron además completamente amueblados, pintados y decorados, de tal manera que eran prácticamente habitables. El frente del edificio estaba jardinado y al fondo, al otro lado de su acceso principal, pasando una calle con abundante y ruidoso tráfico, había una cafetería muy concurrida.

Desde la ventana de su departamento, un fotógrafo de acción inspirado en Robert Capa, sentado en una silla de ruedas con la pierna rota, mataba el tiempo atisbando con unos binoculares cada detalle de la intimidad de sus vecinos.

Por supuesto, la enorme inversión fue plusvaliada con creces.