Sentido contrario

Los niños perfectos

Impecables, portando sus típicas ropas bávaras, rubitos y bien peinaditos, los niños correteaban en las terrazas del refugio alpino de Adolfo Hitler. No les impresionaba particularmente el nevado paisaje que los rodeaba en las alturas. Al líder nazi sí le daban miedo las alturas. Se mantenía lejos de los miradores mientras se acercaba a los pequeños, los saludaba estrechando sus manos con una sonrisa de cartón, los sentaba en sus piernas. Rígidos, temerosos, los niños le correspondían con respeto. Se dejaban mimar por aquel hombre seco, frío, enfundado en un eterno uniforme militar. Ni modo de resistirse al malencarado Tío Adolfo. Eran los hijos de los más cercanos al Führer. El arquitecto Albert Speer y Joseph Goebbels, el ministro de Propaganda del gobierno nazi, acudían con frecuencia al refugio de Hitler en los Alpes Bávaros para convivir en familia bajo la mirada discreta pero atenta de las cámaras.

Muy cerca de ahí, en Sonthofen, los hijos de centenares de alemanes de a pie se disputaban el ingreso a la elitista Escuela Adolfo Hitler del Partido Nacional Socialista. Sus padres hacían hasta lo imposible con tal de verlos figurar entre los elegidos para someterse a un rudo examen de admisión. En una docena de escuelas de este tipo distribuidas por todo el país fueron formados a partir de 1937 unos mil 500 muchachos de entre 10 y 17 años para ocupar los más altos cargos en el liderazgo nazi. Elaborado sin la participación del ministerio de Educación y en estrecha colaboración con la dirigencia de las Juventudes Nazis, el plan de estudios era más bien simple. Se les introducía a una suerte de biología étnica y se ponía énfasis en la preparación física, el entrenamiento militar y el adoctrinamiento ideológico. Se les exigía fuerza física, disciplina y lealtad. A cambio les ofrecían un futuro de gloria.

Rudolf Hoess tenía cinco hijos pequeños con los que quizá habría acudido alguna vez al refugio alpino de Hitler. Todos bien vestiditos, peinaditos, con sus zapatitos muy lustrados. Se ufanaba de haberlos engendrado para entregarles ese mañana luminoso que construían los nazis bajo las órdenes de su Führer. Al frente del campo de exterminio de Auschwitz entre 1940 y 1944, dijo ante los tribunales que nunca había molestado ni matado a un solo prisionero y que no tenía ninguna razón para odiar a los judíos. Cuando fue colgado muy cerca del sitio donde jugaban sus hijos, en el jardín de su casa, después de haber sido juzgado por el asesinato de más de un millón de prisioneros, se había dado tiempo para escribir sus memorias: Habla el comandante de Auschwitz. Explicaba como si nada que, desde su punto de vista, la forma más higiénica para deshacerse de las mujeres, los niños y los ancianos era el gas Zyklon B.

El mañana luminoso que les dejó a sus niños se convirtió en oscuridad, miedo y vergüenza al día siguiente del final de la guerra. Brigitte Hoess, una de sus hijas, consiguió escapar de Alemania y en España trabajó durante tres años como modelo para Balenciaga. Acosada por el miedo, cambió su nombre desde entonces. Hace un par de años, radicada en Estados Unidos y a sus 80 años de edad, se atrevió a hablar por fin de su pasado.

Goebbels mató a sus seis hijos antes de suicidarse con Magda, su mujer, mientras Hitler hacía lo mismo en las últimas horas de la guerra. Los hijos de Speer han vivido en medio de grandes sufrimientos tratando no de olvidar aquel traumático pasado, sino de recordarlo. En una suerte de permanente estado de shock lo han olvidado casi todo. Apenas sobreviven en su memoria las imágenes de su infancia dorada sentados en las piernas de Hitler en una terraza de su refugio alpino. No saben si fueron usados para las campañas propagandísticas del nazismo.

En cambio, Gerhard Bartels acaba de revivir su pasado hace unos días. A sus 83 años de edad, evocó las tediosas jornadas fotográficas en las que, obligado a participar por sus padres, posaba al lado de Hitler. El suyo era el rostro perfecto del niño alemán. Tenía cuatro años y lo embarga ahora una suerte de furia retroactiva: “Hitler era un gánster. Los nazis me usaron con propósitos de propagada. Fui usado para mostrar el amor de Hitler por los niños”.

Parece increíble que el sujeto bestial que asesinó a más de un millón de inocentes fuera un padre ejemplar. Sin embargo, Brigitte, la hija de Rudolf Hoess, el comandante de Auschwitz, insiste todavía: “Parecía el mejor hombre del mundo, siempre dulce y amable con quienes le rodeaban”. En las fotografías propagandísticas de la época, rodeado de niños arios perfectos como Bartels, Hitler también parecía un buen hombre, dulce y amable.