Sentido contrario

Con la boca abierta

Algo pasa con los festivales de cine, de manera que proliferan por el mundo. Hasta el más mínimo rincón del planeta presume el suyo, con programación ambiciosa, glamorosos invitados internacionales y premios rimbombantes. Tras ellos, sin embargo, prevalece claramente el criterio común del negocio turístico que encuentra en los concursos de películas el gancho ideal para la promoción de playas, ciudades y pueblitos. El brillo de estos eventos no falla como atracción para muchos.

Hace tiempo, formado en la fila para saludar a Fidel Castro en una recepción para quienes asistíamos al festival de cine de La Habana, conocí a una pareja de recién casados. Habían comprado un paquete turístico que incluía la oportunidad de saludar al comandante. El cine, por supuesto, no les interesaba en lo más mínimo.

Alguna vez escuché a un funcionario de un prestigiado festival hablar en términos muy feos de la expresión cinematográfica y sus autores, mientras elogiaba sin reparos el enorme negocio turístico que representaba su concurrido encuentro playero.

Pero hace poco supe de un festival de cine que me dejó perplejo. Tal vez sus propósitos sean también los de llevar turistas a una localidad, española en este caso, pero en términos bastante curiosos. Echando mano de un recurso por lo menos sorprendente, la Filmoteca de Navarra acaba de convocar en marzo pasado a la cuarta edición de su Festival Cine y Dentistas bajo el lema "La odontología y el cine, una historia de amor y desamor". Sus programadores seguramente sufrieron para cumplir la promesa en la que se encuentran enredados, en la medida en que no abundan las cintas sobre el tema, de manera que cubrieron sus fechas con solo tres películas: El hombre que sabía demasiado, de Alfred Hitchcock; El diario de Ana Frank, de George Stevens, y Balzac y la joven costurera china, de Sijié Dai. A su modo, no está del todo mal la breve programación a propósito de un tema que pone la carne de gallina a muchos.

Sé de dentistas que hacen su mayor esfuerzo para librar a sus pacientes del miedo al dolor. Hacen lo que pueden con tal de evitarles los gritos y los llantos. Aunque en realidad es bastante poco lo que pueden hacer en este sentido mientras horadan dientes y muelas, las arrancan de su sitio empleando instrumentos medievales y a menudo la fuerza bruta y tocan a veces con sus taladros los nervios apenas adormecidos. Y encima cobran una fortuna. La verdad es que son un horror aunque uno llegue a tenerles aprecio como amigos.

Y eso hablando de dentistas serios y profesionales, porque abundan los improvisados que ejercen sin título y sin conocimientos, como en una película de terror para adolescentes. También en España, mientras transcurría el Festival de Cine y Dentistas las autoridades dejaron al descubierto 55 clínicas dentales que operaban de manera ilegal, sin certificación profesional para sus empleados. Más de dos docenas de falsos dentistas fueron llevados ante la justicia. Pero hay aquí un dato notable: las investigaciones de las autoridades sanitarias han puesto en evidencia que entre el 60 y el 70 por ciento de quienes se desempeñan como dentistas sin título ni conocimientos específicos son de origen latinoamericano y han dejado, dicen, a los pacientes con la boca destrozada. Muchas clínicas han sido clausuradas en estos días por severos inspectores que nada han podido hacer para reintegrar a los pacientes las piezas dentales perdidas y los miles de euros pagados.

Pero hay casos bastante peores. En el extremo de la violencia criminal, prácticamente al borde de la locura, un dentista holandés, Jacobus van Nierop, ha vagabundeado por el mundo haciendo pedazos la boca de sus indefensos pacientes. Había "trabajado" en Inglaterra, Francia y Canadá hasta que fue puesto en manos de la justicia a partir de un cúmulo de denuncias por sus abusos y excesos. Lo identificaron como "el dentista del horror" y hace poco ha sido condenado por los tribunales franceses a ocho años de prisión. Llegó a recibir 26 pacientes cada día. Una de sus víctimas ha relatado sus desventuras en el consultorio: le aplicó seis inyecciones para extraerle ocho piezas en una misma sesión.

El dentista del horror dejó a su paso decenas de bocas despedazadas, dentaduras mermadas y rostros paralizados a consecuencia de sus tratamientos. Se echaba a la bolsa al mismo tiempo miles de euros cada día.

Tal vez muy pronto la película con su siniestra historia se esté exhibiendo en las jornadas del Festival "La odontología y el cine, una historia de amor y desamor" para horror de muchos que, sin duda, quedarán con la boca abierta.