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Niños trabajando

Cuando el clérigo irlandés Jonathan Swift escribió en 1729 su célebre texto Una modesta proposición muchos no advirtieron su espíritu satírico y se le fueron a la yugular, mientras interpretaban literalmente su propuesta a los padres que no podían mantener a sus hijos pequeños de venderlos a los ricos para que se los comieran. La idea del creador de Los viajes de Gulliver simplemente les parecía de mal gusto. Lo que no les parecía de mal gusto era que miles y miles de niños pequeños y adolescentes trabajaran largas jornadas en minas y fábricas para ayudar al sostenimiento de sus hogares.

La costumbre de poner a los niños a trabajar, venderlos o alquilarlos a la industria o a los gremios, estuvo bien extendida en Europa más allá del siglo XVIII. Todavía a mediados del siglo pasado existían en algunos poblados suizos las subastas públicas de niños destinados al trabajo en las granjas. En vísperas de los años ochenta, un hombre relató cómo había sido cedido por su madre, junto con su hermano, a una granja en la que desempeñaban trabajos en calidad de esclavos, en medio de frecuentes golpizas y torturas psicológicas.

En México, alrededor de 3 millones de niños y adolescentes trabajan y aportan hasta el 50 por ciento del presupuesto familiar. Están en las calles, en las fábricas, en las obras en construcción, a la vista de todos. Unos 220 millones de niños están trabajando en el mundo, y más de la mitad de ellos se desempeñan en actividades consideradas como peligrosas. Pero lo peor de todo: unos nueve millones trabajan en condiciones de esclavitud, realizando a veces actividades al margen de la ley, en beneficio de bandas delincuenciales de adultos.

Hace unos días, un diario británico puso al descubierto que los muñequitos que regala la marca Ferrero con sus huevitos de chocolate eran fabricados por niños esclavos rumanos. La primera que puso el grito en el cielo fue la empresa chocolatera, y descargó la culpa en su subsidiaria en Rumania. Alguien les habrá creído.

En realidad, el trabajo infantil ocurre sin consecuencias a los ojos del mundo entero. Hay quien ha llamado con frecuencia a estar atentos a las marcas de ropa que usamos todo el tiempo. El hindú Kailash Satyarthi, Nobel de la Paz en 2014, ha peleado por los derechos de los niños y les ha devuelto la alegría de vivir a miles de pequeños liberados de la esclavitud por sus empeños. No le perdonan su insistencia. Ha sufrido amenazas, agresiones y todo género de ataques de parte de quienes se benefician con el esfuerzo infantil.

Es difícil de creer, y también es difícil saber qué hacer, cuando uno se entera de que alguna ropa que lleva el logotipo de las marcas más populares viene de manos de niños esclavizados: Tommy Hilfiger, Timberland, H&M, Diesel, Gap, Zara y muchas otras. Organizaciones como el Centre for Research on Multinational Corporations de Holanda las tiene bajo la lupa y millones de niños se lo agradecen.

*Profesor-investigador de la UAM-Iztapalapa