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La cama de Van Gogh

En 1890 Vincent van Gogh pintó al óleo un retrato del psiquiatra que lo atendía, el doctor Paul Gachet. En el cuadro, que lleva el título de Retrato del doctor Gachet, el galeno francés posa con gesto aburrido, tal vez harto de atender a sus pacientes. La obra del pintor holandés no significó en su momento ningún negocio para nadie. Apenas si le dejó algunas monedas para echarse unos tragos en el café de la plaza de Arles que frecuentaba.

Hoy día, el cuadro figura entre las obras pictóricas más valiosas del mundo. En manos de un acaudalado japonés, está cotizado en unos 150 millones de dólares.

Se dice que de las dos mil 100 obras de su creación, el genio del postimpresionismo sólo consiguió vender una, pero siempre hay alguien dispuesto a colgar un Van Gogh donde hay una pared vacía, en hoteles, consultorios, restoranes, aeropuertos. Casi siempre las obras elegidas son alguno de sus girasoles, La noche estrellada o El dormitorio en Arles.

La casita amarilla donde reposaba en las afueras de Arles, en el sureste de Francia, es ahora un sitio de peregrinaje para miles de turistas que disfrutan también de las playas nudistas cercanas. Miles de admiradores que visitan sus muestras pictóricas se detienen ante el cuadro donde aparece sin oreja, con expresión relajada, mientras fuma una pipa humeante. Se preguntarán tal vez a dónde diablos habrá ido a parar su apéndice auditivo, por qué lo habría cercenado y con qué. Algunas investigaciones recientes sobre el incidente explican que el artista riñó una noche tormentosa con su amigo Gauguin y en el colmo de la furia terminó cortando su oreja con una navaja de afeitar para ofrecerla más tarde a una prostituta que conocía bien.

Sin embargo, hay quien dice que la oreja habría sido cortada por el propio Gauguin en medio de un neurótico pleito por cualquier cosa. Van Gogh fue a dar más tarde a un psiquiátrico y terminaría metiéndose un tiro para acabar con su vida.

Otros se han preocupado menos por su oreja y más por su austera cama amarilla, la misma que aparece en sus tres cuadros que reproducen el interior de la habitación donde vivía. La buscan de manera obsesiva por todas partes. La última vez que alguien creyó verla estaba en Boxmeer, una localidad al sureste de Holanda. Allá habría ido a dar por decisión de sus herederos. Cuando todos pensaban que la cama había acabado en un basurero luego de la muerte del pintor, uno de sus legatarios se comunicó por escrito con quienes se empeñaban en erigir un museo en su memoria en Arles para ofrecerles con cierta inocencia el viejo mueble: “En caso de que se abra un centro artístico en la Casa Amarilla, puedo enviar la cama que aparece en el lienzo del dormitorio”, ofreció sin que nadie se lo pidiera.

La Segunda Guerra Mundial impidió la realización del proyecto, pero se sabe que la cama anda todavía por ahí, en algún lugar de ese poblado holandés. Muchos la buscan sin descanso. 

*Profesor-investigador de la UAM-Iztapalapa