Sentido contrario

Las angustias de la señora Trump

Tal vez Melania Trump estaba al borde de un ataque de nervios cuando apareció por ahí el nombre de la venezolana Carolina Herrera. Ningún diseñador afamado en el terreno de la moda quería hacerse cargo de su vestuario. Le sucedió lo que ninguna primera dama de cualquier país del mundo podría soportar: las más destacadas estrellas de la moda parecen haber llegado a un acuerdo para rechazar la chamba y organizar en cambio una suerte de boicot contra la esposa del presidente electo de Estados Unidos.

Ante un desastre de ese tamaño, a Melania le quedaban todavía algunos recursos a la mano, sin llegar a la desesperación de comprar su vestuario en alguna sucursal del Walmart, y eso sin pensar que le pudieran vedar el acceso allí también. Para resolver el drama, podía en lo inmediato echar mano de un mercado poco conocido en Estados Unidos pero que rinde jugosas ganancias: el de la venta de ropa y todo tipo de accesorios para las señoras por internet. Con un espectro que incluye a los niños y todo lo necesario para el hogar, esta modalidad de comercio tiene en sus catálogos ropa de prácticamente todas las marcas conocidas de Estados Unidos, España, Francia e Italia, y se vale de los servicios de mensajería internacionales para llegar con sus productos a los hogares de los consumidores. No es lo que una primera dama pudiera desear, pero es lo que hay en un negocio tan dinámico y accesible mediante computadoras o teléfonos celulares que genera unos 50 millones de euros al año.

Ya sin otras alternativas, la inminente primera dama estadunidense podría recorrer discretamente algunas de las muchísimas ferias de la moda que se organizan en las más importantes ciudades del país. Encontrará ahí centenares de posibilidades para integrar su guardarropa, siempre y cuando sea discreta con las etiquetas de marcas del todo desconocidas. No estaría bien que anduviera por ahí con trapitos diseñados por John Smith.

El asunto de los diseñadores de moda que se niegan a trabajar para la señora Trump es más que significativo. Tal vez todos tengan en común su militancia en el partido Demócrata, perdedor en las pasadas elecciones, pero habla sobre todo de un rechazo que nunca antes se había visto en un gremio altamente competitivo y ansioso por estar al servicio de figuras relevantes de la política y el espectáculo. Simplemente no les viene en gana trabajar para una familia temida y repudiada en la nación norteña. Seguramente intuyen también las consecuencias que habrían de enfrentar en caso contrario: buena parte de sus clientes habituales figuran sin duda entre los millones de ciudadanos que cuestionan la llegada a la presidencia del déspota magnate y perderlos no significaría más que el desprestigio y el fin de su próspero negocio.

La lista de los costureros que se han negado a confeccionarle sus atuendos a la señora Trump es ya larga y crece cada día. Figuran en ella los nombres de creadores prestigiados, como Tom Ford, Marc Jacobs, Humberto León, Michael Kors, Altuzarra, Vera Wang, Jason Wu y muchos otros.

No tener a su servicio a profesionales de la moda de este tamaño debe dolerle particularmente a quien ha sido promocionada por los publicistas republicanos como “apasionada de las artes, la arquitectura, el diseño, la moda y la belleza”. A quien aspiraba a la elegancia de Jacqueline Kennedy.

El estilo de los que no han dicho “no” de manera abierta podría estar lejos de lo que la primera dama quisiera para presentarse en sociedad. Entre ellos se encuentra el diseñador francés Jean-Paul Gaultier, responsable, literalmente, del vestuario de Madonna, estilo ropa interior y de colores subidos. También Tommy Hilfiger, con mucha ropa deportiva y sin demasiadas pretensiones en su catálogo a la venta en toda clase de centros comerciales.

Carolina Herrera, que está dispuesta a asociar su marca con el vestuario de la próxima primera dama estadunidense, tiene dos claras desventajas a los ojos de la familia Trump: es una venezolana que deberá soportar el racismo de sus clientes en la Torre Trump y se ha hecho cargo en ocasiones del vestuario de Michelle Obama, en particular durante la visita presidencial a Cuba y los encuentros de los Obama con el papa Francisco y el presidente francés François Hollande.

De hecho, el de Carolina Herrera es un nombre más en la lista de diseñadores de moda en la agenda de la señora Obama, quien nunca ha tenido un estilo del todo definido en su ropa. Dicen los que saben que en esa agenda están los nombres de montones de artífices de la moda, y que solo en 2010 vistió los productos de más de medio centenar de ellos.