Sentido contrario

Lo que mató a María

María mostraba siempre una sonrisa enorme de encendido color carmesí. Con sus cortos cabellos güeros, a veces blancos, se veía bella y joven. Determinada, disciplinada, valiente, no se rajaba ante nada. Últimamente un gesto de amargura insistía en ganar espacio en su rostro. Hace poco la escuché contando en el curso de una entrevista en la tele que el peor momento de su día era cuando se miraba en el espejo. Veía un agujero negro y profundo donde estaba antes su ojo derecho. Luego cubría el vacío con un parche de pirata muy glamoroso que cambiaba a menudo de color y textura.

Española, hija de un corredor de Fórmula Uno, Emilio de Villota, que tuvo sus mejores momentos entre los años setenta y ochenta, María compartía con su hermano Pablo la profesión que les metió su padre en la sangre. En el verano del año pasado, el tres de julio, se encontró con un camión parado en el camino mientras probaba a toda velocidad las bondades de un auto de carreras en una pista británica. El impacto lo resintió sobre todo en la cabeza y en la cara, de manera que la sacaron de la cabina con una conmoción cerebral muy severa. Tenía fracturas múltiples en el cráneo y en el rostro. Un familiar cercano que vio las radiografías que le tomaron en el hospital apenas ingresada dijo que la cabeza de María parecía un jarrón roto en mil pedazos.

Moribunda, estuvo tendida en la cama de un hospital durante cinco días mientras se reconciliaba con la vida. En su agonía, pensaba que estaba siendo sometida por su escudería a una prueba de esfuerzo. Cuando salió del coma supo que había perdido el ojo derecho. “Quiero mi ojo, lo necesito porque soy piloto de carreras”, les exigió a los médicos. “Te salvamos la vida”, le replicaron con solemnidad británica. Lloró con una lágrima solitaria. Dijo luego que desde entonces veía más que cuando tenía sus dos ojos.

Una cirugía de 17 horas la había devuelto a la vida. Los médicos le dijeron que había tenido mucha suerte cuando su cráneo se hizo añicos, porque así su cerebro inflamado tuvo espacio para crecer sin sufrir mayores daños. Vinieron luego un montón de complicadas cirugías para regresarle su belleza, para tratar de borrar las cicatrices. Alguien le dijo entonces que la habían operado más veces que al rey.

María de Villota era única en su profesión, literalmente. Cálida, tierna, lúcida, sensible, era la única mujer que hacía ese trabajo. Se dedicaba a probar los autos que corrían con el escudo de Marussia. Era tal vez la única mujer que participaba profesionalmente en competencias de Fórmula Uno.

Tomó después los pedazos de su vida, de su cuerpo, de su ánimo, y fue reconstruyendo poco a poco su existencia, como si nada hubiera sucedido. O casi nada. Pero hubo algo que no pudo recuperar: su profesión. No pudo competir más en la Fórmula Uno ni montarse en un auto de carreras en busca de sus virtudes y sus defectos. Nunca lo dijo, pero eso, sin duda, le dolió más que la pérdida de su ojo. Era lo que más amaba desde niña: cuando se metía en el traje de piloto de su padre, se ponía su casco enorme y jugaba a que corría y corría a toda velocidad. Y así toda la vida hasta los 33.

Cambió las pistas de alta velocidad por las participaciones en actividades sociales; en ocasiones, de vez en cuando, por las entrevistas. Tenía un espacio en la revista Hola! La invitaban con frecuencia a hablar de su experiencia, de su accidente, de su recuperación, de su voluntad de acero, de su capacidad de renuncia. Algunos que pasaban por lo que ella enfrentó con decisión aprendieron a vivir de nuevo, a superar su adversidad. Aprendieron de su infortunio y de su sonrisa triste.

María, que se preguntaba después de su accidente si habría por ahí alguien que la quisiera sin ojo y con el cuerpo bordado de cicatrices, se encontró en el camino con Rodrigo García. Supo que la quería y se casaron hace tres meses.

Rodrigo se quedó viudo hace unos días. A punto de presentar su libro La vida es un regalo, en el que relata los sinsabores de su vida y sus esfuerzos para sobrevivir, María fue invitada a Sevilla por la Fundación Lo que de verdad importa, para participar en una charla. Al amanecer del viernes pasado la hallaron muerta en la cama de su hotel. No faltó quien especulara con la historia de un crimen pasional. Los forenses que trabajan a marchas forzadas en la autopsia han insistido en la posibilidad de un deceso fulminante causado por un aneurisma derivado de un accidente que habría dejado daños severos en su cerebro. Quienes no saben que de tristeza también se muere, dijeron que, sin sombra de duda, había fallecido por causas absolutamente naturales.