Sentido contrario

Los malos y los muertos

Tancredo Neves era uno de los hombres más queridos en Brasil. Millones lo habían llevado a la presidencia con la encomienda de regresar al país a la democracia luego de 21 años de dictadura militar. Era querido y respetado, y la gestión que estaba a punto de comenzar significaba una luz de esperanza después de años de opresión castrense. Sin embargo, la noche anterior al día de su toma de posesión se sintió enfermo, con agudos dolores abdominales. A sus 75 fue internado de urgencia en una clínica y vio llegar el 15 de marzo de 1985, día de su investidura, en la sala de recuperación luego de una cirugía para resolver una diverticulitis.

Al menos esa fue la versión oficial ese día. Trascendió después que en realidad le habían extirpado un tumor en la primera de siete cirugías a las que fue sometido en el curso de 40 días. Murió finalmente el 21 de abril sin llegar a ocupar la silla presidencial.

El día anterior, en medio de la angustia de sus más cercanos, alguien se animó a convocar a una celebridad médica de Boston, el doctor Warren Myron Zapol, que diagnosticó una fibrosis pulmonar y recomendó que la temperatura corporal del paciente fuera reducida para controlar su oxigenación. En realidad no hizo mucho por él.

A la muerte de Neves, que de cualquier manera fue presidente oficialmente por decreto del Congreso, los rumores corrieron por todas partes. Se dijo que lo habían envenenado. Que alguien le había metido un tiro. Oficioso, Zapol se apresuró a desmentir las versiones. La idea de una muerte violenta, a tiros, es totalmente absurda, dijo. Un año después, a finales de febrero de 1986, se hicieron públicos los resultados de una investigación emprendida por el Consejo Médico de Brasilia, que estableció que Neves habría muerto por la incapacidad del grupo de médicos que lo atendió.

Casi 30 años después, el expediente Neves lejos de haber sido cerrado sigue despertando dudas, sospechas. El del presidente de Brasil que no llegó a gobernar es uno más de los casos de mandatarios fallecidos en circunstancias oscuras. Olof Palme, el primer ministro sueco, e Indira Gandhi, primera ministra de la India, corrieron con la misma suerte, entre una larga fila de mandatarios borrados de golpe del escenario político en medio de siniestras conjuras palaciegas.

Rivalidades, ambiciones, odios, rencores, guerras por el poder y un montón de intereses económicos suelen moverse sigilosamente detrás de cada una de estas muertes inexplicadas. Pero hay casos peculiares, más turbios y escandalosos que otros. En particular aquellos que ocurren a la sombra de los altares, bajo el signo de la cruz. Un escritor colombiano, Evelio Rosero, está dando a conocer en estos días su novela Plegaria porun Papa envenenado, a propósito de la muerte enigmática de Juan Pablo I, el pontífice que ocupó el trono de San Pedro solo durante 33 días. Su ayuda de cámara, la monja Vincenza Taffarel, lo habría encontrado en su lecho al amanecer del 28 de septiembre de 1978, fulminado por un súbito ataque cardiaco y con un manojo de documentos en la mano crispada. La religiosa cambiaría luego su versión de los hechos, explicando que Luciani se encontraba en la bañera cuando murió. Finalmente los rumores sobre el envenenamiento del Papa de la dulce sonrisa terminaron por imponerse en medio de un sinfín de conjeturas.

La muerte de un líder de la Iglesia católica en circunstancias poco claras ha invitado desde entonces a muchas mentes creadoras a la fabricación de hipótesis, a la búsqueda de explicaciones y, sobre todo, al encuentro con la más pura verdad, en el contexto de los graves escándalos de aquellos días por las gestiones mafiosas de las finanzas y la banca vaticana recién puestas al descubierto. En ese escenario ya se ha situado hace unos años Roger Crane, un abogado neoyorquino con ánimos de dramaturgo, para elaborar la trama de su controvertida obra teatral La última confesión, fincada sobre la hipótesis del asesinato del papa Luciani. Crane no hizo más que tejer sobre la realidad. Entre sus personajes figuran no solo la monja Taffarel, sino también los turbios personajes a cargo de las finanzas vaticanas, como Paul Marcinkus. En el centro de su dramaturgia se sitúa un intrigoso y manipulador cardenal Giovanni Benelli.

Rosero se atiene a los mismos hechos y al mismo entorno de Luciani para dar sustento a su hipótesis sobre un frío asesinato. En su novela, como en una tragedia griega, se mueven también como fantasmales figuras demoniacas Marcinkus y los banqueros Roberto Calvi y Michele Sindona, posibles autores intelectuales de un crimen hasta ahora casi perfecto.