Sentido contrario

La ley del revólver

Cuando alguien le apunta a uno con un arma y dispara a quemarropa no queda más que rezar para que le falle la puntería al tirador o para que la bala se quede atorada por ahí. O las dos cosas. Tal vez ninguna de las dos opciones sea útil. Tampoco el recurso de correr. Nadie corre más rápido que una bala. Lo que vimos hace unos días en la televisión prueba que no hay modo de sacarle la vuelta a la muerte en estos casos. Una reportera de un espacio televisivo noticioso y su camarógrafo fueron acribillados en Estados Unidos por un demente mientras grababa con un celular su crimen. Imposible escapar a la agresión. Ambos murieron en directo.

Cuando se enteró del suceso, el presidente Obama volvió a pedir la implementación de controles para la portación de armas. Siempre lo hace cuando la sangre de los inocentes chorrea por las calles. En una universidad, un cine, un centro comercial, una calle concurrida. Una cantaleta del todo inútil. Luego de que en diciembre de 2012 un desequilibrado acabara a tiros con la vida de 20 niños y seis profesores en una escuela primaria en Newtown, Connecticut, muchos pidieron, otra vez, que el uso de las armas de fuego quedara sujeto a algún control. No solo nadie controló nada, sino que la masacre sirvió para promocionar la portación de armas en Estados Unidos. Las armerías hicieron su agosto y muchas agotaron en cuestión de horas rifles, pistolas, cartuchos y chalecos blindados. Un año después, seguían discutiendo allá sobre la implementación de leyes que permitan a los ciegos portar armas, para integrarlos a la sociedad. Nadie tiene por qué sentirse discriminado en ese país.

Discuten mucho también sobre la necesidad de que los profesores acudan armados a impartir sus clases y los feligreses vayan a misa con sus pistolas a la mano.

Justo en esos días algunos estudiosos de temas sociales llamaron la atención sobre un fenómeno que rige cada vez más nuestros días: la pérdida del sentimiento de culpa. Nadie se siente culpable por las tropelías que comete como si nada, en particular los estadunidenses. Matan al vecino por rutina. También mueven millones de dólares en el negocio de las armas. Se esmeran en la fabricación de productos más y más sofisticados y letales. El año pasado se pusieron felices cuando comprobaron que una bala que acaban de diseñar funcionaba muy bien. Si acaso al tirador le falla la puntería o el objetivo echa a correr, la bala que inventaron corrige su rumbo, lo persigue donde quiera que vaya y se mete en su cuerpo. Ahora están plenamente seguros de que nadie puede escapar de la muerte violenta.

Estados Unidos encabeza la estadística de crímenes perpetrados con armas de fuego. Cada año mueren unas 30 mil personas en incidentes de este tipo. Quienes tienen armas allá matan seis veces más que en Canadá, 15 veces más que en Alemania y casi 50 veces más que en Francia. Un sitio en internet, GunsAreCool, lleva el registro puntual de las balaceras en las que pierden la vida al menos cuatro personas. Dio cuenta de 365 en 2013 y de 366 el año pasado. En lo que va de este año ha contabilizado hasta el pasado 27 de agosto 249. Los estadunidenses, que representan algo así como 4.4 por ciento de la población mundial, portan un poco menos de la mitad de las armas en manos de la población civil de todo el mundo.

Pero resulta que los estadunidenses no se matan solo entre ellos. Todos los días matan también a tiros a miles de personas en todo el mundo. Están de hecho a la cabeza del grupo de los 10 principales exportadores de armas en el mundo. Ganan cada año más de 10 mil millones de dólares en los mercados de la muerte, seguidos por Rusia, con casi seis mil. No resulta difícil imaginar quiénes son sus principales clientes. Están en los países que chorrean sangre, muchas veces desestabilizados en su política interna, en su economía y en su estructura social por los estadunidenses. India les compra más de cuatro mil millones de dólares cada año, los árabes casi tres mil, los turcos casi dos mil, y vienen detrás China, Indonesia, Vietnam y Taiwán.

Está claro que, por su propio bien y por el bien del mundo entero, los estadunidenses tienen que ser llamados al orden. Acaba de terminar en Cancún la Primera Conferencia de los Estados Parte del Tratado de Comercio de Armas, que busca regular el tráfico de estos instrumentos. El asunto no está nada fácil, pero se pusieron las bases para acuerdos iniciales sobre el tema. El reto es mayúsculo: ponerle reglas a un mercado complejo y sumamente malicioso que opera al margen de los principios morales y muy lejos de los sentimientos de culpa. Algún día tal vez…