Durante la filmación del documental La maravillosa horrible vida de Leni Riefenstahl en los primeros años 90, la responsable del aparato fílmico de Adolfo Hitler tiene un rasposo jaloneo con el director Ray Müller cuando le pide que señale con su brazo en alto los picos alpinos que trepaba con vestido y sin zapatos mientras actuaba a las órdenes de Arnold Fanck: “No voy a hacer el saludo nazi”, le grita furiosa a Müller.
Riefenstahl tenía razones para exhibir una piel muy sensible. Al finalizar la Segunda Guerra Mundial, mientras la camarilla a las órdenes de Hitler desfilaba ante los tribunales de Núremberg para rendir cuentas sobre su participación en el asesinato de millones de individuos, la cineasta debió responder a las acusaciones a propósito de su complicidad en aquellos crímenes y sus simpatías con el nazismo, una vez descartada su militancia en el partido hitleriano. Desde entonces, habría de desfilar una y otra vez ante los tribunales que se empeñaban en acreditar nuevas y viejas culpas.
Los investigadores nunca hallaron ningún documento que probara su afiliación al partido, por lo que fue juzgada básicamente por las simpatías con el nazismo que dejaban ver sus películas y su labor al frente del aparato fílmico nazi. Se le acusó de la autoría de las más espectaculares películas de propaganda que se realizaron en aquellos días para promover los ideales y valores del nazismo: El triunfo de la voluntad, sobre las jornadas del partido hitleriano en Núremberg en 1934, y las dos partes de Olympia, la cinta sobre los Juegos Olímpicos en Berlín en 1936. La realizadora se defendió alegando que en sus películas no aparecía ni un solo hombre armado y que solo le interesaban la belleza y la cultura física.
De poco sirvieron sus protestas. Fue declarada simpatizante del nazismo y sufrió las consecuencias: fue internada en un psiquiátrico, sufrió horrendas sesiones de electrochoques, se le administraron medicamentos que la llevaron al borde de la locura, le fueron confiscados sus bienes, fue despojada de sus archivos y de su acervo fílmico y reducida a escombros como persona.
En sus mejores tiempos, en vísperas del ascenso de Hitler a la Cancillería alemana, Riefenstahl era una bella y audaz hija de familia empeñada en una formación de bailarina en las prestigiadas academias de Max Reinhardt. Al declinar en aquellos días el expresionismo, que dotaba de peculiares valores estéticos a la creación artística, en particular en el campo de la cinematografía, surgió en Alemania un raro género fílmico que concentraba su atención en los helados paisajes alpinos. Riefenstahl se reponía de una lesión en la rodilla cuando decidió hacerle llegar a Arnold Fanck una fotografía personal con una misiva en la que ofrecía sus servicios como actriz al creador del género fílmico de montañas. Impresionado con su belleza, Fanck la invitó de inmediato a protagonizar sus cintas y la convirtió en su estrella en películas en las que a menudo salvaba a hombres atrapados en medio de intensas ventiscas mientras seducía a viriles aldeanos y echaba algunos pasitos de baile.
Así la encontró Hitler cuando llegó al poder. Riefenstahl, audaz y seductora, le envió una carta, como a Fanck en su momento. Le pedía una oportunidad para conocerlo. El líder nazi accedió y poco después Riefenstahl estaba al mando de la cinematografía nazi, bajo las órdenes directas del ministro de Propaganda Joseph Goebbels.
Hay quien percibe candentes amoríos entre Hitler, Goebbels y la cineasta, pero nada le ha sido probado. El hecho es que Riefenstahl, con la ayuda del equipo propagandístico de Goebbels, consiguió las más bellas y contundentes imágenes del poderío militar de las tropas nazis antes del inicio de la guerra y fue reconocida por ello. Con el mismo entusiasmo fotografió y filmó durante más de 20 años la belleza de los nativos de Sudán y se convirtió al final de su vida en la fotógrafa submarina más vieja del mundo.
Odiada y admirada al mismo tiempo, Riefenstahl murió en 2003 a los 101 años. Muchos desde entonces soñaban con hurgar entre sus pertenencias en busca de sus más recónditos secretos. Hubieran querido hallar en sus archivos cartas de amor, fotografías comprometedoras, tal vez la identificación que acreditaba a la cineasta como militante del Partido Nazi. Pero Riefenstahl dejó sus bienes bien protegidos en su casa de Múnich, en manos de su fiel secretaria Gisela Jahn, la única heredera de todo su acervo.
Ahora, por fin, los tesoros secretos de la controvertida cineasta empiezan a ser estudiados y muy pronto serán exhibidos en un museo de Berlín, al tiempo que su vida será, sin duda, revalorada.