Sentido contrario

"Calypso"

Hace tiempo, en una oscura noche sin estrellas en La Habana, paseando por el solitario malecón, me topé de pronto con el Calypso. Parecía una imagen fantástica, fantasmal. Estaba ahí, anclado en las aguas apenas agitadas. Pequeño, todo pintado de blanco, con un minúsculo helicóptero en su cubierta superior y toda suerte de antenas y radares a la vista, parecía un navío al servicio de un superespía trabajando para una potencia europea y no el barco que conducía el comandante francés Jacques Cousteau por los misterios de las profundidades marinas de todo el mundo.

Muchos no conocerían el mar ni sabrían de la vida de sus habitantes de no ser por los documentales fílmicos y televisivos de Cousteau, realizados muchas veces al cabo de largas travesías a bordo del Calypso y en medio de grandes peligros. Más de una vez el sofisticado barco quedó atrapado en medio de las más violentas marejadas, al borde del desastre en aguas bajas, a punto de estrellarse contra los arrecifes. Pero sobrevivió con su escasa tripulación bajo el mando recio, audaz de Cousteau. Quienes conocían bien al comandante describían la relación que mantenía el viejo marino con su barco como la que existía entre un hombre y su pareja al cabo de un largo matrimonio.

Cousteau murió en París a los 87 hace 20 años, en junio de 1997. Para entonces, las cartas del destino del barco estaban ya sobre la mesa. Un año antes, anclado en Singapur, el Calypso se hundió del todo cuando una barcaza lo embistió accidentalmente. Rescatarlo del fondo marino costó mucho tiempo, dinero y esfuerzo. Después, las largas disputas legales terminaron por convertirlo en un montón de chatarra abandonada en una bodega. Nadie quiso aportar fondos para su restauración.

El desinterés del gobierno francés y de los posibles donadores para recuperar el navío de Cousteau fue visto por muchos como la prueba de que el paso del tiempo había enviado al olvido al mítico personaje. Las nuevas generaciones, dicen en Francia, saben poco o nada del hombre que hizo de la vida marina un espectáculo que dejó millones de dólares en sus cuentas bancarias.

Sin embargo, Francine Cousteau, la viuda del comandante, ha batallado desde hace años por el rescate del Calypso. Sus esfuerzos no han sido en vano. El barco, de hecho, podría volver a surcar los mares de nuevo muy pronto, tras ser reparado.

Pero la que necesita una reparación urgente en realidad es la imagen del propio Cousteau. Quienes estuvieron cerca del submarinista durante sus aventuras a bordo del Calypso insisten en revelar los detalles de su verdadera imagen, la de un individuo ambicioso y poco escrupuloso, capaz de poner en escena buena parte de sus trabajos documentales para el cine y la televisión y dispuesto a ceder a cada petición de la industria publicitaria comercial. Bernard Violet, uno de sus biógrafos, autor de Cousteau, una biografía, lo ha descrito como un falso sabio y un falso ecologista que no tuvo ningún reparo en colaborar con grandes empresas depredadoras de la ecología. Violet también ha echado por tierra las dramáticas aventuras del Calypso en situaciones de peligro extremo, y André Laván, uno de los colaboradores de Cousteau, ha puesto al descubierto que buena parte de los guiones para sus películas y documentales televisivos pasaban por las manos de los escritores de Hollywood para dotarlos de tensión dramática sin que nadie pusiera ningún reparo a la simulación. Si los materiales fueran exhibidos como fueron filmados, el público se la pasaría bostezando, ha dicho.

Cousteau ha recibido siempre agrias críticas, en particular desde hace un par de años, cuando Gérard Mordillat, un escritor y director fílmico francés, lo exhibió como un depredador de la fauna marina y mostró a modo de ejemplo siniestras imágenes de su multipremiado documental El mundo del silencio, que fue filmado en 1956.

Parece difícil mantener la neutralidad ante un personaje de su talla. The Odyssey, una película del parisino Jérôme Salle que recrea su vida, se pasea en estos días por los festivales internacionales de cine contando los detalles de la existencia de quien “no fue un santo, pero tampoco un canalla”, como asegura el realizador.

Salle organizó hace poco una proyección de su película para quienes trabajaron al lado de Cousteau. Todos, dice, estuvieron de acuerdo con el trato que se le dio al personaje, incluida su descripción como un personaje ególatra, encandilado por el brillo de la fortuna y el éxito, y también adúltero. Un personaje de carne y hueso que, a los ojos de Salle, “representa como pocos el siglo XX y la evolución del hombre con respecto a la naturaleza”.