Sentido contrario

Del amor al odio

Cuando un amigo se separa de su pareja se queda uno hecho bolas. No se sabe qué hacer. No sabemos si seguir viendo a la ex, si invitarla a casa de vez en cuando, si solidarizarnos con ella o con él. A menudo las amistades se zarandean en esos casos, a veces no sobreviven y cuestan a veces la relación con personas que queremos. Pero si quienes se han separado son los integrantes de la pareja presidencial la cosa parece más complicada.

En el caso de la reciente ruptura en las recámaras del Elíseo ni a quien irle. Una encuesta reciente le otorga al presidente francés François Hollande una popularidad de 16 por ciento después de que despidió a su señora del palacio presidencial como si fuera la chacha. Todos pensábamos que los índices de popularidad de los presidentes franceses habían tocado fondo con el ex mandatario Nicolás Sarkozy, que en sus mejores tiempos andaba por los 30 puntos. Sarkozy, sin embargo, tenía siempre a la mano el recurso de su mujer, Carla Bruni, para mejorar un poco su imagen. Cantante, actriz, modelo, bella y modosita, la señora presidenta era además conocida a fondo por toda Francia gracias a unas fotografías que la mostraban desnuda, dueña de un montón de virtudes. Frente a ella, los resultados negativos de las encuestas se hacían añicos.

Pero Valérie Trierweiler, la ex de Hollande, no es simpática, ni guapa, ni ocurrente. Es una señora madura, déspota y majadera, y ni siquiera pasó por el altar para llegar a compartir lo que compartía con el presidente. Si acaso era la primera novia del país, que no es mucho decir. Cuando se enteró a través de la prensa, como todos los franceses, de que su presidencial novio le ponía los cuernos con una actriz joven y bella, el país entero quedó sepultado bajo un alud de inquietudes. La depresión la mandó al hospital con una crisis nerviosa y la nación parecía al borde del colapso, con los muros de la república cuarteados.

Hollande no reaccionó como una pareja, sino como un patrón malhumorado, como un macho frío e insensible. La echó a la calle después de siete años de vida conyugal, mientras ella le suplicaba una solución negociada que les permitiera seguir compartiendo su existencia y de paso la presidencia, el poder y también el glamour.

Pero no hubo modo. El presidente siguió como si nada su relación con Julie Gayet, una señora parisina de 41 años, divorciada y madre de dos hijos, y los franceses se quedaron pasmados ante la sangre fría de su presidente en el momento de las decisiones difíciles en su casa. La humillada señora Trierweiler empacó su dignidad y se fue a la India en un intento de poner distancia con lo peor que le ha pasado en su vida. Hollande viajó a Estados Unidos para un encuentro oficial con los Obama y lo primero que hizo fue meter en un lío descomunal a los responsables del protocolo de la Casa Blanca, que habían distribuido ya 300 invitaciones para las actividades presidenciales con el nombre de la señora Trierweiler como primera dama de Francia. De hecho, no sabían si tenían que poner el nombre de la señora Gayet en su lugar. Al final solo quedó el nombre de Hollande, y las actividades formales de su pareja con la señora Obama quedaron canceladas.

Hollande debe haber apurado un trago muy amargo cuando muchos, sobre todo los periodistas, le pidieron que explicara su situación sentimental. Su gesto hosco y su actitud distante no le sirvieron de mucho. Sus esfuerzos resultaron un tanto inútiles, no solo porque todo el mundo estaba más que enterado de sus aventuras amorosas, sino porque en Estados Unidos están mas o menos acostumbrados a ese tipo de temas, dejando de lado las pasiones desatadas del ex presidente Clinton que casi le costaron la presidencia y su matrimonio con Hillary. Cuando Cecilia Ciganer se quitó de golpe el apellido presidencial y se lo aventó en la cara a su marido antes de dejarlo para ir tras su amante Richard Attias, Nicolás Sarkozy emprendió un viaje oficial a Estados Unidos y metió en el mismo lío al protocolo
de la Casa Blanca, en espera de una primera dama que había dejado de serlo apenas unos días antes.

Dicen que quien ríe al último ríe mejor. En este caso la máxima le viene como anillo al dedo a la Trierweiler. La revista Closer, que hizo público por primera vez el adulterio de su marido, la mostró hace unos días en su portada luciendo un bikini bajo los rayos del sol en la isla Mauricio. En su maleta lleva sin duda más que bronceadores. Habrá montones de lápices y libretas de notas. Una periodista como ella dirá que su
historia no ha terminado. No mientras no la escriba con toda la hiel que lleva en las entrañas.