Sentido contrario

El hombre que fue rey

Muchos en México hablan de la princesa Letizia con demasiada familiaridad. También en España. Enfatizan su pertenencia original a la clase media, su pasado de periodista, su matrimonio anterior. Aquí la ven como muy cercana, allá como muy lejana. Curioso. No falta quien evoque los días mexicanos de la muy próxima reina de España, quien recuerde alguna comilona o una parranda, su paso por la redacción de un diario mexicano. En algún momento, cuando se convirtió formalmente en la pareja del príncipe de Asturias, el hijo de Juan Carlos de España, salieron a relucir las imágenes de la portada de un disco que la mostraba posando poco vestida. Hubo quienes pegaron el grito en el cielo, escandalizados, aquí y allá.

Olvidan que si bien la tradición, la buena cuna y los modos elegantes marcan en buena medida el pulso de las monarquías europeas, por las ramas de los árboles genealógicos de las más rancias familias reales ha trepado un buen número de transgresores que han contribuido, sin duda, a dotarlas de sentido común y de calidad elementalmente humana, para su bien. Hay princesas que han escapado con el chofer, que se
han casado con el guardaespaldas, que han pasado por embarazos inexplicados; príncipes envueltos en fraudes y suicidios, alcohólicos y hasta sospechosos en el expediente policiaco a propósito de la muerte nunca bien explicada de una lady triste.

Por muchas razones nos resulta del todo imposible meternos en los zapatos de una princesa, de un príncipe o de un rey. Entendemos, sin embargo, el significado más o menos profundo de la abdicación del rey de un país que nos mira con cierto desprecio, que chilla como niño perdido cuando los mexicanos hacen negocios allá con el petróleo, la telefonía, los jamones, el cemento, los bienes inmobiliarios o la banca, mientras se escurre como la humedad en los más estratégicos sectores de la vida nacional: electricidad, agua, telefonía, gas, hotelería, textiles. Aquí se les admira, se les echa la mano en sus desgracias, se les toleran
sus ambiciones desmedidas. Allá nos llaman sudacas con odio racial, nos dan con la puerta en las narices.

Clarito se mira desde aquí que la corona de Juan Carlos se tambaleaba, que estaba a punto de irse al suelo por tanto uso y abuso de su viejo brillo en la cabeza de un rey que inspira pena ajena en todas partes. A ese rey que se va rumbo al olvido entre rechiflas y mentadas, como los toreros malos, le cayeron encima todas las desgracias a una edad en la que los soberanos normalmente comienzan a cosechar los frutos de sus aciertos.

Escucho y leo que la gota que derramó el vaso de esas desgracias estuvo en una cacería africana de elefantes, mientras los españoles sufrían hambre, miseria, desempleo, carestía, abandono, cuando lo que reveló en realidad aquel sufrido safari fueron los largos amoríos del rey con una aristócrata alemana. A su regreso, las Cortes lo recibieron con su imagen hecha trizas, como su descalcificada cadera.

Se supo entonces que aquel soberano tan querido en casa, tan respetado y admirado, no le había puesto los cuernos a la reina, sino a toda España. Solo le faltó decirles a sus decepcionados súbditos aquello de: “¿Tienen hambre? Pues coman pasteles…”.

Para quienes ven en las coronas solo cervezas, las monarquías parecerían más bien adornos de lujo o atractivos turísticos, pero para los sectores monárquicos, casi siempre muy conservadores, el tema da para más. Y para los republicanos mucho más. De manera que tras la partida del rey hay un montón de cosas en juego. Por encima de todo, muchos cotos de poder político y económico en España estarán cambiando de manos en los próximos días, con los relevos inevitables en la Corte. Habrá quien llore por ello ahora, pero también quien celebre los beneficios.

Pero el rey, que no ha cometido más pecados que aquellos que le concede y celebra su condición ahora casi perdida, ha abierto con sus excesos un espacio inédito a los republicanos. Les ha dado argumentos claros, razones de peso para cuestionar la vigencia de una tradición inevitablemente al borde de la extinción. Lo que haga Felipe VI para evitarlo serán solo malabares de circo.

Pero lo más interesante de toda esta tragicomedia es la manera como la nobleza europea ha percibido el drama del viejo rey defenestrado. Con un silencio fúnebre lo miran de reojo, sin piedad, sin afecto, sin solidaridad, como si fuera María Antonieta en el cadalso. Tal vez echan las manos temblorosas a la cabeza para cerciorarse de que su corona sigue ahí. Pensarán que más vale una cabeza fría sobre los hombros, que una caliente en un cesto ensangrentado.