Sentido contrario

La herencia de papá

Liza Minnelli era talentosa y muy exitosa. No hace mucho, fue humillada ante millones de espectadores por la siniestra conductora de la ceremonia de los premios Óscar. Se burló del aspecto un tanto desastroso de una figura del espectáculo empeñada en mantener vigente el encanto de su imagen a pesar de los años y los abusos en el pantanoso terreno de los placeres: “Creo que es uno de los mejores imitadores de Liza Minnelli que he visto nunca. Buen trabajo, señor”. Con el ego hecho pedazos, la diva de 69 se acaba de internar en una clínica de rehabilitación. Otra vez.

Su historia se parece a la de Nick Nolte, un actor que luchó durante años para abrirse paso en el cine y la televisión. En algún momento de su vida se precipitó desde las alturas de su celebridad. Los medios difunden cada que pueden su imagen deteriorada. Greñudo, mugriento, malencarado, alcoholizado.

Como soldados, muchas figuras del espectáculo han caído durante décadas en el cumplimiento del deber con todo y su talento enorme, mientras la industria del espectáculo se empeña en promocionarlos como seres perfectos, prodigios de la naturaleza, santones mediáticos ajenos del todo a los dramas cotidianos de los mortales comunes y corrientes. Muchos asumen que es ese el precio que pagan por los privilegios que hacen envidiable su existencia.

Pero hay quien tiene otro punto de vista, como la doctora Kay Redfield Jamison, profesora de Psiquiatría en la Escuela de Medicina de la Universidad Johns Hopkins. A finales de los 90 publicó Marcados con fuego: la enfermedad maniaco-depresiva y el temperamento artístico, un libro controvertido en el que describe de manera minuciosa el vínculo que existiría entre el talento creativo, la enfermedad mental y los impulsos autodestructivos que llevan a muchos artistas al suicidio. Hace poco, luego del suicidio de Robin Williams, escribió un breve texto en el que sumaba el nombre del actor a la lista enorme de talentos creadores agobiados por trastornos bipolares, depresión, miedos y angustias, mientras se dirigen inevitablemente rumbo al suicidio.

Tal vez algunas de las consideraciones de la doctora Redfield en su libro resulten un tanto dudosas, pero los cuadros estadísticos y los árboles genealógicos de los creadores que ilustran sus teorías resultan en verdad sorprendentes. Dice en su escrito la autora que en el curso de los últimos cinco años se han emprendido otros estudios semejantes a los que describe en su muy difundido volumen. Tres de ellos habrían recabado información sobre más de 700 mil individuos y llegaron a la conclusión de que “había probabilidades desproporcionadamente altas de que las personas que tienen trastorno bipolar estén presentes en grandes proporciones en las profesiones creativas”. Como una sumaria sentencia genética, sus familiares más cercanos estarían condenados a enfrentar un idéntico destino.

Uno de los casos más ilustrativos para las teorías de la doctora Redfield es el de Ernest Hemingway, muerto por propia mano en 1961. Hace un par de años, Mariel Hemingway, nieta del Nobel de Literatura, apareció en el Festival Sundance con un documental de Bárbara Kopple, Running from Crazy, sobre su trágica familia con siete suicidas, condenados por “la maldición de los Hemingway: la enfermedad mental”. Una maldición que tendría al borde del abismo no solo a los hijos del escritor, sino también a los hijos de sus hijos, que estarían pendientes de cada uno de los movimientos de sus padres con el alma en un hilo.

Pero la cosa no queda ahí. Hace unos días una prestigiada publicación francesa difundió un reportaje sobre la vida secreta de las celebridades toxicómanas de Hollywood, que se refería a un asunto que a casi nadie sorprende en estos días y mencionaba de paso los magros resultados que ofrecen a cambio de millonadas las clínicas de rehabilitación, que explicarían a su vez lo que tenemos a la vista ahora: un montón de celebridades robando en tiendas, escupiendo a sus admiradores, peleando en bares, desnudándose por ahí, chocando sus autos, golpeando a sus familiares, bebiendo y drogándose hasta el hartazgo y, sobre todo, buscando la muerte con insistencia.

Lo peor de todo, sin embargo, es que se trata de un problema que afecta no solo a las estrellas de Hollywood, sino también a unos 25 millones de toxicómanos en Estados Unidos. Según un especialista consultado por la publicación, la mala vida de millones de individuos estaría determinada por factores genéticos: 50 por ciento aficionados al alcohol, 60 por ciento a la cocaína y 70 a los opiáceos. “Es la química de su cerebro, no tienen elección.”

 

*Profesor-investigador de la UAM-Iztapalapa