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El tiempo vuela

El tiempo vuela. Hace 40 años, el 21 de enero de 1976, el Concorde dejó a todo el mundo con la boca abierta por su estético diseño y su velocidad de vuelo. Unos 30 años más tarde, después de unos viajes muy exitosos y algunos tropezones trágicos, en particular el accidente de julio de 2000 en el aeropuerto Charles de Gaulle de París —que costó la vida de unos 120 pasajeros—, dejó de enviar al aire sus 14 aviones en octubre de 2003.

Muchos lloraron por la desaparición de un avión supersónico que se había hecho viejo en segundos mientras volaba de Nueva York a París en tres horas y media, a un costo que acabó por hacerlo poco rentable.

Aunque no todos sus admiradores se conformaron. Hace unos meses, un grupo de empresarios enamorados del Concorde hizo públicos sus empeños para regresarlo a la actividad. Compraría el que está estacionado para su exhibición en el parisino aeropuerto de Le Bourget, lo restauraría y lo pondría a volar en eventos de paga y festivales o para viajes chárter. Pero antes que nada se dispone a adquirir otro ejemplar del avión supersónico que se encuentra en el aeropuerto de Orly, en París, para montar una atracción turística en Londres.

Pero también hay quien se ha sacudido la nostalgia y vislumbra la posibilidad de traer de regreso la aviación supersónica a las aerolíneas comerciales, ocupando a más tardar en 2020 el nicho que el Concorde no llegó a cubrir plenamente. Boom Technology, una pequeña empresa de Denver, en Estados Unidos, ha reclutado a personal que laboró antes en la NASA, Lockheed Martin y Boeing mientras intenta hacer realidad lo que para otros no es más que un sueño. Su prototipo XB-1, que podría transportar a 50 pasajeros a una velocidad de dos mil 700 kilómetros por hora y a un costo equivalente a la cuarta parte de las tarifas del Concorde, estaría disponible el año próximo

Las posibilidades de que el proyecto sea muy pronto una realidad no son pocas. De hecho, se tornó más real que nunca cuando la empresa Virgin Galactic, que lleva rato diseñando proyectos turísticos para el espacio exterior, se involucró en el asunto invirtiendo una suma de alrededor de dos mil millones de dólares, que le garantizaría la propiedad de una decena de aviones de la primera horneada. La cosa no está nada mal si se considera que Estados Unidos no participaba en la operación del Concorde. Otras aerolíneas en Europa han dejado ver su interés por adquirir otros 15 aviones.

Aunque algunos ponen en duda la prosperidad de esta aventura, muchos especialistas consideran viable la aparición de una nueva generación de aviones supersónicos sobrevolando los cielos del mundo en un futuro muy próximo.

Los escépticos, sin embargo, podrán conformarse con acudir a las subastas frecuentes de los restos de los viejos Concorde para adquirir tuercas, tornillos y hasta asientos ya en categoría de vintage, oxidados testigos de que en verdad el tiempo vuela.

*Profesor-investigador de la UAM-Iztapalapa