Sentido contrario

Un genio sin cabeza

Parece que en estos días es muy fácil perder la cabeza. Tan simple como entrar a un cementerio y tomar la que más le guste a uno. Habría que imaginar que alguien echara a andar sus más locos afanes de coleccionista y acudiera sin remordimientos a uno de esos panteones franceses donde reposan los genios para llevarse a casa la cabeza de Oscar Wilde, la de Sartre, la de Moustaki o la de Jim Morrison. Eso mismo hizo alguien hace unos días en un camposanto en las orillas de Berlín. Una o varias personas forzaron el sepulcro donde yacen los restos de Friedrich Wilhelm Murnau al lado de los de sus familiares más cercanos, y se apropiaron de su cabeza. Así de fácil. Cosa de coleccionistas macabros, malhechores sofisticados o de siniestros traficantes de fetiches, el robo dejó perplejos a los guardias del cementerio, que descubrieron no solo una operación selectiva sino el conocimiento cabal de la localización del cadáver del realizador en el sepulcro. Los pillos no hurgaron entre huesos y carroña para encontrar lo que buscaban, sino que fueron directamente a lo que querían sabiendo donde estaba. No fue una travesura de muchachos drogados ni una puntada de borrachines ociosos. Fue algo preciso y deliberado.

Imagino ahora la cabeza de uno de los genios mayores de la cinematografía en el fondo de una mugrienta bolsa de lona, en una caja de zapatos, envuelta en papel periódico, mientras se define su destino: una urna de vidrio, un sitio en un ropero, un altar de misas diabólicas. Descarnada, medio putrefacta, las cuencas de los ojos vacías, los pelos largos y ralos. El horror.

Murnau murió en 1931 a los 42 años en un accidente automovilístico en Hollywood, en vísperas del estreno de Tabú, su última película, y sus restos fueron llevados hasta una cripta familiar en Alemania. El realizador era en mejores tiempos un tipo glamuroso, pulcro en su aspecto y delicado en sus modos. También era brillante, riguroso, creativo, empeñado en las indagaciones estéticas. Era una de las estrellas mayores de la vanguardia del expresionismo alemán, profundamente enraizada en el romanticismo germano. Discípulo de Max Reinhardt, el dueño de la escena artística en la Alemania de la primera posguerra, le aprendió todos sus recursos, incluidas las posibilidades infinitas del arte de la iluminación y de la fabricación de atmósferas. Con ese bagaje emprendió una carrera cinematográfica que bañó de prestigio y fortuna su nombre.

En aquellos años, cuando a Alemania le estaba prohibida la vida industrial por los Tratados de Versalles que pusieron fin a la Primera Guerra Mundial, los cineastas expresionistas hicieron industria con el cine a los ojos de todo el mundo, literalmente. Lang, Lubitsch, Wiene, Pabst y Murnau le dieron un respiro a una nación que se deslizaba día tras día rumbo al desastre moral, político y financiero que habría de desembocar en el ascenso al poder de Hitler.

Con las herramientas que puso a su alcance Reinhardt, el formador de los actores, directores y bailarines de su tiempo, Murnau realizó una obra portentosa: El castillo encantado, Fausto, Tartufo, El último de los hombres, Sunrise, Tabú.

Sin duda no fue por el resultado más que notable de sus empeños artísticos, por su exquisito talento, por sus aportaciones extraordinarias a la estética del expresionismo alemán, que su cabeza fue robada de su sepulcro. Luego de la profanación de sus restos, las autoridades asumieron en medio de su perplejidad que se trataba posiblemente de la acción de los integrantes de una secta diabólica. Es posible que así sea, considerando el sitio destacado que ocupa Murnau en el origen y la evolución del cine gótico y sus variantes de suspenso y terror. Imposible imaginar las cintas del género sin las aportaciones de Murnau.

Si bien en películas como El castillo encantado hay aportaciones que se mantienen vigentes, como las atmósferas que anteceden a los sucesos extraordinarios, en la que es, sin duda, su obra más conocida, Nosferatu, son abundantes los recursos que han dado hasta ahora una larga vida al cine de vampiros.

Aunque muchos devotos de este cine asumen que el Nosferatu de Murnau constituye la primera incursión del vampiro en el cine, resulta prácticamente imposible constatar que así sea en la medida en que buena parte de la producción fílmica realizada desde los orígenes del cine en 1895 hasta el arribo del sonoro en los años 30 está destruida o desaparecida. Sin embargo, el vampiro en la expresión fílmica es inseparable del nombre de Murnau en el extremo de un prestigio que parece haberle costado la cabeza, para enojo de sus muchísimos admiradores.