Sentido contrario

La fórmula de Syd

Hace años, a bordo de un avión, me aburría en el curso de un larguísimo viaje. Descubrí entonces a un tipo enorme, muy alto y sumamente obeso. En la parte trasera, en la última fila, había bajado el respaldo de un par de asientos y los había convertido casi en una cómoda cama. Desparramado ahí prácticamente desde que inició el viaje, se lanzó a fondo en las páginas de un maltratado libro. Durante horas, a pesar de algunas turbulencias y un par de escalas, solo se movió para pasar las páginas de El padrino. Me entretuve observándolo durante buena parte del vuelo. Sin duda estaba ante uno de los últimos lectores de libros en serio, de aquellos que no esperan a que una obra literaria se convierta cómodamente en película. Si su vida transcurrió luego como yo
la imaginaba, seguramente no vio nunca la versión de la novela de Mario Puzo que hizo para el cine Francis Coppola para no perder el sabor literario de su sabrosa trama. Nunca vio a Vito Corleone con el rostro de Marlon Brando, ni a Robert de Niro, ni a Robert Duvall, ni a Al Pacino encarnando a sus fascinantes personajes. Se jodió, porque la saga de Coppola a partir de la novela de Puzo es espléndida, tal vez lo mejor de su extensa filmografía.

Para bien o para mal, el escritor
neoyorquino se puso desde entonces a la cabeza de un no muy selecto grupo de autores de culto entre los cinéfilos, no entre los lectores. El terreno no es fácil ahí para nadie. Ni para los lectores ni para los escritores. El mismo Puzo, por ejemplo, se puso la cuerda al cuello y tiró de ella con singular entusiasmo, cautivado sin duda por las millonadas de dólares que recibió desde entonces por vagabundear con no muy buena fortuna por esos lares. Prestó su obra y puso también su pluma al servicio de los productores hollywoodenses para estar en las pantallas con películas infames como Terremoto, Supermán y El siciliano. No faltó quien lo viera luego a la cabeza de otro no muy selecto contingente de autores que escribían primero la historia para el cine y luego la hacían novela.

Puzo se fue en pleno éxito en 1999 a los 78, fulminado por un ataque cardiaco, pero dejó sembrada una semilla maldita para quienes no escriben bendecidos por un talento enorme. Para estos escritores, los que tiemblan ante la página en blanco y necesitan de vejigas para nadar, estaba presente siempre la figura salvadora de Syd Field con su método infalible. Él tenía la fórmula secreta para escribir una historia fílmica. Quien conoce su método solo tiene que aplicarlo a sus ideas: “un guión cinematográfico promedio tiene una extensión de unas 120 páginas, o sea unas dos horas de duración, calculando a razón de una página por minuto, y su modelo establece que en el curso de las primeras 30 páginas debe definirse el planteamiento de la historia, que entre las páginas 30 y 90 debe ubicarse el desarrollo, que contiene el grueso del relato, y que entre la 90 y la 120 debe darse la solución de la historia. Asimismo, entre las páginas 25 y 27 debe situarse lo que Field llama plot point one, y entre las páginas 85 y 90, el plot point two. El plot point o punto argumental, explica Field, es un incidente o suceso que se inserta en el relato y lo hace girar hacia una nueva dirección”.

Syd Field viajaba por el mundo con su método de escritura cinematográfica, impartía talleres y vendía millones de ejemplares en todos los idiomas de los manuales en los que describía en detalle sus ideas. Miles de escritores lo seguían como si fuera un gurú. Hace unas semanas, el 17 de noviembre, falleció en su casa californiana a los 77 y los dejó huérfanos de golpe. Entre quienes más lo habrán llorado estará posiblemente Laura Esquivel, la autora de Como agua para chocolate. Hace tiempo me dio la descripción del método de Field que anoté antes y me contó que había escrito prácticamente toda su obra, incluso la literaria, siguiendo sus pasos, que son en realidad los de la metodología aristotélica.

En aquellos días le protesté a Laura Esquivel: Fellini nunca hubiera hecho cine así, ni Pasolini, ni Wajda, ni Fassbinder... Y ella lo defendió desde su hermosa sonrisa luminosa: “Para mí es muy válido. Incluso, hemos hecho el experimento de analizar ese tipo de películas y por supuesto que sí pueden caber en el método. Yo estoy tan convencida que les encontraría el plot point, porque no tienen que ser necesariamente como uno cree que son: uno cree que es una acción dramática que cambia el ritmo, el curso de la historia, pero puede ser tan sutil y tan interno... en el último curso analizamos El año pasado en Marienbad de Alain Resnais y sí cabe en el esquema”.

*Profesor-investigador de la UAM-Iztapalapa