Sentido contrario

Una reina boicoteada

A Fernando Trueba se las están cobrando todas juntas. El realizador madrileño está pasando en estos días un trago amargo que le ha de parecer eterno. El también guionista y productor de 61 años tiene un currículo del que debiera sentirse orgulloso: ha sido presidente de la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas de España; ha tenido éxito casi siempre con los largometrajes que integran su ya larga filmografía, iniciada en 1980 con Ópera prima, y ha recibido nueve premios Goya y un Óscar por su cinta Belle Époque. Pero parece que en el camino de excelencia que ha recorrido también ha sembrado malas semillas que son ahora frutos de odio y rencor.

Viene de recibir aplausos por sus documentales musicales Calle 54 y El milagro de Candeal y por su película de animación Chico y Rita y también de meterse en controversias estéticas con El artista y la modelo, filmada en blanco y negro y hablada en francés, pero ha salido por completo descalabrado con su última cinta La reina de España, que se exhibe con muy mala fortuna en su país.

Los críticos lo defienden pero los números lo hacen pedazos, para regocijo de su legión de enemigos. Con dos semanas en cartelera, la película, interpretada por Penélope Cruz, Cary Elwes y Mandy Patinkin, ha recogido en las taquillas de España ingresos por 200 mil euros cuando se invirtieron en su realización 14 millones. Ni modo de esquivar el golpe. Los números hablan con elocuencia y lo ponen en el ojo de la tormenta.

Pero en el contexto, el asunto va más allá de la solvencia de Trueba como realizador, de su calidad estética o del talento de sus actores. Es decir, atañe poco en realidad a La reina de España como obra fílmica.

Resulta que a Trueba se le va de pronto la boca y habla de más. Dice cosas que no debiera. En septiembre del año pasado el cineasta recibió en el curso de una ceremonia más o menos solemne el Premio Nacional de Cinematografía de España. Encarrerado, con un humor agrio que pocos entendieron, soltó en su discurso de aceptación una frase que causó escozor en todo el país: “Nunca me he sentido español. Ni cinco minutos de mi vida”. Muchos indignados corrieron a las redes sociales para decirle hasta de lo que se iba a morir. Otros, más reflexivos, sacaron sus calculadoras y le hicieron en público las cuentas del
dinero que había recibido del gobierno español como ayuda para la producción de su filmografía: unos 4 millones de euros en 25 años. Nada mal para alguien que no está contento con su patria generosa.

Sin nadie al lado que le tapara la boca, Trueba siguió soltando frases como dardos venenosos mientras recibía su premio: “Gracias a quien corresponda y a quien no corresponda. No creo que lo merezca y no lo digo por modestia porque tengo un ego como una casa”. Y así. En presencia de los representantes del gobierno aprovechó la ocasión para quejarse: “Muchos ven cómo el Estado se dedica a controlarte, vigilarte, en lugar de defenderte. En España hemos vivido mucho de la cultura del grifo. Sueño con televisiones públicas, organismos independientes y cosas al servicio de los ciudadanos. Y pido que no sea a cambio de nada, simplemente porque pagamos nuestros impuestos”.

Parece que millones le guardaron el rencor por sus dichos algo soberbios y comenzaron a pasarle la factura desde el pasado 25 de noviembre cuando se estrenó en las salas locales La reina de España. Una consistente campaña en las redes sociales contra la cinta la redujo a escombros, más allá de la calidad. El nacionalismo se impone ahora y difícilmente la película encontrará la ubicación que verdaderamente le corresponde en el gusto del público.

Por si fuera poco, otros han aprovechado la oportunidad para acometer contra el árbol caído. El vicepresidente de Coca-Cola se ha burlado del realizador hecho leña al recordarle, también en las redes sociales, su participación en un boicot contra el refresco de la fórmula secreta mientras sus fabricantes emprendían una restructuración industrial que amenazaba la seguridad laboral de sus empleados en España. Le ha soltado con una sangrienta ironía: “Apoyar y publicitar el boycott a Coca-Cola es cool, pero que a uno le boycottéen su película ya no lo es tanto ¿verdad?”. No obstante, asumió su intención de acudir a una sala de cine para ver La reina de España.

Lastimado, lleno de tristeza, Fernando Trueba está ahora metido en un callejón al que es difícil hallarle la salida. Ha advertido que estaría diciendo mentiras si saliera al paso con el argumento de que en nada le afecta lo que está ocurriendo. En realidad solo el tiempo podría ayudarlo. Y un poco de silencio también.