Sentido contrario

De falsarios

Algo pasa en nuestro tiempo. Somos ahora más ingenuos o acaso más indiferentes y, en medio de todo, más audaces y también más cínicos. Algunos no nos atrevemos o nos atrevemos poquito, lo suficiente, lo necesario estrictamente. Nos da miedo. Pero otros lo hacen de tiempo completo, sin reparos, sin pudor. De tanto mentir, todo lo que inventan les parece verdadero. Hasta se la creen. Eso se llama vivir del cuento, de engatusar a medio mundo, de hacer creer a todos que son otros muy diferentes, a veces en el extremo opuesto. Felices de la vida, habitan un mundo de mentiras. Pero hay que decirlo: esa vida no es nada fácil. Se necesita mucho valor para vivirla. Y también para reconocer públicamente que se ha vivido del cuento. O que por lo menos se ha hecho el intento.

Zoella Sugg, por ejemplo, acaba de reconocer con cierto rubor que les ha tomado el pelo a sus seguidores en las redes sociales y a sus lectores. En ambos casos suman millones los engatusados. Zoella, en realidad Zoe Elizabeth Sugg, británica de 24, comenzaba a disfrutar de las delicias del engaño luego de la publicación, hace unos días, de su novela Girl Online. Editado por la prestigiada Penguin Random House, su volumen se vendió en cuestión de horas como pan caliente: casi 80 mil ejemplares en una semana, una cifra que tal vez no la sorprendió demasiado si se considera que unos 6 millones de sus seguidores en las redes sociales están pendientes sin fatiga de sus recomendaciones en materia de moda y belleza y de sus cotilleos a propósito de las aventuras y desventuras de los ricos y famosos. Parecía sincera cuando escribía con mucha humildad en la contratapa de su muy vendido texto: “Mi sueño era escribir un libro y no puedo creer que se haya hecho realidad”.

En esas estaba, tan feliz con su éxito, cuando alguien descubrió el engaño. Como una bola de nieve, la verdad le fue cayendo encima en cosa de horas. Debió reconocer finalmente que el libro era la obra de una desconocida mano creadora a sueldo. Pero la más avergonzada fue la editorial, obligada a aceptar en público que Zoella les había visto la cara. Todos los involucrados habrán cavado un agujero y mantienen ahí su cabeza todavía, cubierta de tierra.

Frívola, vanidosa, pretenciosa y sobre todo muy confiada en su capacidad de manipulación, Zoella seguirá viviendo del cuento toda su vida. Pero hay quienes tienen motivos más ingentes para tratar de engañar a los demás. Otro británico, Alan Knight, robó sin compasión a un minusválido, pero cuando recibía la visita de alguna autoridad se tiraba a la cama, fingía estados comatosos, pegaba las narices a un tanque de oxígeno y usaba un collarín ortopédico. Le hizo al cuento largamente para esquivar la acción de la justicia, pero hace poco fue finalmente condenado a cuatro años de prisión. Le probaron que vacacionaba alegremente con su familia, que iba de compras y que hacía uso frecuente de sus tarjetas de crédito.

Pero el que se pinta solo para asumir identidades falsas es Francisco Nicolás Gómez, un español de 20 años que todos identifican con el sobrenombre de El Pequeño Nicolás. Tan florido es el árbol de mentiras que ha sembrado que trae al país de cabeza. Ha encerrado en un laberinto de desconcierto y desconfianza a los más altos círculos políticos y financieros. Se deja ver en toda suerte de actos oficiales, en compañía de funcionarios y empresarios de la más alta jerarquía. Ha echado mano de identificaciones oficiales, empleó vehículos oficiales y se hizo acompañar más de una vez de un nutrido contingente de guardaespaldas. Asistió a la proclamación del rey Felipe, acudía con frecuencia a comidas oficiales, frecuentaba las instalaciones del gobierno, la casa real, las oficinas de la inteligencia nacional y hasta llegó a ofrecerse como intermediario para ayudarles en sus gestiones en México a algunos intereses industriales españoles.

Todo le estaba saliendo muy bien hasta que alguien comenzó a dudar sobre la veracidad de sus dichos. Las dudas se convirtieron en sospechas y así llegó ante la justicia. Enfrenta ahora cargos por falsedad documental, estafa y usurpación de funciones públicas. Pero tan buena era su actuación que muchos sospechan que tras su caso hay gato encerrado. Alguien muy encumbrado le ayuda, sin duda, le pasa información, le apoya económicamente. Nadie se atreve a tirar la primera piedra que lo condene. El Pequeño Nicolás es tan hábil que ha puesto a toda España a dudar no sobre la mentira que rodea sus actos, sino sobre la veracidad de sus dichos. Ha conseguido sembrar y cosechar la desconfianza en un país en quiebra económica y moral.