Sentido contrario

El enigma de Harriet

Harriet Klausner hizo de su vida un mito. Alardeaba de haber leído más de 31 mil libros, a razón de unas 2 mil páginas por día. De baja estatura, regordeta, de aspecto descuidado y con una mirada de enigmática picardía, vivía en un apretado espacio en medio de una biblioteca descomunal. Apenas tenía sitio para sentarse a escribir las reseñas que preparaba de manera obsesiva para la página web y el boletín electrónico de Amazon, la tienda en línea. Asombraba al mundo entero por su capacidad para leer a gran velocidad y para escribir montones de textos sobre los volúmenes que leía. Sus estadísticas eran de no creerse, literalmente: de pronto publicaba 23 reseñas muy temprano por la mañana. A la mitad del día hubo alguna vez más de 60. Muchos la veían como una gran mentirosa. Muchos también se preguntaban también cuál era su verdadero negocio.

La noticia que publicaron algunos medios internacionales hace unos días dejó un vacío en el corazón de sus seguidores. También dejó a sus muchos detractores con la certeza de que se habría llevado al otro mundo el secreto que animaba su obsesión por la lectura: Harriet Klausner falleció el pasado 15 de octubre a los 63 años de edad. Uno de los obituarios en los diarios la describía sin explicar las causas de su muerte como crítica literaria y columnista periodística, con una maestría en bibliotecología y un pasado de bibliotecaria.

Está claro que los libros eran lo suyo. Por qué y para qué son preguntas que ha quedado en el aire, al menos por el momento.

El enigma de Klausner era a menudo un tema periodístico. Como un personaje del mundo del espectáculo o del deporte, desfilaba por las páginas de Time, del Wall Street Journal o del New York Times despertando el asombro y la curiosidad de los lectores. Y de los escritores. Algunos la odiaban y la despreciaban, otros la estimaban y le guardaban agradecimiento. Y ella alimentaba muy bien su propia mitología: "Si hacia la página 50 un libro no me mantiene interesada lo dejo de leer", declaró alguna vez al Wall Street Journal.

En su obituario a la muerte de Klausner el Washington Post hizo una observación tan sutil como certera: en las redes electrónicas, donde la democracia y la mediocridad van de la mano, las grandes comunidades pueden bordar sobre temas tan oscuros como el amor de una señora por los libros. Y sí. Esa señora que se describía a sí misma como un ejemplar de una extraña especie de lectores voraces comenzó a construir una suerte de pequeño imperio de papel desde que publicó sus primeras críticas en Amazon hace 25 años. De alguna parte le sacó importancia a un tema que para las mayorías pasa desapercibido: la pequeña ficha explicativa sobre el contenido y la calidad de un libro a la venta, viejo o nuevo, y la calificación de sus virtudes por medio de un cierto número de estrellas. Y ella nunca le otorgaba a un libro de los que comentaba menos de cuatro, en una escala de uno a cinco.

Muchos piensan que obtenía tal vez dinero por debajo de la mesa de autores y editores para promocionar sus libros, que engatusaba a sus lectores para dirigir sus gustos y criterios al momento de hacer sus compras en línea. En un espacio público como internet cualquiera puede asumir el papel que le venga en gana: crítico literario, chef o poeta. Lo que sea. La proliferación de críticos literarios que bombardeaban a Amazon día y noche con sus textos, los más desprovistos de rigor y con mala redacción, obligó a los directivos de la empresa de ventas en línea a deshacerse de muchos colaboradores espontáneos y frecuentes. Muchos de ellos otorgaban estrellas a diestra y siniestra. O se entregaban de lleno a la marrullería. Hubo de hecho quien fue atrapado con las manos en la masa. A un crítico le dio por especializarse en los libros más costosos. Los recibía de las editoriales, con mala letra escribía luego lo que podía a partir de las solapas y los vendía finalmente como nuevos. Negocio redondo mientras duró.

Tal vez las pruebas que pondrían en evidencia los engaños de Klausner, si los hubiera, estarían en aquello de lo que presumía: su increíble velocidad para leer. Prácticamente no hay quien dé por buenas tan extraordinarias virtudes. Hubo quien se tomó alguna vez el tiempo para hacerle las cuentas con mucho cuidado y acabó por poner en claro que no había posibilidad de que alguien leyera tanto, aunque dedicara a los libros todas las horas del día. Ni Harriet.

Klausner estaría ahora feliz. A su muerte es un tema de novela de misterio que podría llevar por título ¿Cuál era el negocio de Harriet? Estaría a la venta en Amazon con cinco estrellas.