Sentido contrario

El dolor de la piel

Hay quien dice que Dios es ciego, sordo, mudo y cruel. Algunos tienen de hecho pruebas de que así es. Las llevan con dolor en la piel toda la vida. Y no hay escapatoria para nadie en su situación.

Oprah Winfrey, una de las mujeres más ricas y poderosas en el mundo del espectáculo en Estados Unidos, sabe de lo que hablo. En agosto del año pasado, durante una estancia en Zúrich, se le ocurrió salir de compras. En una tienda lujosa llamó su atención tras un escaparate blindado una bolsa de piel de cocodrilo. Entró y pidió que se la mostraran. Una empleada le explicó que su precio rondaba los 28 mil euros. Le explicó también que como no podía disponer de esa suma le mostraría algunas bolsas más baratas. Oprah, que cuenta con una fortuna de dos mil 500 millones de dólares, comprendió enseguida que no se trataba de un asunto de finanzas personales, sino del color oscuro de su piel. Salió de la tienda y con discreta indignación difundió por el mundo entero el incómodo incidente.

En la República Dominicana espantan a los niños con una amenaza: “Pórtate bien, que si te portas mal, te va a llevar el haitiano”. El negro, el pobre, el coco, el diablo… Los niños allá crecen con ese miedo que luego será odio, rencor, desprecio. Racismo.

Otros niños viven a su modo el odio racial en Europa. Si sus padres son gitanos, el destino los puede inscribir en una escuela especial, donde habrán de estudiar al lado de niños discapacitados. En muchos países europeos ellos y sus padres viven la prohibición del libre tránsito. En algunos establecimientos les dan con la puerta en las narices. En Francia y Bélgica los persiguen, los acosan, los echan.

El año pasado, los medios académicos y periodísticos se sacudieron en Estados Unidos con una polémica de tintes racistas cuando la Fundación Heritage difundió un estudio realizado por uno de sus analistas de políticas públicas, que sostenía que ciertos grupos como los hispanos o los negros tienen un coeficiente intelectual por debajo del de los asiáticos o los blancos. Según el autor de la investigación, “la selección de los inmigrantes de alto coeficiente intelectual podría mejorar los problemas de falta de asimilación socioeconómica de los inmigrantes de menor coeficiente intelectual y beneficiaría a los potenciales inmigrantes más inteligentes”. Asociada con los temas migratorios y las fobias raciales de allá, el asunto fue por fortuna sofocado por un inmediato alud de críticas contra la fundación y sus analistas, que proponían prácticamente la evaluación de la inteligencia de los inmigrantes como criterio de selección.

Pero una de las formas de segregación más brutales y al mismo tiempo escasamente conocidas es la que rige en el continente africano contra algunos desafortunados que nacieron con la vida en contra. Los albinos en el continente negro sufren como nadie en el mundo por el color de su piel. Con recelo los identifican como los “fantasmas negros de piel blanca” y los culpan de toda clase de desgracias. En tierras en las que se cultivan todos los días el odio y la superstición son para muchos seres endemoniados, hechiceros, portadores de la mala suerte.

Una fotógrafa española que se mueve entre el glamour de la moda y los hechos incontestables que nutren al periodismo, Ana Yturralde, fue a dar en algún momento de su vida profesional al áspero territorio africano y no pudo resistirse a la tentación de documentar con su cámara el dolor que viven quienes nacen con la suerte de espaldas, sin color en un mundo de negros. Su exposición Albino, bajo la sombra del sol, que se muestra en estos días en España bajo los auspicios de la Fundación por los Derechos Humanos 12.12.48, da cuenta de su desventura.

Otra fotógrafa española, Ana Palacios, ha registrado también la vida de los albinos en África. Su muestra Laruleta rusa de Mendel. Albinos en Tanzania recorre España y también el continente africano.

Con una esperanza de vida de 43 años, los negros blancos víctimas de una mala broma genética son temidos, rechazados, marginados, privados de cualquier relación afectiva más allá de su vida doméstica, mientras la naturaleza se ensaña con ellos, condenándolos a la ceguera y al cáncer de piel bajo el sol quemante y sin protección alguna.

Para colmo, en países como Tanzania, donde padecen la vida unos 170 mil albinos, la superstición ha llegado al extremo desde hace unos años. Los negros blancos son perseguidos, cazados y mutilados para incorporar partes de sus cuerpos a pócimas mágicas para la buena suerte. La mano de un albino se vende en unos dos mil dólares y muchos pelean por tenerla.

Peor imposible.