Sentido contrario

La dignidad de Napoleón

Si hay un país donde el refresco de cola no es para nada popular es Francia. Con buen gusto se prefiere siempre el vino —una bebida, por cierto, menos cara—. Sin embargo, por algún motivo la compañía refresquera estadunidense que le pelea el terreno a la Pepsi ha echado a andar desde hace rato una campaña publicitaria para la versión ligera de su producto que se vale de figuras emblemáticas en la historia de Francia. Tan elaborada como torpe y afrentosa, la publicidad televisiva hace añicos la dignidad heroica de personajes como Napoleón y Juana de Arco. Tal vez ningún publicista gringo se puso a pensar que también Lincoln o Jefferson podrían promover la venta de refrescos mientras reciben los dardos de una sátira barata sobre el trascendente papel que desempeñaron en la historia de su país.

Napoleón y Juana de Arco son dos personajes heroicos para los franceses y dignos de la mayor devoción y plenos de orgullo. La vida de cada uno de ellos ha sido con frecuencia tema de ardientes relatos emprendidos casi siempre con la mayor seriedad académica. Sus biografías abundan en las librerías, los cines y los teatros franceses.

Hay registros de empeños fílmicos no solo franceses para recrear la vida y trayectoria de Napoleón prácticamente desde los primeros años de existencia de la expresión cinematográfica. Uno de ellos, el Napoleón del francés Abel Gance, de 1927, sobresale particularmente no solo por la enorme admiración que su realizador manifiesta hacia el héroe. También por sus aportaciones al bagaje de las herramientas que enriquecen la narración fílmica. Su apología del héroe es un verdadero deleite que transcurre durante unas cuatro horas. Ajeno a las exigencias del comercio cinematográfico, que mira con mucha atención y mucho miedo las películas largas, Gance pretendía ampliar su proyecto con cinco películas más. La vida de Napoleón, sin duda, le daba para eso y para más aún.

Llena de detalles significativos y premoniciones determinantes a propósito de la vida del héroe, el relato de Gance comienza describiendo la infancia de Napoleón en un internado y se entretiene particularmente en un juego de los alumnos en pleno invierno: los muchachos emprenden una batalla de bolas de nieve divididos en dos grupos, uno bajo el mando de Napoleón, quien, con su estrategia militar, desmonta sus marrullerías y aniquila a sus enemigos. Se dice que Gance se empeñó en arrojar una cámara para describir el punto de vista de una bola de nieve. Habría hecho lo mismo en un acantilado para registrar la caída de un caballo desde las alturas.

Obsesionado por la elocuencia, Gance emprendió experimentos narrativos que quedaron para la historia, como el registro de las agitadas sesiones de la Asamblea Nacional durante la Revolución francesa con un operador trepado en un columpio. El efecto era el de una encrespada marea humana. Para describir en todo su esplendor la marcha de las tropas napoleónicas, Gance hizo uso de tres cámaras que registraron de manera simultánea la acción. Exhibidas después con tres proyectores, las imágenes adelantaban casi 30 años el efecto del CinemaScope, que entonces recibió el nombre de Polyvisión.

Gance era un loco impaciente, desesperado y desesperante. Se dice que en momentos de agobio, apesadumbrado por las adversidades que se multiplicaban para obstaculizar el progreso de su ambicioso proyecto, destruyó fragmentos de su obra y no pudo evitar la dispersión de algunas de sus imágenes. A comienzos de los años ochenta, Francis Ford Coppola se propuso la recuperación de la obra fílmica y su restauración. Encomendó entonces al historiador británico Kevin Brownlow la búsqueda de los fragmentos perdidos y la labor de devolverle la vida a la entrañable cinta con la mayor lealtad posible. A su padre, el director de orquesta Carmine Coppola, le pidió la creación de una banda sonora que quedó finalmente resonando en los oídos de los espectadores como una patriótica sucesión de variaciones de La Marsellesa. El Napoleón de Abel Gance regresó así triunfante a las pantallas del mundo en 1980, con todas sus virtudes, con la dignidad y el orgullo de su personaje y su autor.

Otro devoto de Napoleón fue el realizador británico Stanley Kubrick, quien investigó largamente sobre la trayectoria del héroe francés para la filmación de una película sobre su vida. Los altos costos y la complejidad del proyecto impidieron su realización. En el mundillo del cine el sueño de Kubrick es conocido como “la mejor película jamás filmada”. Un sueño en el que ahora tiene puestos los ojos el realizador y productor Steven Spielberg. Tal vez muy pronto una realidad.