Sentido contrario

Qué depresión

Parece increíble que un poco de fluoxetina administrada de manera oportuna hubiera podido salvar la vida de 150 personas. Algunos psicólogos y psiquiatras de alto rango atentos a las investigaciones sobre el reciente accidente aéreo en los Alpes franceses están poniendo en tela de juicio la hipótesis de que fue solo una depresión lo que llevó a Andreas Lubitz a impactar la aeronave que estuvo bajo su mando brevemente. Piensan que tras la calculada decisión del copiloto de Germanwings habría otras motivaciones, sin duda relacionadas con su condición mental.

La fluoxetina es la sustancia activa del Prozac, un medicamento conocido como “la pastilla de la felicidad” que consumen todos los días millones de individuos en todo el mundo para combatir los efectos de la depresión. Según estimaciones de la Organización Mundial de la Salud, sufren un mal que lastra la vida de unos 350 millones de personas y, lo peor, que cada año conduce a cerca de un millón de individuos a procurarse la muerte. El Prozac iluminó el oscuro panorama existencial de medio mundo desde 1988, cuando fue aprobado como un medicamento útil en el tratamiento de la depresión.

Las investigaciones que tratan de explicar los accidentes aéreos, casi siempre con decenas de víctimas mortales, llevan años y cuentan con la participación de nutridos equipos de especialistas al servicio de las líneas aéreas, las compañías de seguros y los gobiernos locales. Luego de revisar minuciosamente cada fragmento de lo que quedó del avión y sus pasajeros pocas veces llegan a identificar plenamente las causas del accidente. Formulan hipótesis, hacen conjeturas, sospechan de todo y se preocupan más que nada por descartar la posibilidad de un atentado terrorista. La novela que se escribe al margen en los medios y en los pasillos mientras los especialistas se rascan la cabeza con azoro acaba imponiendo muchas veces sus propias ideas. Y más cuando no hay ningún resto de la aeronave, como ha sucedido con el avión de Malaysia Airlines desaparecido hace un año con sus 239 viajeros. Nadie tiene idea de lo que le sucedió.

La historia de que un investigador filtró a The New York Times la versión de que el copiloto Lubitz habría atrancado la puerta por dentro de la cabina para dejar afuera al piloto y poder así estrellar el avión con toda tranquilidad tiene particular sentido en el contexto de los empeños de los fabricantes del Airbus A320, preocupados por la reputación de un modelo cuyo historial parece bastante negro ya. La rápida filtración, impensable en casos similares, ha dejado a muchos con los pelos de punta. Aderezada con el historial médico de Lubitz, que consigna su depresión crónica, y con los datos sobre su vida amorosa, sacudida por un rompimiento con su pareja después de siete años de noviazgo, la versión parece creíble.

Conocidos sus antecedentes, es posible que en el pasado o en el presente Lubitz estuviera sometido a un tratamiento con Prozac o con algún otro medicamento antidepresivo. Es difícil que en los estrictos controles médicos a los que son sometidos periódicamente los pilotos de prácticamente todas las líneas aéreas hubiera pasado desapercibida su condición. Cualquier médico con cierta experiencia puede registrar los signos que ponen en evidencia la condición de un paciente depresivo y más si se trata de un estado crítico que puede llevarlo al suicidio. La salud y la edad de los pilotos condicionan habitualmente el ejercicio de su responsabilidad en las líneas aéreas comerciales. Por lo menos, al menor síntoma de debilidad visual, de hipertensión o alteración de su salud mental son apartados de sus funciones. Parece increíble entonces que los médicos de una empresa de transporte aéreo tan prestigiada como la alemana Lufthansa no se hayan enterado de que uno de sus pilotos padecía depresión aguda. Es imposible que ocultara su situación a los médicos y funcionarios de la aerolínea.

El Prozac, por otra parte, no es ninguna panacea por sí solo. Los especialistas recomiendan habitualmente su consumo asociado con una terapia psicológica. No hay que olvidar que Ruth Lilly, la heredera de Eli Lilly, no pudo administrar por su devastada salud los millones de dólares que le dejó su abuelo. Fundador de la empresa farmacéutica que produce el Prozac, don Eli amasó una fortuna descomunal gracias a las depresiones ajenas, pero su medicamento poco pudo hacer por la salud mental de su deprimida nieta.

Es posible que la novela del Airbus A320 continúe con un nuevo capítulo. Si es así, la trama deberá transcurrir en los servicios médicos de Lufthansa, con sus más altos funcionarios en busca de empleo.