Sentido contrario

El cerebro, la inteligencia y otras carencias


Hasta hace poco tiempo algunas revistas nacionales difundían con frecuencia una publicidad singular. Bajo la foto de una chica con aspecto de atarantada, aparecía una leyenda: “Yo pensaba que era tonta pero gracias a Dios no era verdad”. No recuerdo qué diablos promocionaba el anuncio. Tal vez un producto que estimulaba la inteligencia, si es que existe.

En realidad en nuestros días la inteligencia no es algo que alguien eche de menos. Casi todo se concibe y ejecuta sin mucho pensar. De manazo, sin decir agua va. Sin meditar tantito las cosas y sus consecuencias. Se dicen cosas atroces con la mayor tranquilidad y se hacen cosas peores sin pestañear. Sin embargo, en otros lares muchos lamentan su ausencia y harían cualquier cosa por tener en propiedad algo de inteligencia, aunque sea un poquito.

Alguna vez leí algo acerca de un médico sesudo y celebrado, Andrés Lozano, un neurocirujano que ejerce en Canadá y atiende en particular casos de parkinsonismo, depresión, anorexia y alzheimer. Sabe bien a qué zonas del cerebro tiene que llegar con impulsos eléctricos bien calibrados para ayudar a sus pacientes a encontrarse de nuevo con la salud. Alguien le preguntó si ya que andaba hurgando por ahí no habría la posibilidad de darles una ayudadita a las ideas, a la astucia, a la imaginación, a la inteligencia. Me sorprendió su respuesta, muy seria: “No es la primera vez que me lo preguntan. Ya me han escrito varias personas interesándose por ello. Tengo pacientes dispuestos a operarse, a ser conejillos de Indias para mejorar su inteligencia. Sería una neurocirugía cosmética, que hoy no es ética, pero ya veremos dentro de 30 años”.

Quien lo entrevistaba no pudo resistirse a las exigencias del tema, y preguntó: “¿Podría utilizarse también la neurocirugía cosmética para sentirnos más alegres?”. Andrés Lozano dejó caer entonces una respuesta llena de promesas y esperanzas para muchos: “Sí, o tener más empatía, ser más listos... En teoría, se podría ajustar el volumen de cualquier aspecto del comportamiento”.

Muchos en los círculos políticos, en los medios académicos, en las calles viles y miserables se habrán abalanzado sobre su teléfono en busca de una cita urgente después de leer lo que el médico soltaba como si fuera cualquier cosa.

No faltará quien piense que el modelo a seguir es el del cerebro de Einstein. Un sabio, un genio y, además, chistoso. Qué más se le puede pedir al doctor Lozano.

Pero como todo en esta vida, el mundillo del cerebro y la inteligencia está lleno de sorpresas. Aquí sí que las apariencias engañan. El primero en caer atrapado en las redes seductoras del cerebro de Einstein fue el joven patólogo Thomas Harvey, a cargo de los estudios preliminares de su masa encefálica. Fascinado con el reto, Harvey extrajo el cerebro y terminó llevándoselo a su casa. Desde entonces, el cerebro de Einstein vagabundea por las alacenas  de los laboratorios del mundo cortado en finas rebanadas, en busca de un científico que explique en detalle sus peculiares virtudes. Hay quien dice que Einstein tenía un coeficiente intelectual de 160, pero nadie entiende por qué era tan tonto. Había que atenderlo como un bebé mientras desarrollaba complicadísimos teoremas.

Habría que aspirar en todo caso a un trasplante del cerebro de Goethe, con  un 210 de IQ según los entendidos, asumiendo los inconvenientes de la identidad del bardo alemán, ya que parece que los coeficientes intelectuales atañen específicamente a la inteligencia y no a la madurez o inmadurez de los genios. Es decir, cualquiera puede ser tan inútil como Einstein pero nadie puede plantear la teoría de la relatividad como lo hizo él.

Y hay casos peores. El célebre genio británico Stephen Hawking tendría un IQ de 160, por debajo del de 168 de Marilyn Monroe, a quien muchos consideraban una rubia tonta. Y ni quien aspire al modelo del artista plástico estadunidense Andy Warhol, autor de una vasta obra muy cotizada en los mercados del arte, emprendida desde las limitaciones de un IQ de 86.

No es fácil entender por qué el cineasta gore Quentin Tarantino tiene el mismo coeficiente intelectual que Hawking, mientras la actriz Sharon Stone anda por 154 y Shakira en 140, lo mismo que Madonna. Tal vez la idea que tenemos de la inteligencia es más abstracta de lo que creíamos. Quizá ni siquiera existe. En realidad no es más que una aporía como las que formulaba Zenón de Elea para estimular la agudeza mental de quienes le rodeaban.

En todo caso, antes de hacer cita con el doctor Lozano habría que pensar muy bien las cosas. Pensar antes de actuar. Es posible que ahí radique la inteligencia.