Sentido contrario

En busca del Paraíso

Muchos hemos vivido las últimas horas con el sentimiento de abandono que sufre quien espera inútilmente un aventón en una carretera solitaria: los autos pasan veloces, nadie se detiene, la noche amenaza, agoniza la esperanza, como agoniza al mismo tiempo la sonda Philae en un punto lejano en el espacio, trepada en un cometa, aferrada apenas a su superficie rocosa. La historia del aparato que ha viajado por los más profundos cielos durante unos 10 años para caerle encima al desprevenido cometa parece una película hollywoodense de desastre.

En ese pequeño aparatejo lleno de recursos para indagar sobre todo lo que nos atañe a quienes poblamos el planeta, está la llave de nuestro futuro y también de nuestro pasado. Diseñado por científicos europeos en el extremo de una compleja y ambiciosa aventura, debía hacernos llegar datos sobre la composición del cometa que podrían explicar por fin el origen de la vida, pero también la posible evolución de los humanos, acosados cada vez más por las adversidades. Buena parte de la información que debía recabar tiene que ver con el agua en aquellos lugares lejanos, el oxígeno y las posibilidades de hallar otros mundos para vivir, tal vez algunos ya habitados por los seres desconocidos que la ciencia-ficción identifica con frecuencia como “alienígenas”.

Pero resulta que el robot alado que viaja ahora como una delicada mariposa de metal sobre una áspera flor de piedra cayó donde no debía, en una hondonada que impide el paso de la luz solar que debiera recargar sus ya fatigadas baterías. Los científicos a cargo del proyecto han decidido ponerlo a dormir en tanto acumula, entre luces y sombras, un poco de energía. Sin embargo, la sola operación de enviar un vehículo espacial a más de 400 millones de kilómetros de distancia y hacerlo descender con mucha precisión sobre la superficie de un pequeño cometa en movimiento, ya es un sorprendente alarde de tecnología espacial, más allá de los objetivos específicos de la misión, cumplidos o no.

Esa misma precisión podría llevar en un plazo más o menos corto a grupos enteros de migrantes a puntos distantes en el espacio para establecer comunidades en condiciones semejante a las de nuestro planeta. Desde hace tiempo los científicos advierten con frecuencia sobre el futuro muy adverso que se cierne sobre la humanidad, amenazada por la falta de agua y alimentos, en un mundo sobrepoblado y gravemente devastado ya por la mano del hombre. En ese pronóstico siniestro, en el mejor de los casos el futuro de la humanidad es de inundaciones permanentes, fríos y calores extremos, hambre, sed, enfermedades y guerras frecuentes.

En nuestros días la carrera espacial tiene claramente como objetivo el reclamo de nuevos territorios para vivir. En ese empeño están no solo los estadunidenses, sino también los europeos y los chinos, y hasta ahora tienen todos la mirada puesta en Marte. Han hallado agua allá, requisito indispensable para garantizar la sobrevivencia de las colonias de humanos que ahí se asienten, y solo esperan la evolución de la tecnología que les permita llevarlos allá sin peligros. Buscan también las formas de vida con las que habrán de convivir los colonos. Hace unos meses, la Agencia Espacial estadunidense hizo público un proyecto encaminado a la búsqueda de vida extraterrestre. Uno de sus astronautas aseguró entonces que en el plazo de unos 20 años descubriremos que no estamos solos en el universo. Nadie se atrevió a decirle que estaba completamente chiflado.

En realidad, desde hace años las potencias están enviando todo el tiempo objetos al espacio, sobre todo telescopios viajeros, en busca de nuevos mundos para vivir y, de paso, de señales de vida extraterrestre. Mundos para apropiarse. La lista de mundos alternativos hallados en lejanos sistemas planetarios en constelaciones prácticamente desconocidas es hasta ahora más o menos larga. El único problema es que se encuentran a cientos, miles de años luz de distancia. Sin embargo, los continuos avances científicos y tecnológicos podrían acortar de manera notable esas distancias.

Pero no que hay que desesperarse. Es cosa de paciencia. Tenemos tiempo mientras destruimos día a día nuestro planeta. El proyecto Rosetta que llevó al Philae hasta el cometa en el que viaja ahora demoró unos 20 años. Y ahora el aparatejo está a punto de echarse a dormir entre las sombras, desprovisto de energía para funcionar. Nuestra esperanza de una vida mejor en otra parte duerme también por ahora. Pero no desesperemos. Algo tiene que pasar, en este mundo o en otros. O en un cometa, como relató Julio Verne en 1877.