Sentido contrario

El burro y sus orejas

Pocos, muy pocos motivos hay para reír aunque sea un poco en nuestros días. Sin embargo, un texto que leí hace unos días en un diario español, El País, me hizo por lo menos sonreír. Recordé aquello de ver la paja en el ojo ajeno y no la viga en el propio. Bajo el encabezado "Una fiesta popular mexicana se ensaña con los toros viejos", se da cuenta de las peripecias de las fiestas de la Candelaria en Tlacotalpan, Veracruz. Quien escribe el texto se conduele del triste destino de seis toros viejos y cansados, golpeados, medio ahogados, chamuscados y a veces sacrificados en el curso del festejo. Y sin duda con mucha razón. En descargo de los celebrantes habría que recordar que a últimas fechas se ha tratado de reglamentar el maltrato que se les prodiga a las bestias que los ganaderos locales ceden cada vez a la fiesta tradicional. Es decir, se ha pedido que se les maltrate, pero poquito y con cuidado, de manera que a veces no se les mata, como ocurre en el espectáculo típicamente hispano de las corridas de toros cuando la bestia resulta mansa para la lidia y se resiste a embestir al torero. Aunque en realidad resulta prácticamente imposible exigirle mesura en el trato a los animales a una multitud eufórica, medio ebria y dispuesta a hacer picadillo a un animal casi agónico. Parece difícil imaginar a un inspector asumido como autoridad exigiendo orden y buenas maneras en el trato a los toros a 60 mil asistentes al festejo que llegan de todas partes justo para ver cómo los lastiman. No hay modo porque precisamente en eso consiste la popular fiesta religiosa. Es como pedir a los toreros y a los aficionados que se apiaden del animal cuya carne estará en el mercado poco tiempo después de la corrida.

En un país donde mueren y desaparecen personas por millares cunde desde hace rato una suerte de moda oficializada a propósito de la protección de los animales. Se persigue con ganas de linchamiento a quien ha alimentado con albóndigas envenenadas a los perros de un parque, al dueño de un circo que ha despojado de su maxilar a un oso, a quien le ha cortado las garras a una fiera, a quienes presentan animales cautivos en espectáculos, pero se cierra los ojos ante los hechos que ofrece una realidad de barbarie. Así somos: vemos la paja en el ojo ajeno para no ver lo que tenemos enfrente.

En España no cantan mal las rancheras. De hecho, la violencia contra los animales con cualquier pretexto responde prácticamente a una vocación nacional. Alguna vez miré las imágenes de una fiesta religiosa pueblerina en la que los participantes montados en un caballo a toda carrera se esforzaban por arrancar de golpe la cabeza de un montón de gansos vivos atados de una cuerda a regular altura. Eufóricos, los más hábiles mostraban a la cámara su trofeo ensangrentado entre la gritería de los asistentes más o menos alcoholizados y los escandalosos graznidos de las aterrorizadas aves. Una imagen sin duda digna del más truculento Luis Buñuel.

Muchos miran allá con poca simpatía a Miguel Ángel Rolland, un cineasta que se ha empeñado en la realización de un documental muy ilustrativo sobre el maltrato que se prodiga generosamente a los animales en España en miles de festejos populares, a veces en presencia de curas, autoridades locales y otras figuras destacadas de la comunidad. Su proyecto, financiado básicamente mediante donativos públicos obtenidos en 30 países y emprendido con la mayor discreción, se llama Santa fiesta y habrá de reunir toda suerte de testimonios, sobre todo de imagen y sonido, de lo que para muchos es una realidad chocante. De lo que se trata es de denunciar la matazón en las fiestas patronales españolas de un montón de animales, toros, caballos, gallos, gallinas y cerdos entre ellos, a razón de unos 60 mil cada año. Si las cosas le salen bien al equipo de producción, la película estará lista dentro de poco, luego de más de un año de trabajos no sin riesgos ni sobresaltos. Y si el resultado es el esperado, como deseamos muchos, el dramatismo de sus imágenes habrá de arrastrar a algunos a la reflexión, a la piedad y al respeto a la vida animal. Tal vez habrá quien se organice luego y dé la pelea contra los animales lastimados, los toros incendiados, apaleados, acuchillados, ahogados en España y también en México.

Tal vez se le ocurra después a alguien pedir por los muertos y los desaparecidos de nuestra propia especie, que suman miles, por los desempleados y los hambrientos, los que no tienen donde vivir y saben de sobra de la miseria, que suman millones. Tal vez nos encontremos entonces en un mundo mejor. En España y en México.