Sentido contrario

En brazos de "Terminator"

Hace poco me contó un amigo muy querido de su paso por una reciente cirugía. Aunque hablaba con mucho orgullo de la eficiencia de los médicos que habían realizado la operación mediante un procedimiento robotizado, advertí en el fondo de sus palabras la discreta euforia de quien había sobrevivido a una riesgosa aventura. Como fanático que es de los gadgets, elogiaba las virtudes de una práctica médica, ya de por sí más que deshumanizada, que dejaba en manos de un aparato teledirigido la integridad de su cuerpo.

Después de nuestro encuentro no dejaba de escuchar las voces de su euforia: “Me operó un robot, me operó un robot”. He sabido de muchas cirugías en las que los galenos dejan olvidados algodones, pinzas y cosas mucho peores dentro del cuerpo de un enfermo. En un caso extremo, por ejemplo, supe de un equipo de cirujanos alemanes que perdió 16 objetos entre las tripas de un paciente que murió poco después de su paso por el quirófano. Los forenses hallaron en su devastado cadáver una aguja, una venda enorme, algunos cotonetes y hasta trozos de un cubrebocas, entre otros malos recuerdos quirúrgicos. Me daba vueltas en la cabeza una pregunta: qué diablos podría dejar olvidado un robot entre las entrañas de un paciente. ¿Un tornillo, una tuerca, un microchip, un alambrito?

Muchos creen a ciegas en la ciencia robótica. Asocian sus progresos con el futuro de la humanidad. Nos imaginan sentados a la mesa de un bar, rascándonos la barriga, mientras los robots hacen todo lo que nos molesta, sobre todo el trabajo de cualquier tipo. Piensan que es una suerte de déjà vu de la Revolución Industrial, pero al revés: la pereza triunfante en lugar del desempleo y la miseria ante el trabajo mecanizado.

Hace unos días un consorcio franco-japonés puso a la venta a través de internet un robot capaz de establecer relaciones afectivas con sus propietarios. Toma fotografías, felicita a los cumpleañeros y consuela a quienes están deprimidos. Se vendió como pan caliente en un minuto: mil unidades a razón de mil 500 euros cada una. El bicho electrónico que todos quieren tener en casa ya trabaja con mucha eficiencia en algunos establecimientos comerciales y bancarios en Japón.

Sin embargo, en abril pasado la ONU convocó a decenas de especialistas en robótica para analizar el tema de los robots asesinos. Al organismo internacional le preocupa la manera como progresa la tecnología bélica dejando atrás los más elementales códigos morales. Sabe que muchas naciones fabrican desde hace tiempo soldados robotizados, capaces de decidir sobre la vida o la muerte de las personas, y busca un consenso para ponerle límites a esta tecnología letal. Y tal vez para establecer de paso nuevas reglas para las guerras.

En realidad nadie sabe con exactitud de qué es capaz una máquina humanizada, ni siquiera sus creadores. Están diseñadas para tareas específicas pero de pronto hacen lo que se les viene en gana. Hace unos días, un robot destripó a un trabajador de una ensambladora de la Volkswagen en Alemania. Los estudiosos del tema aseguran que se trató, sin duda, de un error humano en la operación del robot, y hay quien ha advertido que “no estamos ante un Terminator ni ante la pesadilla de robots matando humanos”. Pero la ONU no piensa igual. Se preguntan ahí con mucho nerviosismo qué pasaría si los robots militares quedaran fuera de control y se echaran al plato a miles de individuos como si nada.

Cosas similares podrían ocurrir en el terreno de la medicina robotizada. Un nutrido equipo de investigadores de universidades estadunidenses acaba de dar a conocer un informe a propósito de las 10 mil 624 complicaciones registradas por la autoridades sanitarias a consecuencia de procedimientos quirúrgicos robotizados. De estas complicaciones, 144 ocasionaron la muerte de los pacientes, casi mil 400 resultaron en lesiones y las demás causaron diversas disfunciones a los enfermos.

Entre las causas más frecuentes de estos desastres quirúrgicos, localizaron la caída de una pieza dañada en la herida quirúrgica, la formación de un arco eléctrico entre los instrumentos en uso y acciones no previstas en su funcionamiento, interrupciones de los sistemas electrónicos y fallas en los equipos de video que guían a los cirujanos.

No falta quien ve estas cifras como relativas. Quienes aseguran que es más fácil morir en un accidente de automóvil que en un avionazo, sostienen que la estadística es mínima en relación con el número de operaciones realizadas.

A fin de cuentas parece difícil establecer qué es peor: un profesional mediocre y ambicioso, o un robot bienintencionado.