Sentido contrario

Muertos que no hacen ruido

He sabido de muertos que no hacen ruido. Simplemente se levantan de su féretro en medio de los dolientes y se van a seguir viviendo. De veras. Me enteré de uno de estos casos el año pasado. La noticia había dejado con la boca abierta a los lectores de un diario ruso que supieron de las desventuras de un muchacho parrandero que no aguantó más y cayó como fulminado en plena juerga. Nadie pudo hacer nada por él, ni sus amigotes ni los médicos de urgencias que se ocuparon más bien de extender un certificado de defunción y enviaron su cuerpo a la morgue de Vladivostok, el lugar donde sucedieron los hechos. Ahí, en un refrigerador, en medio de cadáveres helados, abrió los ojos de pronto y se dio cuenta de su situación. A gritos pidió ayuda y consiguió que unos aterrados empleados del forense le prestaran la ayuda que necesitaba. Luego se vistió y salió corriendo en busca de sus amigotes para continuar la fiesta. Al menos eso decía el periódico en tono muy serio.

El mundo es una paradoja con patas. Muchos, demasiados, pelean por todos los medios, incluidos los tribunales, para que los dejen morirse. Tiene muchos argumentos: están enfermos sin remedio, están solos y deprimidos, o simplemente están aburridos de una vida a la que no le hallan sentido. Otros se aferran a la vida cuanto pueden y hasta regresan del más allá en la primera oportunidad. Ciertamente hay muchos casos como el del muchacho parrandero que revivió de buenas a primeras en una morgue de Rusia.

Leo ahora de alguien que se empeña a ayudar a los difuntos a sacarle el bulto a la muerte, como el doctor Frankenstein pero en la India. Es un cirujano ortopedista que se empeña en llevar a la práctica sus teorías de reanimar cadáveres mediante inyecciones de células madre y un tratamiento de estimulación cerebral con láser transcraneal y aplicaciones de electricidad. Hay dos maneras de morir: cuando el corazón se harta de batallar y se da por muerto, o cuando el cerebro se desconchinfla por una u otra razón y finalmente se apaga. El doctor Himanshu Bansal trabaja con quienes de han ido de este mundo con la segunda modalidad, es decir, fulminados por una muerte cerebral.

Con toda formalidad, la revista especializada Science ha dado cuenta de manera reciente de los empeños del ortopedista, pero también ha informado que su proyecto denominado ReAnima ha sido enviado al fondo del archivero de un funcionario de la burocracia en materia de salud. Es decir, al galeno le han prohibido expresamente aventurarse en los terrenos a los que llegan no sin desconcierto quienes han seguido la luz, como se asume popularmente.

La prohibición de las autoridades ha enfriado de golpe el entusiasmo de una empresa estadunidense especializada en biotecnología, Bioquark, dispuesta a suministrar al cirujano los implementos necesarios para resetear el cerebro de una veintena de pacientes elegidos —que, por cierto, también se han quedado en el limbo sin estar enterados para nada de su situación de muerte cerebral. A Bioquark también se le ha impedido legalmente en Estados Unidos participar en aventuras experimentales como la que propone el polémico especialista de la India.

Aunque parece asunto de la ciencia ficción, el proyecto no está alejado para nada de un sustento científico. Para su modelo teórico el doctor Bansal parte de la situación por la que han atravesado algunos pacientes que se han recuperado en buena medida a partir de lo que denomina “estados de conciencia mínima”. Según los registros clínicos que desde hace tiempo ha estudiado minuciosamente, de ahí a un “estado de plena conciencia” solo habría un pequeño brinco, como el que se disponía a brindar a los pacientes elegidos.

Aunque la comunidad científica internacional parece dividida ante los trabajos del hindú muchos de sus colegas se han manifestado con entusiasmo por las posibilidades de éxito de sus experimentos descritos en las páginas de Science. Creen que de verdad los pacientes que han experimentado accidentes cerebrales tienen posibilidades reales de mejorar su situación con un tratamiento que podrá ser aplicado también a quienes padecen la enfermedad maldita, el alzhéimer, o alguna otra enfermedad neurodegenerativa, y aun a quienes permanecen en estado comatoso.

Sin embargo, mientras el doctor Bansal y su equipo de trabajo no estén en posibilidad de aplicar el tratamiento experimental, no se sabrá si funciona o no. Tampoco se sabrá hasta dónde puede recuperar la salud un enfermo que ha enfrentado la muerte cerebral y ha sobrevivido para contarlo. Nadie sabrá hasta entonces si en verdad hay vida después de la muerte.