Sentido contrario

Al infinito y más allá

Hace unas semanas, al comienzo de mayo, en un llano de Kazajistán, el astronauta estadunidense Scott Kelly asomó su cabeza sin cabellos por la escotilla de la cápsula que lo había traído de regreso después de un viaje de 340 días por el espacio. Sonrió y saludó a los presentes con fingido entusiasmo. La suya era la imagen de un hombre sano y fuerte, capaz de superar los retos que impone la adversidad en la larga noche de lo desconocido. Es posible que en realidad no entendiera del todo lo que ocurría a su alrededor. Se sentía muy mal. Las piernas le temblaban, la piel le ardía, tenía ronchas por todas partes y un moqueo constante. Tres meses después confesó que aún le dolían los pies, que arrastraba las piernas con una sensación de rigidez y no podía deshacerse de una fatiga constante. "No me veía mal porque soy muy buen actor", reconoció. Para entonces, 10 días después de su regreso, ya había hecha pública su decisión de no volver a treparse a un vehículo espacial. No lo dijo claramente, pero parecía bastante zarandeado por una trayectoria de 20 años, que incluía cuatro misiones y largos periodos de permanencia en el espacio.

La vida de un astronauta parece bastante difícil. Pasan años preparándose física y psicológicamente, estudiando complicados procedimientos técnicos y sometiéndose a competidos exámenes de selección. Si son elegidos, les espera más de lo mismo pero más intenso. Viajan luego al espacio con un hueco en el estómago, dispuestos a enfrentar lo que venga, incluidas situaciones extremas de sobrevivencia. Cuando regresan, con las sienes coronadas con laureles, están en realidad al borde de la decrepitud.

Meses después de su retorno a la Tierra, a Kelly le seguía doliendo todo mientras impartía conferencias aquí y allá y trataba de escribir un libro sobre su experiencia. Sus pies lo seguían atormentando con dolores intensos, permanentes.

El objetivo de su misión consistía, sobre todo, en el estudio de la respuesta del ser humano a las largas estancias en el espacio en condiciones adversas, incluidas sus reacciones físicas y psicológicas. Los científicos que monitorearon su condición antes, durante y después de su largo viaje seguirán trabajando durante años en cada detalle sobre la evolución de su existencia.

Otros astronautas han experimentado cosas peores que un dolor de pies después de sus experiencias en el espacio. Algunos se han convertido en infatigables promotores religiosos, otros no dejan de alertar sobre la vida en otros planetas y no han faltado quienes han puesto todo su interés en la academia y la política.

Se entiende que la preparación física de los viajeros espaciales contribuye a robustecer en buena medida su salud en general, y la psicológica en particular. Se les mira a menudo como dueños de sí mismos por entero, templados y lúcidos ante cualquier eventualidad, por riesgosa que sea, aunque no siempre den pruebas de ello. Por ejemplo, Neil Armstrong, el primer astronauta que puso un pie en la superficie lunar, resultó un verdadero cleptómano. Al inventariar sus bienes luego de su fallecimiento en agosto de 2012, los expertos del Museo Nacional del Aire y el Espacio de Estados Unidos hallaron escondida en su casa una bolsa con instrumentos que había sustraído del Apolo 11, incluida la cámara que registró su descenso en la Luna 45 años atrás. No se sabe si Armstrong era en realidad un pájaro de cuenta antes de subirse a una nave espacial.

Pero la condición psicológica de muchos astronautas ha quedado bastante vulnerada después de sus travesías. Algunos que han escuchado voces en la soledad del espacio le han puesto distancia a la NASA de inmediato y se han encaminado por los senderos del Señor. Se han convertido en predicadores, han caído luego en los excesos del alcohol y con los ánimos por los suelos han visto convertida en ruinas su vida familiar.

Tal vez estos "héroes" han sido mitificados de tal modo que de ellos solo se esperan cosas extraordinarias, cuando no son muy diferentes de quienes vivimos con los pies pegados al suelo. A sus 59, James Halsell ha gozado de la admiración de los estadunidenses por los 52 días que vivió en el infinito y sus cinco misiones en el transbordador espacial. Retirado desde hace 10 años, cayó hace unos días de su pedestal. Mostró al mundo que su trabajo no tiene por qué llenarlo de virtudes. Alcoholizado, con la panza llena de somníferos, estrelló su auto contra otro vehículo en una carretera y mató a dos jóvenes hermanas. Ante la ley declaró con medias palabras que no recordaba nada. Ni siquiera el pasado de gloria que todos le admiraban.