Sentido contrario

Los ahogos de Noé

Hallé hace unos días una fotografía que me dejó con el ojo cuadrado. Parece una estampa religiosa coloreada a mano. Aparece ahí el papa Pío XII frío, altivo, con una sonrisa vagamente diabólica y la mirada perdida en la nada. A su izquierda, un hombre trajeado le mira con un gesto de humildad. Es Cecil B. DeMille. Es octubre de 1957 y están en Castel Gandolfo. El papa Pacelli había recibido al productor y realizador estadunidense en vísperas del estreno en Roma de su cinta Los diez mandamientos.

Filmada a lo largo de casi un año de titánicos esfuerzos en Egipto, en los estudios Paramount en Los Ángeles y otros sitios de California, la película, que les había dado de comer a miles de actores, extras y técnicos del cine, tenía el éxito garantizado no solo por la bendición papal, sino por las interpretaciones de figuras con mucho arraigo en el gusto del público: Charlton Heston, Yul Brynner, Anne Baxter, Edward G. Robinson, Yvonne De Carlo y John Carradine a la cabeza de un multitudinario reparto en el que hasta Patricia, la hija de Alfred Hitchcock, se había colado en el papel de una dama de la corte sin derecho a figurar en los créditos, lo mismo que el trompetista Herb Alpert como un tamborilero del Monte Sinaí.

Los diez mandamientos fue una de las más altas cumbres del cine de género bíblico. Del catecismo fílmico, pues. DeMille sabía cómo hacerlo. Había recibido clases de exotismo y racismo muy de cerca con David Wark Griffith, piedra fundamental de Hollywood. Conocía bien las reglas del género: había que tener temor de Dios. El Señor no se mostraba, pero se hacía sentir a través de sus elocuentes acciones milagrosas: maremotos, temblores, oscuridades aterradoras y violentos castigos ejemplarizantes. La lealtad con los vestuarios, lo mismo que con los usos y costumbres, era fundamental en la medida en que apuntalaban la veracidad del relato; a menudo los personajes parecían robados de un nacimiento muy puntual. Dios no hablaba, ordenaba con voz de trueno y los hombres y mujeres en la Tierra practicaban la humildad y la bondad. Le obedecían sin queja o se atenían a las consecuencias.

Casi 60 años después, Hollywood se animó con Noé a retomar su añeja vocación evangelizadora, su viejo y exitoso sendero bíblico en dirección a los taquillazos. Como Cecil B. DeMille, antes que nada apuntó directo a la Santa Sede para legitimar sus ánimos catequistas y disimular sus esfuerzos mercantiles.

Tal vez con las escenas de las películas clásicas del género en la memoria, el papa Francisco les concedió en principio un encuentro en el Vaticano en vísperas del estreno de la cinta en Estados Unidos, España e Italia en marzo pasado. A la cita acudirían el realizador Darren Aronofsky, el vicepresidente de la productora Paramount, Rob Moore, y el actor que interpreta a Noé, Russell Crowe. Pero alguien alertó al pontífice sobre las peculiaridades del relato fílmico sobre las desventuras de Noé, un antihéroe bíblico tratando de poner a salvo a unos animalitos digitales antes del diluvio purificador. Quizá lo pusieron sobre aviso de que en la película todos hablan de Dios como si fuera un malhumorado jefe del gobierno celestial que obra de manera cruel, caprichosa, violenta y autoritaria. El caso es que en el Vaticano se rajaron. Que no había tal cita, dijeron con toda claridad. No habría encuentro, ni fotos, ni publicidad gratuita para la cinta con un Papa al que más de uno ha tratado de verle la cara en los últimos días con fines comerciales.

Crowe, un actor carismático, con mucho carácter, está muy lejos del clásico intérprete bíblico Charlton Heston, que aparecía en Los diez mandamientos envuelto en trapos, greñudo y barbado, sumiso ante los gritos reverberantes de Dios exigiéndole sacrificios infames. En Noé ni Crowe ni nadie dan el ancho para nada, vestidos con ropa de mezclilla, adormecidos en fantasías futuristas al estilo de Griffith y atrapados en la torpe elocuencia de un predecible catálogo de efectos visuales.

Pero como Noé, Crowe no se rindió ante el desaire. Con Aronofsky se hizo ver a las puertas de la Santa Sede y en la audiencia general que concede los miércoles el Papa en la Plaza de San Pedro, siguió con su campaña para forzar el encuentro a través de las redes sociales y mandó cuatro mensajes directos al Santo Padre insistiendo en la invitación para que vieran juntos la película. Trataron por todos los medios de aparentar que sí se habían reunido y que les había dado la bendición.

Pero la pura verdad es que Noé se quedó solo en medio del chaparrón. La Iglesia ya no es la de antes y Hollywood ha perdido la poca fe que tenía.