Sentido contrario

Voces de animales

Quién sabe de dónde diablos le llegó la idea. Un día, Walt Disney puso a los animalitos a hablar. Les dio voz en sus dibujos animados para ponerlos a expresar malas ideas, para ayudarles a comunicar sus envidias y recelos, para definir sus ambiciones y desamores. Nadie en sus historietas fílmicas vierte palabras de afecto. Está claro que sus maliciosos personajes son como humanos, con todos sus defectos y sin virtudes.

Sin embargo, los animalitos son más estimables de lo que parecen en el mundo de Disney. Entre otras razones tal vez porque no sabemos lo que se dicen entre ellos. Intercambian quizá expresiones cariñosas pero no entendemos su lenguaje. Hace poco un nutrido grupo de investigadores británicos consiguió comprender más o menos el significado de los sonidos que emiten las vacas. Después de analizar durante largo tiempo sus mugidos hallaron que mostraban formas específicas de comunicación, en particular con sus crías.

Otros científicos han observado durante décadas a los delfines, tratando de descifrar los agudos sonidos que emiten en lo que parecen verdaderas conversaciones entre ellos, llenas de interjecciones, onomatopeyas y festivos suspiros. Lo más que han obtenido es la certeza de que les encanta el chisme, es decir, que son muy sociables y comunicativos. También han conseguido establecer alguna forma de relación con ellos, pero no han logrado meterse en sus conversaciones ni conocer sus cuitas de manera cabal.

Los investigadores saben que los delfines tienen un cerebro muy desarrollado, tal vez dotado con mayor inteligencia que los humanos, y aunque han recogido un montón de patrones de los sonidos que emiten no pueden todavía identificar aunque sea de manera mínima sus códigos de comunicación. Como los niños que gozan dejando a los adultos fuera de sus conversaciones con lenguajes inventados que solo ellos conocen, puede ser que los delfines no quieren que los entiendan. Pintan su raya, lo mismo que las ballenas, que han estado también durante años bajo la mirada atenta de los científicos que tratan de comprender sus voces. Se asume que las ballenas son tan inteligentes que pueden avisarse entre ellas por medio de agudos silbidos y roncos sonidos de frecuencia variable sobre la presencia en su entorno de depredadores. O de humanos amenazantes. Son tan listas que en estos casos guardan a menudo un elocuente silencio.

También los tiburones mantienen su distancia con los humanos cuando no tienen hambre. Cuando a mediados de los setenta Steven Spielberg filmó su celebrada película Tiburón, sus diligentes empleados buscaron por tierra y mar algunos de estos bichos dispuestos a actuar después de un breve proceso de entrenamiento. Como todos los esfuerzos resultaron inútiles tuvieron que fabricar un tiburón mecánico.

Quizá no tenemos ni la más mínima idea de que los animales nos conocen más de lo que creemos. Puede ser que nos han estudiado más que nosotros a ellos. Por ejemplo, quién sabe si los loros no se burlan alegremente de los humanos cada vez que repiten frente a ellos la frase estúpida de “lorito toca la marcha, lorito, loritooo”.

Pero nada como los humanos que hablan y se comportan como animales. Esos sí que son dignos de concienzudos estudios. Por ejemplo, las multitudes que se dejan arrastrar por los torpes políticos actúan como auténticos borregos. O aquellos que evaden los más elementales hábitos de higiene, como los cerdos, que hallan la felicidad en el lodo. O quienes viven malhumorados, necios, rebeldes y son asociados con las mulas. O los burros, ciegamente ignorantes; los que se arrastran por el suelo y atacan a traición, como las víboras.

Y hay casos peores. Un estudio con peces emprendido por investigadores de una prestigiada universidad estadunidense demostró hace poco que los disidentes en el cardumen pueden ser rápidamente anulados de manera instintiva por los individuos menos inquietos. Sorprendidos con sus inesperados hallazgos, los investigadores aclaran que deben mantenerse al margen de las mecánicas de la democracia y de los procesos electorales. De las malas costumbres de los hombres, pues.

Después de todo, los animalitos pueden demostrar incluso que tienen sentimientos nobles, como el chango que rescató hace unos días a un congénere electrocutado. Lo levantó, lo sacudió, le masajeó la aturdida cabeza, le aplicó medidas de RCP y lo volvió a la vida.

Aunque claro, como en todo, hay casos complicados que merecen hasta sesudos tratados. Otro día hablaremos de los peces muerde-testículos y sus espeluznantes conductas, muy similares a las de muchos humanos agazapados en las redes sociales.