Sentido contrario

Vidas paralelas

Pocas veces en su vida ha tenido algún motivo para sonreír. Muy serio, solemne, frío y distante, parece que desde hace años trae una piedra en el zapato. Así ha caminado Edward Albee a lo largo de su existencia, con cierto dolor, con alguna amargura recóndita, con explicable rencor. Anda ahora por los 86, pero los malos recuerdos no se han perdido en los laberintos de su bien nutrida memoria. La diferencia consiste en que tal vez ahora lastran menos sus días. Se entienden sus malos humores, su indignación clavada en el alma atormentada: con apenas dos semanas de vida, fue abandonado por sus padres y adoptado luego por una pareja ricachona y algo endemoniada, vinculada con el próspero negocio del teatro comercial estadunidense. De su padre poco amoroso y de su madre muy dominante solo derivó su interés creciente por la dramaturgia, y también una vida sin sobresaltos financieros. Pero esa semilla de conflictiva vida familiar que vio crecer cada día de su vida germinó en su ánimo creativo. De hecho aprendió a cultivarla, de manera que después de una breve trayectoria no muy afortunada con la escritura de algunas obras cortas, la triste semilla alcanzó alturas descomunales en la escena universal. Concibió así, sin demasiado vuelo, a comienzos de los sesenta, una obra que le ha acompañado desde entonces con su éxito enorme: ¿Quién teme a Virginia Woolf?

De madre alemana y padre ruso, el realizador Mike Nichols fue testigo de la violencia nazi durante sus primeros años de vida en Berlín, su ciudad natal, de la que salió en fuga. Avecindado desde los siete años en Estados Unidos, él sí sonreía con frecuencia. No lucía triste ni amargado, todo lo contrario. A pesar de su breve tránsito por los excesos hitlerianos, parecía feliz hasta el último momento de su vida. Nichols murió hace unos días, a los 83, al cabo de una exitosa trayectoria en los escenarios y en los cines de Estados Unidos. De hecho, su éxito resonó más allá de los espacios creativos del país que le dio cobijo en sus horas desesperadas. Tenía motivos para mostrar a menudo todas las piezas de su dentadura perfecta.

La vida de Nichols y la de Albee quedaron atadas para siempre desde que el realizador llevó al cine la primera obra larga del dramaturgo. La versión fílmica de ¿Quién teme a Virginia Woolf? es a su vez la primera película de Nichols. La fortuna y la celebridad bañaron desde ese momento, a mediados de los sesenta, a Nichols primero y luego a Albee. Sin embargo, el texto dramático de Albee, que se apresuraba a dejar atrás a los celebrados maestros del teatro realista estadunidense Tennessee Williams y Arthur Miller, creció y creció hasta convertirse por sí mismo en un clásico del género. Nichols, por su parte, siguió sorprendiendo a medio mundo con su talento enorme. Luego de su versión espléndida de ¿Quién teme a Virginia Woolf?, convertida también en una clásica del cine, emprendió la filmación de la mítica El graduado, sobre las desventuras amorosas de un joven universitario, clásica ya también, y su carrera se afianzó con Trampa 22, una criticada traducción al cine de la ácida novela de Joseph Heller a propósito de la azarosa existencia de los pilotos de bombarderos durante la Segunda Guerra Mundial. Su vida como creador creció también después, aunque su obra parece algo dispareja. De cualquier manera, sonreía mucho.

Sin duda jamás entregó al olvido los afortunados años de sus inicios en el cine a la sombra de Albee. Con solamente cuatro personajes, su puesta en escena fílmica de ¿Quién teme a Virginia Woolf? tuvo un reparto de primera, con Elizabeth Taylor y Richard Burton a la cabeza, con George Segal y Sandy Dennis al lado. Taylor venía de filmar Cleopatra, en la que derrochaba belleza y juventud, y bajo el influjo de la dramaturgia de Albee y la certera conducción de Nichols aparecía convertida en una agria vieja borracha, empeñada en demoler el ánimo de su no menos ebrio cónyuge, mientras comparten una cena con una devastada pareja de jóvenes estudiantes. Muchos temblaron entonces en Estados Unidos con la siniestra radiografía de la vida en familia que vieron en las pantallas.

Desbordada de violencia verbal, nutrida de ira, de rencor y de odio, cargada de una atmósfera dolorosamente enfermiza, como marcaba la obra de Albee, la cinta de Nichols quedó como ejemplo de lealtad al momento de llevar al cine una obra literaria. Nichols fue siempre reconocido por ello. Albee, por su cuenta, sigue disfrutando de los éxitos de su obra no solo en el cine. Muy a su pesar es su creación más celebrada, aun cuando a sus 86 no ha dejado de escribir. Quizá por eso apenas sonríe.