Sentido contrario

Sylvia y James

Vistiendo oscuras ropas holgadas casi hasta el tobillo, con un moño enorme al frente de su camisa blanca, Sylvia Beach tenía todo el aspecto de una severa maestra de escuela primaria. Su gesto adusto y sus cabellos peinados hacia atrás sin sombra de coquetería acentuaban su aspecto enérgico, solemne. A sus 32 años estaba abriendo en 1919, en el local que antes había ocupado una lavandería, en un barrio populoso de París, una librería peculiar, empeñada en la difusión de la literatura en inglés. Parecía una locura que costaría el monto total de los ahorros de su madre. Al frente del pequeño local, Beach hizo colocar un retrato de William Shakespeare que le fue robado en el primer descuido. Los devotos del genio inglés repitieron la operación hasta tres veces. Luego el retrato quedó afianzado de tal manera que era imposible robarlo. Arriba, sobre la marquesina, se leía "Shakespeare & Company" en letras elegantes dibujadas por un letrista especializado. Con este nombre, la librería cobró muy pronto fama y prestigio. No solo vendía libros y revistas editados en Estados Unidos o en Gran Bretaña: también tenía un círculo de lectores que gozaban del préstamo de las novedades para su lectura en casa mediante un módico pago, organizaba lecturas, tertulias y pláticas, editaba una revista literaria, hacía presentaciones de libros y también servía de oficina de correos e información para los viajeros, en particular los de habla inglesa.

Nacida en Baltimore, Estados Unidos, hija de un pastor presbiteriano, Beach llegó por primera vez a París a los 14, cuando su padre fue enviado a Francia con la misión de atender las necesidades espirituales de los estudiantes estadunidenses allá. Fascinada por la cultura francesa, quedó atrapada en París para toda su vida. Allá murió en 1962.

De alguna manera, su librería se convirtió de pronto en un agitado corazón de la vida cultural gala. Por ahí pasaban todos los grandes creadores de las letras francesas e inglesas: André Gide, Gertrude Stein, Ezra Pound, T. S. Eliot, Ernest Hemingway, Scott Fitzgerald, D. H. Lawrence y James Joyce entre ellos. Beach los atendía con enorme devoción, como una dulce y acomedida hermana mayor. Escuchaba sus problemas, los visitaba en familia, los llevaba al médico, los presentaba entre ellos, traducía sus textos y los acompañaba en sus viajes.

Con James Joyce, el célebre autor de Ulises, llegó al extremo. Fascinada, obsesionada, mantuvo con el escritor irlandés una compleja relación de madre, esposa, hija, hermana. Invitada alguna vez a una fiesta de intelectuales, notó que todos se burlaban de alguien que enfáticamente se negaba a beber; para atizar las burlas, Ezra Pound había colocado frente a él todas las botellas a la mano. Beach encontró luego al tímido abstemio en un rincón de la casa, entre un montón de libros. Era Joyce. Beach recuerda aquel momento en las cálidas páginas de su libro de recuerdos Sylvia Beach Shakespeare & Company: "Nos dimos la mano; bueno, él colocó su lánguida y blanda mano en mi recia y pequeña garra, y no sé si se puede decir que eso fuera un apretón de manos".

Luego lo describe con extremo detalle: su estatura, sus manos, el color de su piel, su cabellera, su nariz, sus labios, su voz, sus ojos. "Sus ojos, de color azul oscuro, poseían la luz de la genialidad y eran extremadamente bellos; sin embargo, advertí que su ojo derecho tenía una mirada algo anormal y que el cristal derecho de sus gafas era más grueso que el izquierdo". Le habían diagnosticado glaucoma. Una cirugía en el ojo derecho practicada mientras padecía conjuntivitis había acabado por arruinarle casi del todo la visión. Pero Joyce no solo tenía problemas con sus ojos. Sus múltiples miedos, supersticiones y fobias lo perseguían, le robaban el sueño y la tranquilidad. Le tenía miedo al mar, a las tormentas, a las infecciones, las alturas, las monjas, a ciertos números y algunas fechas, a los sombreros y a los paraguas.

Aun así había trabajado en la escritura de su Ulises durante siete años. Pronto Joyce se convertiría en un integrante asiduo y destacado de la comunidad de la Shakespeare & Company. Descubierto su talento por aquel hombretón que se burlaba de sus negativas ante el alcohol, Pound, pronto sería también un autor celebrado y bien remunerado. Él mismo no tenía entonces una idea clara de su afortunado futuro como autor, tampoco la madura mujer estadunidense que se disponía a arroparlo de tal manera que terminaría editando personalmente el Ulises y haciéndose cargo incluso de su distribución por todos los medios imaginables. Pero la historia, claro, no termina aquí.