Sentido contrario

Sumas y restas

El matemático francés Évariste Galois tenía 20 años cuando murió con las primeras luces del 31 de mayo de 1832 en el curso de un duelo. Presintiendo su violento final en el extremo de una disputada pasión amorosa, había pasado sin sueño la noche anterior escribiendo cartas de despedida a sus amigos y familiares. También se dio tiempo para poner en papel un enredo numérico que desde un par de años atrás traía en mente y que salió luego a la luz asociado con su nombre, el Teorema de Galois, que desde entonces ha martillado la cabeza de muchos matemáticos empeñados en descifrarlo.

François-Henri Désérable acaba de publicar en Francia Évariste, una biografía novelada del “genio romántico y matemático” que descubrió el mundo de las matemáticas a los 15, identificado por algunos como el “Rimbaud del álgebra”.

En su lugar, muchos como yo habríamos muerto sin llegar a pegar un número con otro. Entramos y salimos de la escuela con la certeza de que el pensamiento matemático nos es ajeno, indescifrable. En las mismas condiciones, la mayoría de los profesores nos ayudan siempre a fortalecer esa idea y a menudo nos enseñan a sobrevivir al margen de un conocimiento que parece más bien una tortura. Odiamos los números, las fórmulas, las ecuaciones y nos negamos a comprender la teoría de conjuntos que con la mano en la cintura apuntaló Galois mientras sudaba frío a las puertas del más allá.

El resultado de esa alergia a los números que desarrollamos desde la infancia está a la vista en situaciones que parecen simples tras su complejidad. Por ejemplo, supe hace unos días de una novia que en pleno altar sometió a su casi marido a una prueba de aritmética bastante elemental. Ante un nutrido contingente de invitados se le ocurrió preguntarle cuál sería el resultado de sumar 15 más 6. El atolondrado muchacho soltó la primera cifra que se le ocurrió: 17, y la indignada chica lo mandó al carajo. Ahí acabó todo. No hubo boda, ni mucho menos luna de miel.

La dramática historia, que solo contribuye a alimentar el rechazo que muchos sentimos ante las sumas y restas por mínimas que sean, ocurrió en la India, un país que no figura en las estadísticas que recogen los índices de inteligencia por países. Está claro que el pensamiento matemático suele relacionarse con el talento peculiar de los más listos, los más inteligentes. Quien tiene mayor IQ estaría en posibilidad de lidiar con más facilidad con el pensamiento complejo. Las cifras les hacen los mandados, pues.

Habría que añadir aquí que México tampoco figura en ese listado de listos y que no está en el de los menos dotados, lo mismo que la India. Según una estadística difundida recientemente, las naciones cuyos habitantes tienen el más alto índice de inteligencia son Singapur, Corea del Sur y Japón. En Singapur, que aparece en primer lugar, tienen uno de los mejores sistemas educativos del mundo. Se entiende entonces que la manera como se manifiesta la inteligencia a través del pensamiento complejo es, en buena medida, consecuencia de un aprendizaje que incluye con certeza la sensibilización de los estudiantes y el desarrollo de sus aptitudes en relación con las matemáticas. Es posible que se incluyan también un par de reglazos en las nalgas de los alumnos, por aquello de que los números con sangre entran, lo mismo que las letras. Quién sabe.

En México estamos acostumbrados a batallar con los resultados adversos de la temida prueba PISA, que está por aplicarse en los próximos días. Quisiéramos manejarlos como si fueran obtenidos de las urnas electorales, para ganar aunque sea con trampa. Instrumentada con fines estadísticos por la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), la prueba de habilidades está dirigida a los estudiantes de 15 años de 71 países. La misma edad que tenía Évariste Galois cuando comenzó a adentrarse con mucho entusiasmo en las matemáticas. México se mueve tradicionalmente en los promedios más bajos, y alguna vez más abajo en una escala que muchos creían imposible.

No se necesita tener habilidades peculiares para asumir que los primeros lugares en los resultados de la prueba han estado siempre en manos de los estudiantes de Singapur, Corea del Sur y Japón. Y ni qué decir de sus sistemas educativos. En Singapur los pequeños aprenden entre los seis y los doce años inglés, ciencias, humanidades y artes. Y matemáticas. Lo demás está en manos del gobierno, que debiera preguntarse siempre qué puede ofrecerles en el mercado laboral a estudiantes tan aventajados. En realidad es esa la verdadera prueba. Con todo y su talento matemático, Galois la reprobó a los 20.