Sentido contrario

¿Somos, estamos o qué?

A mediados del año pasado un destacado especialista en psicobiología que trabaja para el Instituto de Neurociencias de la Universidad Autónoma de Barcelona, Ignacio Morgado, publicó su libro La fábrica de las ilusiones. Una de las ideas que rondan por sus páginas parece bastante estremecedora: el mundo es una ilusión creada por el cerebro. "Nada de lo que hay aquí está realmente fuera, todo son ilusiones creadas por nuestro cerebro", asegura.

Ha estudiado el cerebro humano durante largos años y en su trayecto científico ha llegado a la conclusión de que hay ahí moléculas que crean ilusiones. Morgado ilustra su hallazgo con los muchos casos registrados en los anales de la medicina de pacientes a los que les ha sido amputado algún miembro y se quejan de dolores intensos en el miembro ausente. Poco romántico, sostiene, por si fuera poco, que también el amor es una ilusión, como muchos hemos podido constatar.

Por supuesto, Morgado no es el único que ha indagado sobre los más recónditos secretos del cerebro. Un psiquiatra estadunidense, Andrew B. Newberg, ha trabajado largamente para esclarecer, aunque sea un poco, algunos de sus misterios. Sus conclusiones han dejado a muchos con la boca abierta. Y no es para menos. Está seguro de que Dios vive ahí adentro. En serio. Las muchas tomografías computarizadas que ha practicado a sus pacientes para integrar sus protocolos de investigación lo han llevado a concluir, por ejemplo, que "si alguien está arrepentido ante Dios se corresponde con una baja actividad en su lóbulo frontal". Eso declaró hace unos meses, aunque muchos no estén de acuerdo con sus afirmaciones. Eso sí, ha advertido que "no hay un circuito específico religioso, pero sí muchas áreas que aparecen conectadas de diversas formas, dependiendo de la experiencia". A partir de sus indagaciones tiene ahora la convicción de que hace falta una nueva "ciencia": la neuroteología.

En realidad, si se le mira sin demasiada solemnidad, aunque sin dejar de lado la seriedad que el asunto amerita, el cerebro da para todo y para todos. Hace unos años, en 2008, Susana Martínez-Conde, directora del Laboratorio de Neurociencia Integrativa de Nueva York, y su marido, el neurólogo Stephen L. Macknik, echaron a andar un sorprendente concepto que llamó la atención de muchos especialistas, que a la larga no le hicieron demasiado caso: la neuromagia. Así, tal cual. Lo explicaron con amplitud en un ensayo publicado bajo el título "Magic and the brain" en una revista científica en la que colaboran con frecuencia, Scientific American. Hablan ahí de una posible intersección entre la magia y la neurociencia, que "en principio nos podrían parecer muy dispares, pero que sin embargo tienen grandes puntos de interés en común".

Se refieren no solo al hallazgo de intereses compartidos entre estas dos disciplinas, dicen, sino también a "la relación simbiótica que puede establecerse: qué es lo que la magia puede aportar a la neurociencia, y viceversa, cómo podemos entender cada uno de estos campos desde el punto de vista del otro".

Late en las apreciaciones de estos especialistas la hipótesis de Morgado en el sentido de que el mundo es una ilusión creada por el cerebro. Bordan todos en realidad en torno a un asunto que ha nutrido desde hace años a la filosofía y a la literatura, en particular a las letras que juegan con temas a veces descabellados en el campo de la ciencia-ficción. ¿Somos realidad o solo la ficción de alguien... o de algo, una computadora, por ejemplo? ¿Una alambicada fantasía? Tal vez vivimos en el sueño de alguien, un ebrio o un adicto atrapado en una pesadilla tras otra. Hay que temblar, aunque sea un poquito con esta siniestra posibilidad.

Hace poco Martínez-Conde declaró ante los medios con la mayor seriedad: "Debemos asumir, para la vida cotidiana, la existencia de la realidad, pero no es algo que podamos demostrar científicamente. Sería imposible probar que todo lo que somos y consideramos no es una simulación de ordenador. Podríamos ser quizás personajes en un juego de ordenador, o en una novela, pero eso es una cuestión más filosófica que científica. Yo creo que para hacer investigación debemos partir de ciertas condiciones básicas, y la existencia de la realidad es una de ellas".

Tal vez lo dijo para tranquilizar un poco a los periodistas que la escuchaban con cierto sobresalto. Por si no lo conseguía, remató sus dichos a fin de cuentas con una sola frase: "Somos nuestro cerebro y punto".

Pero para entonces muchos ya tenían los pelos de punta. Y así siguen, al menos en lo que alguien consigue descifrar los secretos del cerebro.