Sentido contrario

Sombras del mal

Cuando Carl Mayer y Hans Janowitz se sentaron a escribir una historia en la que vertían todas las frustraciones y amarguras que habían dejado en su alma atormentada las experiencias vividas bajo el opresivo mando militar en la guerra recién terminada, nunca imaginaron que su personaje central, el siniestro doctor Caligari, daría identidad con su nombre a un futuro de sufrimiento, sangre y muerte que apenas se dejaba ver entonces en Alemania y en buena parte de Europa: el caligarismo.

El personaje de un psiquiatra sombrío y vengativo, en realidad un torvo asesino, en alusión a una autoridad excesiva e inapelable, el doctor Caligari de su trama fílmica, no les era para nada ajeno. Estaba derivado de los profesionales de la salud mental que, al servicio del Estado autoritario, habían reducido a escombros la vida de algunos de sus familiares más cercanos. El propio Mayer había conocido de cerca esa devastadora experiencia como cliente frecuente de los psiquiatras militares.

El gabinete del doctor Caligari, la película que ambos concibieron con tanta rabia, marcó la más alta cumbre del expresionismo alemán en 1919 con la sorprendente realización de Robert Wiene, pero también marcó un momento definitivo en la fila que formaban desde unos años antes un montón de personajes del cine alemán caracterizados por sus escasos escrúpulos, sus ambiciones desmedidas y sus múltiples recursos para hacerse con el poder. Seducían en las pantallas, intimidaban, engañaban, mentían, hipnotizaban, como más tarde lo haría Hitler en la vida real a un costo de millones de vidas.

A Caligari le precedieron, en efecto, los tiranos fabricados en laboratorios fantásticos, como el de la saga de Homunculus, de Otto Rippert, y el de El golem, de Henrik Galeen y Paul Wegener. En la primera, su odio termina desatando una guerra mundial, en la segunda acaba rebelándose contra la comunidad judía que le había dado vida en busca de su protección. Le siguen Nosferatu, el vampiro, de Murnau, y El doctor Mabuse, de Fritz Lang, entre los más conocidos. La pesadilla de las premoniciones agonizó con el expresionismo a las puertas del nazismo en el poder. Entonces los tiranos caligarescos toparon de frente con la figura siniestra de Hitler y se fundieron con ella.

Siegfried Kracauer y Lotte Eisner documentaron desde las tinieblas de su tiempo el fenómeno de la tiranía hitleriana advertida con mucha anticipación por la expresión fílmica al modo de una trágica premonición, como explicaría más tarde Lang desde el exilio.

Kracauer advierte en su volumen De Caligari a Hitler: “El parentesco del Dr. Mabuse con el Dr. Caligari no debe ser despreciado. Él es también una mente sin escrúpulos, animada por el goce del poder ilimitado. Ese superhombre encabeza una pandilla de asesinos, falsificadores y otros criminales, con cuya ayuda aterroriza a la sociedad, particularmente a las multitudes de la posguerra, ávidas de placeres fáciles”. Cuenta tambien cómo Lang definió a su Mabuse como un “documento del mundo contemporáneo y atribuyó su éxito internacional a sus virtudes documentales más que a las emociones que pudiera ofrecer”.

Lang saldría huyendo de Alemania, donde era el más consentido de los realizadores cinematograficos, inmediatamente después de una reunión con Josef Goebbels en el Ministerio de Propaganda hitleriano que encabezaba con lamentable eficiencia. Una reunión en la que el lacayo del tirano lo hundió en el foso del miedo con sus insultos y amenazas, con su prohibición expresa de la difusión de la segunda parte de su Mabuse, y que concluyó con el ofrecimiento de la dirección general del aparato fílmico nazi. Frente a sus ojos, como una revelación, el mito del tirano que rondaba sin descanso por las salas cinematográficas de Alemania se había despojado de su máscara para mostrar su verdadero rostro: el de Adolfo Hitler. Una premonición que se había hecho realidad.

En aquellos tiempos de derrota, de miseria creciente, de hambre y desempleo, de incertidumbre, corrían sin cesar los miedos, los rumores, las fantasías. Los mismos nazis habrían echado mano de las ciencias ocultas, de la magia y el esoterismo para asegurar su triunfo. En ese mar agitado de terrores apenas contenidos todo podía suceder. No por nada el expresionismo tejió historias de miedo y muerte con la luz y la sombra como herramientas. Los astrólogos, los adivinadores, veían cómo salía de la oscuridad una figura fuerte y poderosa, capaz de poner nuevamente en pie a una nación derrotada, hundida en la miseria moral y material. Para algunos era una esperanza; para los cineastas y el mundo entero, una desgracia.