Sentido contrario

Sangre azul

Ted Maher tenía un vago parecido con el siniestro Norman Bates de Psicosis, la célebre película de Hitchcock. No solo por su aspecto: flaco, demacrado, con gesto angustiado, tenía antecedentes familiares de enfermedad mental. Su padre y otros parientes cercanos habían vivido con diagnóstico de esquizofrenia. Muchos lo describieron como un loco en el curso del juicio que enfrentó por el asesinato de Edmond Safra, uno de los hombres más ricos del mundo, en su exclusivo departamento en Mónaco, en los primeros días de diciembre de 1999. Deprimido, lloroso, Maher dijo que amaba al banquero de origen libanés y que lo había matado sin querer. Al servicio del magnate como enfermero, provocó en la madrugada un incendio en su departamento fingiendo un atraco. Su idea era salvarlo para ganarse su aprecio. Pero el fuego alcanzó rápidamente proporciones devastadoras y el banquero falleció asfixiado por el humo, encerrado con su asistente doméstica en un baño blindado. Pero durante el juicio al que fue sometido luego surgieron otras interrogantes. Nadie pudo explicar por qué los bomberos de una pequeña ciudad poblada de ricos y famosos tardaron dos horas y media en llegar al lugar del incendio. Tampoco quedó en claro por qué los escoltas de Safra no estaban en las inmediaciones del edificio. Tampoco su jefe de seguridad. Llamado para emitir un peritaje, un experto en seguridad con experiencia en la custodia de figuras políticas de primer nivel aseguró que una persona como Safra nunca debió estar solo en su departamento. Trascendió entonces que Lily Safra, la esposa del difunto, había enviado a los guardias a una finca en Francia. Que hacían más falta allá donde no había nadie.

Finalmente Lily Safra quedó en posesión de la cuantiosa fortuna de su marido. Hoy tiene en sus cuentas bancarias un millón de millones de dólares. Como debe ser, el enfermero fue a dar a la cárcel.

Mónaco, con una población de poco más de 30 mil ricachones, con sus boutiques de lujo, sus restoranes exclusivos, sus residencias espectaculares, su atracadero atiborrado de costosos yates y sus millonarios paseando por las calles, regresó hace unos días a las crónicas de la página roja de los diarios de todo el mundo. Desde el crimen de Safra nunca explicado con claridad había vivido prácticamente sin sobresaltos. Esta vez, sin embargo, la sangre no corrió por el principado, sino en la vecina Niza, en territorio francés, a unos 20 kilómetros. Al atardecer del seis de mayo, Hélène Pastor y Mohamed, su chofer, salían del estacionamiento de un hospital cuando fueron atacados a tiros por un sujeto desconocido. Disparados con una escopeta para caza mayor, algunos proyectiles dieron en el cuello, la cara y el pecho de la acaudalada dama, que fue enviada de inmediato a un quirófano de urgencias. Su chofer quedó muerto en el lugar de los hechos.

A sus 77, Hélène disponía de una fortuna cercana a los 30 mil millones de dólares, la mayor fortuna del principado después de la del príncipe Alberto. Desde finales de los noventa, los Pastor controlan buena parte del mercado inmobiliario de Mónaco, donde el metro cuadrado se cotiza sobre los 45 mil euros. La familia Pastor hizo su fortuna construyendo edificios de departamentos a todo lujo para alquiler en medio millón de metros cuadrados de su propiedad, prácticamente todos con vista al cálido Mediterráneo.

Cinco equipos quirúrgicos altamente especializados nada pudieron hacer por la vida de la acaudalada dama. Cuando falleció un par de semanas después del atentado, los ricos de Mónaco sintieron un escalofrío colectivo. Muchos se sintieron en la mira del bajo mundo.

Y tal vez no están lejos de la realidad.

Una docena de testigos y varias cámaras de vigilancia en la zona registraron el paso de dos individuos luego de la balacera. Caminaban tranquilamente. No fueron identificados. Mientras la policía no da pie con bola, los rumores crecen entre los temerosos ricachones: las mafias rusa, napolitana y calabresa están dejando ver su presencia cada vez más clara e impune en el paraíso. Casi todos los negocios, las fuentes de enriquecimiento de los selectos residentes de Mónaco, en particular las jugosas operaciones en el mercado inmobiliario, ofrecen oportunidades particulares para el lavado de dinero mal habido. De hecho, los negocios inmobiliarios allá se llevan a cabo omitiendo los nombres de los involucrados. Y no solo los mafiosos han aprovechado esas oportunidades. También han gozado de sus beneficios muchos ricos como los que pasean por la Costa Azul, rubios, de piel bronceada, ropa de lino y algodón fino, sombreros de paja y lentes oscuros.