Sentido contrario

Ricos y pobres

Por primera vez en años puedo respirar tranquilo. Hasta había olvidado qué se siente vivir en paz y con un futuro promisorio por delante. Me ha devuelto la esperanza un organismo, el Instituto Cato, con sede en Washington, que hace investigaciones básicamente sobre temas sociales, económicos y de administración pública al margen de los partidos políticos y sin patrocinios gubernamentales. Le ayuda en esta tarea un selecto equipo internacional de académicos e investigadores.

El reporte difundido por el organismo al comienzo del año incluye un índice de la miseria mundial correspondiente a 2014, que alude a más de un centenar de países desparramados por el mapa e incluye un estimado de los factores que determinan la pobreza que padecen millones de individuos. Para comenzar, queda establecido ahí que Venezuela, Argentina, Siria, Ucrania e Irán son las naciones más miserables del mundo, y que los países más prósperos son Brunéi, Suiza, China, Taiwán y Japón.

México ocupa el lugar 75 entre 108 países, y debe su miseria en mayor medida al desempleo. Es esa posición en el índice la que nos devuelve el alma al cuerpo, aunque sea a medias. Muchos pensábamos que las cosas estaban peor en este país de balas y votos. Es feo decirlo, pero hay muchos países que están de veras mal. Venezuela, por ejemplo, ocupa el primer sitio entre los miserables, pero sorprende hallar en una posición muy cercana a países que uno creía prósperos. O que lo fueron hasta que la desgracia les cayó encima, como España, que ocupa el lugar 16, lastrada por el desempleo, un factor determinante en un buen número de países. Contra lo que pudiera parecer, las cosas están mucho mejor en Portugal, que anda por la posición 40.

Pero no deja de sorprender  la noticia de que estamos mejor que en Arabia Saudita, que está en el lugar 47, también con un alto índice de desempleo. Italia y Francia andan también sufriendo por la pobreza, en el sitio 51 la primera y en el 71 la segunda. Quién fuera a decirlo: están peor que México, pero es novedad que en El Salvador, Filipinas y Panamá están mucho mejor.

Nada como los números para ubicarse y recuperar el aliento. O perderlo. Con las cifras entiende uno clarito por qué el príncipe Abdul Malik se acaba de casar hace unas semanas con una chica de nombre infinito, Dayangku Raabi’atul’ Adawiyyah Pengiran Haji Bolkiah, vistiendo ropas de oro con adornos de diamantes. Aunque en las fotografías del magno evento ninguno de los dos parece muy feliz con el enlace. Ella parece más bien triste y resignada con su ramo de novia confeccionado con gemas, sus zapatos con incrustaciones de cristal y sus accesorios de oro, diamantes y esmeraldas. Él, forrado de oro y gemas, parece aburrido en su palacio con casi mil 800 habitaciones, que podría alojar a unos 5 mil invitados. Su papi es Hassanal Bolkiah, el sultán de Brunéi y uno de los tipos más ricachones del mundo. Viven en el país con menos miserables y les preocupan más que otras cosas las tasas de interés. Cuesta trabajo entender por qué no se muestran muy felices en su fiesta. Tal vez les incomoda tanta ostentación.

Pero los números son relativos. Nos hacen ver que estamos bien, pero también muy mal. No sabemos distribuir la prosperidad. De hecho, la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE) nos acaba de ubicar entre las naciones desarrolladas con los más altos índices de desigualdad, al lado de Chile, Turquía, Estados Unidos e Israel. En su informe, la OCDE advirtió que “al no atacar las desigualdades, los gobiernos cortan el tejido social de sus países y dañan el crecimiento económico a largo plazo”. El organismo observa también que “el creciente porcentaje de gente que trabaja a tiempo parcial, con contratos temporales o a través del autoempleo, es un eje importante de la creciente desigualdad”. El terreno se torna aquí un poco pantanoso. En México muchos empleados formales ganan sueldos de miseria y muchos entre quienes viven en la economía informal amasan fortunas de envidia.

Para quienes se sienten perdidos en este terreno tan poco firme, la OCDE ha diseñado una aplicación que suministra eficaces dosis de cápsulas de ubicatex. Es decir, permite a los desprevenidos usuarios ubicarse entre los ricos, la clase media o los pobres, según el caso, ya que la mayoría de nosotros no tenemos ni idea de dónde andamos. Eso dice la OCDE. Es decir, no sabemos qué se siente ser pobre, rico o clasemediero. Pero si se responde el cuestionario disponible en la página web del organismo sabremos dónde estamos. Tal vez alguien descubra que es tan rico como el sultán de Brunéi y ni siquiera estaba enterado.