Sentido contrario

Pronto, en su cine más cercano…

Hollywood nació racista, déspota, clasista, sexista, prepotente. Comenzó refiriéndose a los negros como una lacra de la que había que librarse y se siguió de largo describiendo a los mexicanos como borrachines afodongados, a los chinos como crueles torturados, a los franceses como seductores raterillos, a los españoles como pintorescos y serviles bailadores de flamenco, a los rusos como turbios y torpes espías, y un humillante etcétera que recorre la geografía del mundo entero. Nadie escapa a sus sumarias definiciones exotistas. Desde hace unos 100 años los gringos han ideado sus películas así, fumando puros, bebiendo whisky, con las botas sobre el escritorio y mirando al mundo de arriba a abajo.

Prácticamente nadie les ha puesto el alto, aunque no ha faltado quien se diga lastimado por sus ofensivos discursos, en los que los gringos quedan siempre más que bien. Uno de los pleitos más sonados que ha enfrentado la industria estadunidense desde que David W. Griffith fue obligado por las organizaciones defensoras de los derechos civiles a matizar su racismo en El nacimiento de una nación, fue el que libró a finales de los setenta, cuando los países alineados con la Unión Soviética se retiraron en bloque del Festival de Berlín en protesta por el agresivo relato de El francotirador. Fue un pleitazo que acabó solamente en un mal recuerdo para todos.

Quienes viven del negocio del cine allá invariablemente se apresuran a cerrar filas cuando los jerarcas de la industria lo ordenan. Paradójicamente, son alérgicos a la política local. Joden a todo el mundo pero cierran el pico cuando los cadáveres entran y salen del clóset, aunque a veces les brinca por ahí un prietito en el arroz. No hace mucho, en agosto pasado, Penélope Cruz y Javier Bardem, actores españoles al servicio de Hollywood, dejaron ver públicamente su desacuerdo con los brutales bombardeos de Israel contra quienes viven en la Franja de Gaza. Denunciaron el genocidio emprendido sin remordimientos por Israel con el beneplácito del gobierno estadunidense, y los hicieron picadillo en cosa de segundos. Lo menos que les dijeron fue que eran claramente antisemitas y los voceros de la Fox gritaron por todas partes que la cadena había nombrado a Penélope Cruz “la tonta de la semana por tirar basura contra Israel, nuestro gran aliado”. Lo mismo le sucedió a Michael Moore cuando cuestionó al presidente George W. Bush por la invasión a Irak. Vive desde entonces en el lado oscuro de la industria.

Sin embargo, ahora la prudencia de los cineastas estadunidenses ante los asuntos políticos que atañen a su nación ha jugado contra la industria que les da de comer. El actor George Clooney está rabiando en estos días contra sus colegas en todos los niveles de la producción fílmica, que se han negado a firmar una carta de protesta contra quienes estén detrás del “escalofriante y devastador” ciberataque que sacó a la luz pública la mayor parte de las intimidades de la casa productora Sony: desde las direcciones de correo electrónico de sus miles de empleados y los sueldos que perciben, hasta los proyectos que guardaban celosamente en sus archivos electrónicos. De paso, también inutilizaron buena parte de sus equipos de cómputo.

Y quienes estarían detrás del ataque cibernético perpetrado hace poco, según los gringos, serían las autoridades coreanas, en revancha por el anunciado estreno de la película La entrevista, en la que dos improvisados agentes de la CIA terminan asesinando a Kim Jong-un, el máximo líder de Corea del Norte. El personaje de hecho es ahora el juguete de moda entre los industriales del espectáculo en Estados Unidos, incluidos los videojuegos. Líder glorioso, un juego en el que aparece Kim Jong-un como un guerrero con poderes extraordinarios, está a punto de llegar a las tiendas allá.

Pero La entrevista sí se quedó en el camino, por lo menos hasta ahora. Aunque Sony no tiene a la mano más que su paranoia o sus remordimientos de conciencia para culpar al gobierno coreano del ciberataque, insiste en encontrar ahí a los responsables. Y decidió cancelar el estreno de la cinta. Ni tardo ni perezoso, Barack Obama se ha colado en el pleito anunciando represalias contra los norcoreanos. Kim Jong-un no se ha quedado atrás. Ha respondido a Obama con absurdas amenazas. Parecería que el mundo está a las puertas de una tercera guerra mundial a causa de una película que, sin duda, estaría mejor en el cesto de la basura. El presidente estadunidense hace como que no sabe que se trata de una campaña de publicidad de Sony para calentar el estreno de una más de sus horrendas películas racistas y prepotentes.