Sentido contrario

Peligros y placeres del voyerismo

Alfred Hitchcock le obsesionaban las miradas de sus actores y de sus personajes. También las de sus espectadores. A menudo derivaba de una mirada una situación, una relación, un conflicto, una pasión en la que involucraba al sorprendido público. Los ojos eran para él un mundo vasto y complejo. Cuando filmó Cortina rasgada, un thriller de espionaje en el que Paul Newman interpretaba a un científico estadunidense habilitado como espía tras la Cortina de Hierro en busca de secretos nucleares, le pedía al celebrado actor que se expresara a través de la mirada. Formado en la técnica de actuación de Lee Strasberg, Newman le pedía una motivación para interpretar a su personaje. Nunca pudo satisfacer las exigencias del realizador británico, que terminó odiándolo a muerte.

James Stewart en cambio rebasó con mucho sus expectativas en Vértigo, para muchos la mejor de sus películas. La cinta, que comienza con una secuencia con los créditos montados sobre imágenes de unos ojos, describe las desventuras de un policía retirado atrapado en los laberintos de un elaborado crimen. El maduro ex agente que interpreta Stewart transita por buena parte de la trama como un voyerista que cuida los pasos de una mujer con tendencias suicidas. La observa en sus rituales extraños, y cuando atenta contra su vida Hitchcock convida al espectador a participar en sus jugueteos voyeristas y lo hace mirar sus calzones mojados colgando en el baño.

Hitchcock lleva al extremo el juego de las miradas y de las tentaciones del voyeurismo en La ventana indiscreta. En su espléndido libro El cine según Hitchcock, François Truffaut consigna un comentario del realizador británico a propósito de las reacciones de la crítica especializada tras el estreno de esta película: "Digámoslo, el personaje era un voyerista, un mirón... Me acuerdo de una crítica a este respecto. La señorita Lejeune, en el London Observer, escribió que La ventana indiscreta era una película horrible porque había un tipo mirando constantemente por la ventana. Creo que no debió escribir que era horrible. Sí, el hombre era un voyerista, pero ¿no somos todos voyeristas?".

Para echar a andar su discurso voyerista, Hitchcock hizo construir en un estudio un edificio con todos sus servicios. Enfrente, desde la ventana de su departamento, un fotógrafo inspirado en Robert Capa se repone de una fractura en su pierna enyesada. Mata el tiempo atisbando sin recato la intimidad del vecindario, cuestionado por sus cercanos por su compulsión voyerista. Pero sus criticadas miradas furtivas lo llevan a descubrir un crimen.

Hitchcock había elaborado mucho sus ideas para llevar al cine su versión de una historia más o menos corta de Cornell Woolrich, un escritor estadunidense de novelas de corte policiaco, muy llevado al cine. El propio Truffaut adaptó un par de sus obras para las pantallas fílmicas, pero Hitchcock ni siquiera menciona su nombre en sus entrevistas con el realizador francés recogidas en El cine según Hitchcock. No eran las virtudes literarias de Woolrich lo que le interesaba, sino la oportunidad que su texto le brindaba para construir un sólido relato estructurado a partir de la mirada. "Tenía la posibilidad de hacer un filme puramente cinematográfico. Por un lado, tenemos al hombre inmóvil que mira hacia afuera. Es un primer trozo del filme. El segundo trozo hace aparecer lo que ve y el tercero muestra su reacción. Esto representa lo que conocemos como la expresión más pura de la idea cinematográfica", celebraba.

Pero a Hitchcock le fue insuficiente la trama urdida por Woolrich, de manera que nutrió en buena medida su idea cinematográfica con dos casos célebres de la página roja británica sobre feminicidios. En uno de ellos, un hombre que asesina a su mujer y la corta en pedacitos, como sucede en La ventana indiscreta, arroja la cabeza a la chimenea en llamas en medio de una tormenta y descubre aterrado que los ojos de su víctima se abren en medio del fuego y lo miran fijamente. Tal vez el realizador no se atrevió a describir la muy cruda escena, que habría encajado muy bien en el contexto de su obsesión por las miradas, y decidió en cambio que la cabeza fuera enterrada.

Quizá Hitchcock tenía razón y la historia de Woolrich no era tan buena sin sus aportaciones para llevarla al cine. El texto, sin embargo, se mantiene vigente con sus alusiones al voyerismo de su personaje central, como lo prueba la breve temporada de la versión escénica que se está representando en el Hartford Stage, en Connecticut, Estados Unidos, con Kevin Bacon a la cabeza del reparto, bajo la dirección de Darko Tresnjak.