Sentido contrario

Paranoia

Para Federico Campbell

 

Un amigo muy querido, entregado casi de manera obsesiva a los más oscuros sótanos de la investigación científica, me confió hace poco uno de sus mayores temores después de exigirme una discreción extrema. Nadie debería saber el secreto de todos sus miedos, ni siquiera su dulce y frágil compañera. “Es como una pesadilla surgida de la más aventurada ciencia ficción y puede hacerse realidad en fechas muy próximas”, me dijo en un estremecimiento.

Me describió a grandes rasgos las consecuencias de la pesadilla que presagiaba: nadie estará a salvo, todos seremos esclavos, oprimidos por un ejército de crueles gigantes que
habrá de obligarnos a procurarles alimentos y cuidados. Por su fuerza, su estatura y su capacidad organizativa, nada podremos hacer contra ellos. Son invencibles, sumamente inteligentes y vienen de un mundo minuciosamente establecido, con clases sociales y gobierno muy definido, pero sobre todo vigilado por un ejército descomunal y prácticamente invencible.

Serio y profesional como es en sus tratos con la ciencia del más alto nivel, me dejó helado con sus premoniciones. Hasta me temblaron un poco las piernas mientras me describía el negro futuro de la humanidad. Seguro de lo que decía, hasta había escrito un largo artículo sobre el tema para una revista científica. Me explicó que en realidad seguía los pasos de Mark McMenamin, un investigador del Mount Holyoke College de Massachusetts, que no se aparta de ese tema desde el hallazgo hace un par de años del habitáculo de un enorme bicho marino de más de 30 metros de longitud. Sin duda, un calamar gigante que, según el científico, habría sembrado el terror hace unos 200 millones de años.

De eso hablaba mi amigo. No se refería a hordas de zombis ansiosos por comerse a medio mundo, ni a los políticos ambiciosos y mentirosos extendiendo a su nombre la factura del país, mucho menos a los gringos brincando nuestra frontera en plan de guerra ni a millones de chinos armados hasta los dientes y empeñados en la conquista del mundo entero. No. Hablaba de los calamares. Y advertía con voz trémula: erguidos, saldrán de las profundidades marinas en formación militar y tratarán de conquistar nuestras ciudades, nuestros países, nuestro universo entero. De enorme fortaleza física, inteligentes y bien armados, dotados con armaduras naturales, serán imbatibles sobre todo por su enorme estatura. Algunos, decía, llegan a medir hasta 14 metros de altura, y en estos ejemplares recae sobre todo el liderazgo, la conducción de las tropas. Cuando eso suceda, ni quien vuelva a comer pescados o mariscos. Los alimentos seremos nosotros.

Mi amigo retomó sus angustiadas advertencias hace un par de semanas. Me llamó por teléfono a la media noche y en medio de gran secreto me citó en la oscuridad de un parque en la Condesa. Me sentí como un espía en plena guerra fría. Llegó con una computadora portátil y me mostró con aire de te lo dije las imágenes de un calamar que alguien había filmado en las profundidades marinas, cerca de las costas de Japón. Brillando en un abismo acuático de 600 metros, en plena oscuridad, la bestia parecía no solo misteriosa, sino también muy amenazante con sus ocho metros de largo y las ventosas de sus tentáculos llenas de agudos dientecillos.

Se me llenó la cabeza con las imágenes de los monstruos fílmicos creados por los japoneses después de los bombazos nucleares, en los cuarenta. Hasta Godzilla y Mothra se podrían unir a la devastación de nuestro mundo, con
ayuda de la Tarántula y King Kong, liderados todos por el Kraken. Sentí una soledad miserable, una indefensión terrorífica. No somos nada, pensé con una impotencia inevitable.

Guardé largamente en el fondo de mi memoria los temores que había sembrado en mi ánimo mi amigo científico hasta hace unos días, cuando me encontré con las imágenes de un calamar que habían hallado en Estados Unidos, en una playa californiana. Según los testigos, el bicho tenía casi 50 metros de largo y era resultado de una mutación provocada por las radiaciones liberadas en el desastre de 2011 en la planta
nuclear de Fukushima, en Japón.

Mi imaginación me puso enfrente de un ejército de calamares como ese, pero bien vivos y empeñados en dominarnos. Supe luego de una polémica en las redes sociales a propósito de esas imágenes que, según aseguraban muchos, eran falsas.

Llamé a mi amigo de inmediato. Me respondió su esposa con voz angustiada. Me dijo que no sabía dónde estaba su marido, que lo había visto salir de la casa a medianoche con un visor enredado en la cabeza y
un arpón en la mano. Iba echando gritos como un guerrero enloquecido…