Sentido contrario

Papito querido

Guardo entre los recuerdos más atroces de mi infancia la escena que un día infame presenciamos aterrados todos los niños de mi grupo en la primaria. En plena clase irrumpió en el aula un tipejo enorme, de cabellos rojos y mirada fiera. Con gritos destemplados llamó a su hijo al frente mientras se quitaba un cinturón de cuero adornado con trozos de metal. Compareció entonces el muchacho, mi compañero, mi amigo más próximo, como quien se presenta sumiso ante el verdugo inevitable. Pude ver que temblaban sus piernas. Recibió entonces una golpiza espeluznante que, entre llantos y gritos, libró apenas cubriendo su rostro con las manos. Lo dejó tirado en el piso casi inconsciente y se fue como llegó, como un huracán inesperado. Todos nos quedamos temblando también, incluida la sorprendida profesora. Nos preguntábamos qué había hecho para merecer un castigo de ese tamaño y nos sentíamos culpables por no haber hecho nada para protegerlo. Siempre me he preguntado qué habrá sido de él, cómo habrá sobrevivido a su padre y a la tortura de sus golpes. Aún me siento culpable por su sufrimiento.

Como él, muchos somos sobrevivientes de las acciones de nuestros padres. Llevamos en el alma las cicatrices de su afecto, de sus cuidados, de sus preocupaciones sobre nuestro futuro. Estoy seguro de que el padre de mi amigo estaba convencido de que hacía lo que hacía por su bien. Le expresaba su amor a punta de golpes. Hay padres así. Montones. Millones.

Muchos hemos pasado buena parte de nuestra vida tratando de descifrar el enigma del padre. Intentamos una y otra vez esclarecer su imagen borrosa entre una maraña de recuerdos buenos y malos. Nos gustaría recuperarlo, entenderlo, quizá perdonar sus errores. Abrazarlo y besarlo. Federico Campbell cargó sobre sus espaldas prácticamente toda su vida el cadáver de su padre. Con ese sufrimiento caminó largamente sobre las brasas del psicoanálisis y escribió ensayos, libros enteros sobre un misterio que seguramente logró desentrañar solo a medias. Desde que lo conocí en los días de juventud me impresionaba la manera como bordaba todo el tiempo sobre el tema. A veces con dolor, a veces con curiosidad, a veces con nostalgia hablaba de su padre telegrafista, como Octavio Paz del suyo, seducido, perdido en los embrujos del alcohol. Quizá otras sombras lo habrán afligido.

La última vez que lo vi, poco antes de su muerte, andaba curioseando en una tienda de discos y videos. Yo también. Me dio gusto encontrarnos. Me recordó un texto que había escrito hace poco en este espacio sobre el libro del irlandés Colm Tóibín Nuevas maneras de matar a tu madre, que entonces comenzaba a circular. Me presumió que recién lo había conseguido a través de una de esas librerías célebres por sus sándwiches y sus enchiladas. Tóibín hablaba ahí de su tema frecuente. Del padre y de la madre y de su enorme capacidad destructiva, que a menudo queda pegada para siempre a la vida de sus hijos. Para mal. Indagando sobre los padres de otros, Campbell indagó muchas veces sobre el suyo.

Tóibín también. En su libro espléndido no anda solo tras los pasos de la madre en busca de nuevas maneras para deshacerse de sus maldades. También habla del padre. Evoca, por ejemplo, los recuerdos de Barack Obama sobre su progenitor ausente: “Poco después de mi vigésimo primer cumpleaños recibí la llamada de un desconocido para darme la noticia de su muerte”. Su padre, sin embargo, había abandonado el hogar familiar muchos años atrás: “En el momento de su muerte mi padre seguía siendo un mito para mí, próximo y lejano al mismo tiempo”.

Del mismo modo, el irlandés retoma las palabras de James Baldwin, el autor de Nadie sabe mi nombre: “No conocía muy bien a mi padre. Nos llevábamos mal, en parte porque los dos teníamos, de diferentes maneras, el vicio del orgullo obstinado. Cuando murió, caí en la cuenta de que apenas había hablado con él. Cuando llevaba muerto mucho tiempo, empecé a desear haberlo hecho”.

No es fácil ser padre. Parece una tarea asignada que muchos no entienden para nada. O apenas un poco, a su modo más o menos atrabancado. Tóibín relata cómo el brillantísimo Thomas Mann, padre de seis hijos, sentía particular afecto por su pequeña Érika. Durante los días de la Primera Guerra Mundial, cuando los alimentos escaseaban, había en la mesa familiar solo un higo solitario. El literato lo tomó y se lo entregó a Érika mientras sus demás hijos lo miraban sorprendidos. Entonces Mann dio cuenta de sus motivos: “Hay que acostumbrar a los niños a la injusticia desde el primer momento”.

Años después, dos de sus hijos se procuraron la muerte por mano propia.