Sentido contrario

Todos contra Pamela

Mary Poppins es una de las películas más horrendas que se han filmado. Un amigo muy querido me contó alguna vez cómo su padre lo obligó a verla en su adolescencia a modo de castigo después de hallarlo fumando a escondidas. En medio del tedio insoportable no lo dejó dormir ni un segundo. Desde entonces odia el cine. Odia también el tabaco. Con ese trágico episodio en los cimientos de su biografía, Pávlov determinó para siempre su triste existencia, llena de sobresaltos por los frecuentes episodios de depresión y angustia que sufre desde entonces.

Nunca he llegado a comprender bien a bien por qué diablos Walt Disney se empeñó durante 20 años en llevar al cine la novela de Pamela Lyndon Travers, una oscura escritora australiana nacida en los últimos días del siglo XIX, como tampoco he dado por existentes las virtudes que hicieron de Harry Potter un personaje digno de una saga fílmica no tan exitosa como sus productores hubieran deseado.

Por supuesto, tampoco entiendo cómo se le podría ocurrir a alguien emprender una segunda versión de la cinta que en su momento interpretaron con la mejor de las voluntades Julie Andrews y Dick Van Dyke, dirigida ahora por Tim Burton, con las actuaciones de Cate Blanchett y Johnny Depp. Pobres de ellos si no se trata de un rumor de esos que preludian el fin del mundo.

En todo caso estoy de acuerdo con Helen Lyndon Goff, esa señora de adusto gesto sombrío y mirada escrutadora, en que su novela firmada con el seudónimo de Pamela Lyndon Travers nunca debió saltar de las letras a las imágenes en movimiento, y mucho menos en tono de ñoño musical y haciendo cohabitar a sus personajes de carne y hueso con dibujitos animados, en apego al tradicional estilo meloso de la fábrica Disney.

Los forcejeos entre Travers y Disney por los derechos de la obra literaria original, de los que han dado cuenta los medios en los últimos días mientras festejan los 50 años de su aparición en las pantallas, hablan bien de ella en el sentido de su preocupación como autora por conservar la identidad británica de sus personajes y el contexto en que transitan, y de ponerlos a salvo del mercantilismo disneyano, empeñado en la banalización de sus asuntos fílmicos.

Si la industria Disney del entretenimiento ya cobró venganza porque una desconocida escritora australiana se resistió durante largo tiempo a los acosos de su fundador, mostrado su versión de los hechos en El sueño de Walt Disney, los medios de todo el mundo han difundido ahora casi a modo de solidaria campaña de linchamiento toda suerte de historias a propósito de la maldad de la escritora. Hablan de su vida oscura, la exhiben como una lesbiana evadiendo la reproducción natural, una madre cruel y egoísta empeñada en separar a un par de gemelos en el curso de una adopción definida por las recomendaciones de una astróloga, una actriz fracasada, necia, huraña, ambiciosa, intransigente, fría, insensible y, sobre todo, intratable. También dan cuenta de su trayectoria existencial desde su dramática infancia en el seno de una familia encabezada por un empleado bancario del más bajo nivel y alcoholizado, y una madre con tendencias suicidas hasta un éxito de corta duración en la creación literaria. Y lo peor: descifraron sus códigos narrativos a partir de un esquema psicologista que la ubica a ella misma y a sus personajes en un pantanoso collage familiar saturado de miserias materiales y afectivas.

El trato infame que ha recibido Travers en estos días parece derivado de la idea de que quienes se resisten a la industria Disney son enemigos de la alegría y la felicidad que prodigan generosamente sus productos cinematográficos y deben ser castigados por ello. Y el castigo que recibió la escritora por no rendirse de inmediato y sin remilgos a los dineros del poderoso Disney fue el peor que un autor puede recibir. En un momento de graves carencias económicas se vio obligada a aceptar la oferta de Disney y también, en consecuencia, su adaptación al cine de su Mary Poppins, a ver a sus personajes alternando con dibujitos animados y entonando canciones estúpidas mientras disfrutan alegremente su tediosa banalidad.

Y Disney en persona no desperdició la oportunidad para humillarla. No la invitó al estreno de la película y la hizo buscar un boleto por su cuenta. Hay quien dice que con la más sobrada razón lloró durante toda la proyección y que cuando se acercó a Disney para pedirle modificaciones a la cinta, el productor la mandó a volar tranquilamente. Travers murió en 1996, a los 96, cargando sobre sus espaldas las continuas afrentas de Disney y la culpa por sus traumáticas tonteras.