Sentido contrario

Ojos en la oscuridad

Cada que enciendo la tele tengo la sensación de que alguien me mira desde ahí dentro, al otro lado de la pantalla. Lo mismo me sucede cuando enciendo mi computadora y cuando dejo mi celular sobre la mesa. Hace unos días, descubrí que la pantalla de mi teléfono estaba iluminada, como si el aparato estuviera en uso. Y sí, sin duda había alguien en la línea. Solo escuché una breve respiración sibilante, de fumador. Luego silencio. Llevado por la paranoia, he indagado en las entrañas de la licuadora, la cafetera y el horno de la estufa. No me extrañaría que alguien anduviera metido ahí también. O tal vez en el WC. ¿Por qué no?

Entiendo que mientras más evoluciona la tecnología en los aparatos domésticos, mientras mayores son sus virtudes, más crece su capacidad para entrometerse en la vida privada de los consumidores. Es el caso de los equipos que funcionan con la tecnología de reconocimiento de voz. Quienes se sienten solos establecen relaciones complejas con ellos. Les cuentan sus problemas, sus proyectos, sus miedos, con la idea de que no les hacen mucho caso mientras se limitan a ejecutar las funciones para las que están programados. Pero no, resulta que los aparatos son más indiscretos que la vecina que nos atisba detrás de sus persianas para medir el tamaño de nuestra moral.

Leí hace unos días que algunos televisores de una marca coreana no solo están dispuestos a escuchar cuanto chisme les cuente uno, sino que son capaces de grabar lo que entra por sus agudos oídos para comunicarlo a otros, que viven ahí adentro, en las recámaras de una compleja red de espionaje al servicio de intereses más o menos oscuros. Cuando los rumores crecieron y se convirtieron en obsesión para muchos, la empresa desmintió la versión mientras la confirmaba. Es decir, aceptó que sus aparatos incluyen esa función, pero que puede ser desactivada si uno lo desea.

Casi al mismo tiempo, trascendió que entre las pocas cosas que mantienen ocupados a los gringos estaba su empeño en meter las narices de tiempo completo en los asuntos de los demás. Una muy prestigiada empresa dedicada a fulminar a los virus de nuestras computadoras hizo públicos hace poco los empeños del gobierno estadunidense por acopiar cuanto dato tiene enfrente. Desde hace unos 20 años ha introducido programas de espionaje militar en millones de computadoras de todas las marcas para recabar información personal de los usuarios, en particular de oficinas de gobierno, de embajadas y empresas destacadas en los mercados estratégicos. Aunque igual echan por ahí una miradita a todo el mundo para ver con qué se encuentran. Casi con toda seguridad, detrás de la operación, en un cuartito refrigerado, entre tazas de café, rosquillas y pizzas rancias, están un montón de gringos con los cabellos cortados a la brush trabajando febrilmente al servicio de la Agencia de Seguridad Nacional de Estados Unidos. Y México no está al margen de sus obsesiones. Aunque es muy probable que introduzcan sus programas de espionaje con la complicidad de las firmas fabricantes de computadoras, se sabe que emplean tecnologías muy sofisticadas para invadir la intimidad de millones de usuarios, sobre todo una vasta gama de guerreros troyanos resistentes a los antivirus y a los formateos frecuentes y dotados con características que los hacen prácticamente indetectables.

Hace un par de años muchos se estremecieron al enterarse de que la Agencia de Seguridad Nacional también tenía las orejas pegadas en millones de teléfonos portátiles en todo el mundo, incluido Estados Unidos, a razón de unos 5 mil millones de intervenciones por día. Ahora sabemos que con el pretexto de prevenir acciones terroristas el organismo estadunidense recaba de pasadita, aparte de la identidad de los usuarios, sus temas de conversación y la duración de sus comunicaciones, datos sobre su localización y también de sus hábitos más frecuentes, como el uso del servicio de taxis. El año pasado se hizo pública la existencia de una base de datos que contenía el registro de cada persona que había viajado en un taxi en Nueva York, su itinerario y hasta el monto de la propina que había entregado al conductor. Se supo también que el gobierno estadunidense trabaja afanosamente en el desarrollo de una tecnología que le permita obtener una fotografía de cada usuario de un teléfono o de las redes sociales en internet a partir de un sofisticado programa de reconocimiento facial.

 Hay motivos para que cunda la desconfianza. Desde hace rato muchos miramos con recelo a la tostadora, la licuadora, el microondas, la cafetera, el automóvil. Uno nunca sabe, de veras.