Sentido contrario

Nuevos tiempos para la lírica

La industria del cine está llena de gente loca y genial. Desde sus orígenes, los grandes talentos, audaces, ansiosos, suertudos, vanidosos, han dejado su huella en unas cuantas películas cruciales para su desarrollo. Desde que Georges Méliès descubrió por accidente al comienzo del siglo pasado el principio de la trasformación o desaparición por sustitución frente a la cámara, deteniendo y reanudando la marcha de su rudimentario aparato, el cine ha evolucionado a pasos cortos pero decisivos. Impulsados por las obsesiones expresivas, los saltos geniales de un realizador grandilocuente como Abel Gance, por ejemplo, son memorables. Entre otras cosas, le abrió las puertas, en 1927, al cinemascope unos 30 años antes de que la pantalla rompiera formalmente sus estrechos límites. El célebre tríptico en su Napoleón, que describe el paso de las tropas del emperador de los franceses por los Pirineos, filmado con tres cámaras y reproducido de manera simultánea con tres proyectores, es un verdadero agasajo para los sentidos. Los pioneros de Brighton, Kubrick, Syberberg, Hitchcock, Lynch, Lucas y otros realizadores empeñados en la búsqueda de herramientas narrativas para su cine también han ampliado significativamente las posibilidades de lo que Gance llamaba el “alfabeto de luz”.

Cuando Douglas Trumbull nació, en abril de 1942, el cine tenía unos 50 años de existencia. Tal vez sus abuelos ni siquiera supieron bien a bien para qué servía, y sus padres posiblemente disfrutaron los estrenos de las sorprendentes peliculitas que filmaba Méliès, como el Viaje a la Luna. Su carrera como director es más bien corta desde que arrancó en 1972 con Naves misteriosas, una clásica de ciencia ficción, pero su trabajo en el campo de los efectos visuales es en verdad extraordinario. Su talento está asociado con películas notables en el género como 2001, Odisea del espacio, Blade Runner y Encuentros cercanos del tercer tipo, entre otras. Respetado y admirado, es un hombre que ha crecido con la industria del cine. Sabe bien de qué se trata este negocio y vislumbra claramente su futuro.

Hace poco un amigo me preguntó con expresión de incredulidad si de veras estaba convencido de que el cine está muriendo literalmente ante nuestros ojos. Le dije que sí, que estaba seguro de que el cine que conocemos está agonizando, y traté de convencerlo con mis argumentos, que no consiguieron desaparecer su gesto de escepticismo. Muchos se estremecen con la idea de que el cine está viviendo sus horas finales. Es natural. Hemos visto crecer ese entretenimiento, ese medio de expresión artística, y lo asumimos como parte sustancial de nuestro tiempo. Pero también lo hemos visto transformarse en otra cosa casi sin darnos cuenta. Quien haya visto las viejas películas en 3D, a costa de quedarse bizco durante horas y sufriendo un intenso dolor de cabeza, entenderá de lo que hablo cuando esta tecnología está presente ahora en casi todo lo que vemos, aún en los remakes tan frecuentes en estos días. Hasta hace poco, en México sufríamos por los desatinos de los cácaros, había proyectores que funcionaban con carbones y un joven empleado aguardaba a las puertas del cine listo para llevar en su bicicleta a otra sala la película que se exhibía. Todos empleados sindicalizados. Hoy día la exhibición es otra cosa muy diferente.

Hace poco, en el curso de una entrevista, un periodista le preguntó a Mia Farrow si sentía algún desencanto con la industria del cine que la alejara de los foros. La actriz no le dio muchas vueltas a su respuesta:

“No sé más que lo que todo el mundo sabe: que el futuro está en la televisión, porque la gente quiere ver películas en streaming en su casa y nadie quiere levantarse del sofá y pagar para ir al cine. Posiblemente eso signifique que el cine está condenado a morir”.

A modo de remate dijo con cierta frialdad que el asunto no la entristecía para nada. Su presentimiento lo comparten con el mismo ánimo gélido Coppola, Spielberg, Greenaway, Tarantino y otras celebridades de la industria. Y Trumbull también. Con todo su visionario talento, el genio de los efectos visuales trae a medio mundo con la boca abierta desde hace unas semanas. Está echando a andar un sistema de proyección que, de prosperar en el mercado, habrá de poner otra piedra sobre la tumba del cine que conocemos. Con su novedosa tecnología, a la que ha bautizado con el nombre de Magi, los espectadores verán las películas como si fueran imágenes reales, como en el teatro. Solo hay un pequeño inconveniente: las exhibiciones Magi le costarán al espectador el equivalente a 100 euros por función.