Sentido contrario

Días de ira y odio

Ingmar Bergman filmó a mediados de los setenta El huevo de la serpiente, en la que describía la manera como cundió el nazismo entre los alemanes, prácticamente con la mayor naturalidad. El pensamiento nazi, su modo de enfrentar la realidad, se fue apoderando día a día de la conciencia de una población que se debatía entre la miseria y la polarización ideológica. Los billetes alemanes no tenían valor más allá de lo que costaba el papel en que se imprimían y las opciones políticas eran el comunismo o el nazismo. La figura de Hitler se agigantaba como la de una suerte de taumaturgo que prometía devolver su esplendor a Alemania. Día con a día ganaba adeptos por millares. Seducía a los estudiantes, a los obreros, a los oficinistas, a las amas de casa, a los profesores universitarios.

Muchos piensan que Hitler llegó al poder solo con esos discursos seductores y olvidan cómo, llegado el momento, otros recursos igualmente eficaces le abrieron el camino hacia el control absoluto del país: las amenazas, las golpizas, los secuestros, el exilio de sus detractores, la intimidación, los asesinatos. Así, como si nada, un odioso día Alemania entera amaneció pensando como él, se despertó gritando consignas contra los judíos, los homosexuales, los extranjeros, los gitanos, los prietos, los diferentes, quemando libros y obras de arte. Bergman da cuenta en su película de esa discreta pero contundente trayectoria de una nación en ruta hacia un ciego genocidio que comienza y termina en su propio territorio. Paso a pasito, como si nada. El miedo les cerraba los ojos a los europeos. Luego millones de muertos. Niños, mujeres, ancianos.

Miro las imágenes de los mítines "políticos" de Trump en Estados Unidos y percibo claramente el mismo esquema. El nacionalismo exacerbado, los gritos amenazantes contra los latinos, los asiáticos, los afroamericanos, contra los otros, parecen un eco estremecedor de los que se escuchaban en Alemania en los días del nazismo hitleriano. Leo por ahí cómo una muchedumbre se agolpa en su oficina de campaña. Saturan sus líneas telefónicas para afiliarse como voluntarios en la campaña del empresario por la candidatura. Eufóricos, con gorras, fotografías, carteles en alto le manifiestan su simpatía, le entregan su voluntad, se ponen a sus pies. Una voluntaria se dice dispuesta a hacer lo que le pida "un hombre que no se anda con tonterías" y alega que los rusos les llevaron el caos. Otro está seguro de que Trump "refleja mejor que ningún otro candidato los valores de mi patria". Muchos definen como "invasores" a los inmigrantes, buena parte de ellos de origen mexicano. También a los refugiados que huyen de la guerra en Siria y buscan cobijo en Europa. Cuando los nazis comenzaron a perseguir a los otros en Alemania, los países colindantes cerraron sus fronteras. Para la mayoría no hubo escapatoria.

Leni Riefenstahl, la cineasta de Hitler, cuenta en sus memorias cómo quedó hipnotizada ante la figura de Hitler. Un día, casi sin darse cuenta, cayó seducida por sus gritoneos, sus arengas ante las multitudes que lo seguían. "Hagan lo que se les pide", les exigía a menudo el líder nazi a los alemanes eufóricos. Y no solo ella. Quienes entregaron su voluntad a Hitler y se integraron a su devastador proyecto hablaron siempre en los mismos términos. Nunca se dieron cuenta de que escuchaban en realidad un discurso de odio, de resentimiento, de desprecio. Arengas genocidas.

Después de la guerra, Hermann Goering, quien fue comandante en jefe de la fuerza aérea nazi, hablaba de las dos caras de Hitler: "Al principio era genial y agradable. Tenía una fuerza de voluntad extraordinaria y una inusitada influencia sobre la gente. Tenía mucho encanto y buena voluntad". El otro Hitler "siempre era suspicaz, se molestaba con facilidad y estaba tenso. Era extremadamente desconfiado".

Albert Speer, el arquitecto de la camarilla nazi que acabó convertido en ministro de Armamento de Hitler, le sacaba el bulto al huevo de la serpiente. Hasta que cayó atrapado por sus encantamientos. Se integró al nazismo mientras cumplía el encargo de la construcción de la sede del partido en Berlín y se fue luego al abismo profundo en el que cayeron los hombres y mujeres que le rindieron su voluntad.

Había que ver luego a los sobrevivientes del nazismo recogiendo los escombros de sus ciudades para tratar de ponerlas de nuevo en pie tras la derrota. Se habían tragado todos sus sueños de dominación y también sus consignas; su odio, quién sabe.

Pero en este vértigo impredecible no es Trump quien inspira más miedo. Son sus seguidores, dispuestos a todo. Sin duda suman millones.