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La temblorina de Hitler

En los últimos meses de la Segunda Guerra Mundial Adolfo Hitler perdió el pulso. La imagen que había ofrecido hasta entonces de un líder recio e impaciente se había vuelto de pronto bastante patética. Enfermo de parkinsonismo, no podía controlar la temblorina de sus manos mientras sus cercanos lo miraban con piedad. Decrépito, agotado, insomne, anémico, era la imagen de una derrota que nadie quería ver.

“Llamen a Theo”, ordenaba el líder nazi cuando sus males se agudizaban, sobre todo los dolores crónicos de estómago que lo habrían orillado a una permanente dieta vegetariana. Theo era Theodor Morell, su médico de cabecera, el único capaz de procurarle algo de paz a su maltrecha humanidad. Sin embargo, este galeno obeso y desaliñado, de dudosa reputación, pudo ser en realidad el causante de buena parte de los padecimientos que lo atormentaban, incluyendo aquellas dramáticas temblorinas. Y no solo a él. Casi todos los integrantes de las milicias nazis habrían sufrido también las consecuencias de sus erráticas prácticas profesionales.

Más o menos inédito, el tema está en el aire desde el año pasado, cuando el escritor alemán Norman Ohler publicó su volumen Blitzed: Drogas en la Alemania nazi. El libro se convirtió de inmediato en un best seller y ha sido traducido hasta la fecha a 18 idiomas, nada mal si se considera que se trata de un no-historiador tratando un asunto histórico.

Ohler indagó todo lo que pudo para establecer que el consumo de estimulantes era prácticamente una política formal para mantener activas a las tropas a pesar de su desgaste físico y psicológico. Según el escritor, los opiáceos, la morfina y la cocaína eran de uso frecuente entre los alemanes desde los días de la República de Weimar, luego del final de la Primera Guerra Mundial. En los hechos, dice, la imagen de líderes infatigables y ubicuos que ofrecían Hitler y Mussolini, también paciente del doctor Morell, estaba alimentada por el consumo permanente de drogas y estimulantes. En aquellos días las anfetaminas —“el nacionalismo en píldoras”— circulaban en todos los formatos posibles, incluidos los chocolates que se ofrecían con cierta inocencia como un vehículo de placer para las fatigadas amas de casa.

De acuerdo con Ohler, las grandes operaciones militares del ejército nazi eran precedidas de verdaderas campañas de los servicios sanitarios, que prescribían de manera precisa las dosis de estimulantes que les serían administradas a las tropas. Mientras tanto, Hitler recibiría varias inyecciones al día de un opiáceo que lo mantenía en plena euforia, alternadas con un par de dosis diarias de la cocaína más pura disponible en el mercado. Al cabo de un cierto plazo, hacia el final de la guerra, Hitler sería prácticamente incapaz de mantenerse en pie por sí mismo, atrapado por las adicciones a los estimulantes que le proporcionaba Morell. Para entonces las manos le temblaban todo el tiempo.

*Profesor-investigador de la UAM-Iztapalapa